El escritor portugués José Luís Peixoto. Foto: Pedro Loureiro.

Fue el Premio Nobel portugués antes de llegar al cenit de su carrera con la concesión del galardón más prestigioso del planeta el que selló para siempre el futuro de la proyección literaria de un emergente José Luís Peixoto. Unas elogiosas palabras a sus primeras obras bastaron. Ahora que recientemente se ha cumplido una década de la muerte del escritor de Azinhaga, su colega y compatriota de Galveias (ambos, pequeñísimos pueblos de la Portugal profunda) le rinde un emotivo y originalísimo homenaje literario en Autobiografía (Literatura Random House), una obra de misteriosa y perenne tensión narrativa, en una arriesgada apuesta estilística donde los juegos de espejos y el cuidado relato en sí mismo adquieren un protagonismo asombroso gracias a la medida pulsión de ficción y realidad, entremezclada con piruetas asombrosas de metaliteratura en torno al acto en sí de la escritura y del sentimiento mismo como escritor mientras su admirado José Saramago ejerce de protagonista involuntario de esta original novela, al que retrata con la maestría y delicadeza que se merece de un autor que demuestra que las letras lusas viven un momento de esplendor incuestionable.

Saramago reconoció su obra cuando usted apenas estaba comenzando a volar en el mundo de la literatura. Ahora usted le devuelve esta novela diez años después de su fallecimiento. ¿Es una forma de agradecerle el espaldarazo recibido por el único Nobel de literatura de las letras en portugués?

Creo que sí. Al mismo tiempo, es una manera de reconocer la importancia que Saramago ha tenido en mi camino y, al mismo tiempo, el papel enorme que ha tenido y que todavía tiene en las letras escritas en portugués. Ponerlo en esa posición que ocupa en la novela es un homenaje implícito. Sin embargo, eso no significa que lo describa como un superhéroe. Mi intención era no distorsionarlo. Eso significa no olvidar que se trataba de una persona, con sus imperfecciones.

“En los tiempos que estamos viviendo, uno se cuestiona muchas veces qué pensaría Saramago de todo esto”

¿Hasta qué punto hay paralelismos y similitudes en las trayectorias vitales de Saramago y usted?

Como Saramago, publiqué mi primera novela con 25 años. Después, hasta el momento, todo ha sido radicalmente distinto. Saramago ha tenido una experiencia traumática con sus primeras ediciones, mientras yo he sido sorprendido con honores increíbles, como ha sido el caso del Premio Literario José Saramago, donde lo he conocido, en 2001. Pero supongo que, en un cierto sentido, las historias de quien escribe siempre son un poco paralelas, sobre todo cuando hay una búsqueda. Y creo que, de maneras y estilos distintos, creo que esa búsqueda existe en los dos casos. 

Los protagonistas, el propio Saramago y un escritor en crisis creativa llamado casualmente José, se enfrentan al reto de la segunda novela como un abismo. ¿Por qué precisamente esa situación la viven estos escritores una vez publicada ya una primera obra?

La crisis de la segunda novela es un lugar-común de las biografías de los escritores. Ese hecho tiene que ver con el desafío que coloca la segunda novela. La primera se escribe con menos expectaciones, con una libertad más grande. La segunda depende necesariamente de la primera. Pone cuestiones y dificultades propias. Con respecto a la historia de Saramago, fue la segunda novela la que hizo que se quedara sin escribir novelas durante décadas. Es un punto fundamental de su biografía.

“La relación tan directa entre la ficción y la biografía ha sido un gran desafío”

Su Autobiografía ni es tal ni tampoco una novela al uso. En ella confluyen, a modo de juego de espejos, realidad y ficción en una sucesión imparable de situaciones que, como usted mismo expresa, le sirven al Peixoto autor para relatarse a sí mismo a través del otro y relatar al otro a través de sí mismo. ¿Es esa la esencia de su nueva novela?

Creo que sí. El centro de esta novela circula alrededor de ese encuentro con el otro y en qué medida ese otro también depende del encuentro con uno mismo. Ese es un tema de la naturaleza esencial de la literatura y, al mismo tiempo, es un tema de la vida de todos. 

Si para Saramago Pessoa fue el faro que guió su novela El año de la muerte de Ricardo Reis, ¿es Saramago el faro de su Autobiografía?

Realmente, esa novela ha sido una referencia en aspectos importantes. Desde un punto de vista conceptual o, por ejemplo, con respecto al retrato de la ciudad de Lisboa, hay una relación directa. Sin embargo, con respecto a otros aspectos, hay diferencias considerables.

“No he tenido la intención de imitar a Saramago, sería ridículo”

¿Y hacia dónde nos lleva este autor incomparable?

En esta novela, intenté dejar algunas sugerencias de la amplitud de su obra. La forma como todos los personajes de la novela se relacionan con personajes de la obra de Saramago es un señal de eso. Los destinos finales de su propuesta son ilimitados.

¿Por qué se le echa tanto de menos ahora que se ha cumplido una década de su fallecimiento?

Supongo que sea por la pertinencia de su trabajo y de su presencia. No ha perdido actualidad. En los tiempos que estamos viviendo, uno se cuestiona muchas veces sobre qué pensaría Saramago de todo esto.

¿Tuvo en algún momento reparo o temor a utilizar en su novela personajes reales como el propio Saramago o su viuda, Pilar del Río, aunque ella haya estado al corriente de toda la novela?

Sí. Esa ha sido una de las grandes diferencias entre el proceso de escritura de esta novela y de otras que escribí antes. Esta relación tan directa entre la ficción y la biografía ha sido un gran desafío. Sin embargo, Pilar del Río ha demostrado con mucha claridad que entendió la naturaleza de ese juego literario. Y eso ha sido un gran alivio, por supuesto.

En Autobiografía tampoco olvida otros de sus grandes hilos temáticos como son el mundo rural, el colonialismo, la emigración… ¿La experiencia de lo vivido acompaña hasta el final al escritor?

Esos son temas que siguen siendo importantes para mí, sigo teniendo cosas que añadir con respecto a ellos. Al mismo tiempo, contribuyen a otras dimensiones de la novela.

Su estilo novelístico es ya plenamente reconocible, pero no lo es tanto ahora por esta novedosa propuesta que presenta en Autobiografía. ¿Ha necesitado reinventarse en cierto modo o tiene más que ver con una necesidad de explorar las nuevas posibilidades de la novela?

Supongo que tiene que ver con el paso del tiempo, con la distinta relación que tengo con la escritura. Pero también, al mismo tiempo, también ha sido determinante la influencia que el nombre de Saramago ha tenido sobre este texto. No he tenido la intención de imitar a Saramago, sería ridículo, pero las lecturas que he hecho y, asimismo, el uso de ese nombre tiene consecuencias.

Si comparamos los puntales de la literatura española de hoy día y los de la portuguesa, qué duda cabe que se aprecia un nivel de autoexigencia y afán de superación de etapas ya agotadas mucho mayor que en el caso de los españoles. ¿No lo cree así?

Desgraciadamente, no tengo un conocimiento de la literatura española contemporánea que me permita una análisis suficientemente profundo para hacer juicios como ese. Pero sí, con respecto a la narrativa portuguesa, creo que está pasando un buen momento.

¿Qué opinión le merece el tan analizado y criticado género literario de la autoficción, que hace correr ríos de tinta entre los eruditos de lo literario?

Personalmente, no es una etiqueta que me interese mucho porque toda literatura puede ser considerada autoficción, lo que retira pertinencia a esa denominación. Esta novela reflexiona mucho sobre las fronteras entre autobiografía y ficción, son temas que están presente en la literatura desde siempre.

¿De qué modo ha participado José Luís Peixoto de esa autoficción desde sus inicios literarios hace ya casi veinte años con Nadie nos mira?

Imagino que es un poco como en la vida de todas las personas. Hay aspectos en los que sigo teniendo vínculos con quien ha escrito esa novela. Pero hay otros puntos en los cuales mis criterios cambian bastante. Intento que los cambio se dirijan hacia una evolución, pero ese es un desafío permanente.

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