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No confundir riqueza con enriquecimiento

Alberto Vila
Analista político, experto en comunicación institucional y economista
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análisis

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“El que tiene mucho desea más, lo cual demuestra que no tiene bastante; pero el que tiene bastante ha llegado a un punto al que el rico no llega jamás”. (Séneca)


Estando en Madrid en el año 1976, en un seminario en el Instituto de Cultura Hispánica de entonces, como becario que era, participé de unas ponencias que explicaban al que entonces se llamaba “milagro español”. En resumen. En él se afirmaba orgullosamente que España había llegado a ser la décima potencia mundial. El espíritu español siempre dando títulos. Según los ponentes, el fenómeno se debía a dos fuentes de ingresos. Una, el turismo. Otra, las remesas de los emigrantes. Sin pudores, nadie mencionaba a una clase empresarial que había medrado con el franquismo. Tenían vocación parasitaria. Querían seguir viviendo del Estado.

A mi pesar, no ha habido muchos cambios desde entonces. Sería demencial que, los defensores del modelo del gobierno neoliberal, pretendiesen regresar a aquellas fuentes. A esa distopia. Las grandes corporaciones también mejoraron entonces sus resultados y eso enriqueció a sus propietarios. Pero aquello era enriquecimiento no riqueza. La riqueza debería tener un sentido más amplio que la mera acumulación. La riqueza debe incluir la distribución en función de las recompensas y los esfuerzos. Pero también las redes de asistencia para que la calidad de vida sea general. El enriquecimiento puede sugerir la simple acumulación. Cómo está ocurriendo actualmente, por cierto. Las desigualdades siguen abriendo grietas. Las luchas callejeras no se producen en esta España, simplemente porque aún quedan restos de redes sociales en la economía sumergida. Pero, esas redes están al límite. La pandemia se controló en su primer embate gracias a ella y pese a los arrebatos golpistas de la derecha privatizadora.

Credit Suisse en un informe global nos dijo que un 3,9% de las personas que poseen más de 50 millones de dólares en todo el mundo viven en España. Frente a esta situación, este país es un cortijo en el que sus empleados trabajan cada vez por más horas. Pero cobrando menos. Trabajadores pobres que no llegan a fin de mes. Empleadores que confunden riqueza con enriquecimiento. Micro y pequeñas empresas que no pueden huir por la ventana de la elusión fiscal. Empresarios que les temen a los inspectores de trabajo.

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Los que homenajean a la más rancia aristocracia. Al parasitismo que genera olas de pobreza tras pobreza. Esos. Dicen temer a la izquierda. Como si el hambre tuvieses ideología. En tanto, esas pobres personas son esquilmados por los que dicen representarlos. La mentira hace mella en los corazones solitarios. La necesitan para no caer en la desesperación. Los defensores del discurso hablan de chavismo. Pocos saben de qué hablan. El que escribe no lo es. Ni marxista. Ni castrista. Ni siquiera peronista. Sólo un ciudadano honesto y preocupado. Como millones más. Quien escribe, en cambio, reconoce la diferencia entre crecimiento y desarrollo. Entre riqueza y enriquecimiento. Entre el esfuerzo personal y las rentas de subsistencia que empobrecen. Se tratará entonces de reconocer las distopías. Para neutralizarlas. De intervenir. Para que España recupere el camino del trabajo honesto. De la recompensa al esfuerzo. Sea este individual, empresarial o laboral. Que se trate de repartir riqueza. Que se evite seguir repartiendo pobreza. Acabar con la política vacía. De gestos inocuos. Solemnizando lo obvio. Engordando a los que no contribuyen más que a la pena y al dolor.   

Según el informe anual de ayudas públicas elaborado por la Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia (CNMC), las ayudas públicas al sector financiero en España alcanzaron en total, y por todo concepto, los 141.395 millones de euros en 2012, lo que supuso un incremento del 68,8% con respecto a los 83.743 millones de euros destinados el año anterior. Así, según aquel informe, más del 97% de las ayudas de Estado concedidas en 2012 se destinaron a atenuar la denominada crisis financiera. Esto, representó el 13,47% del PIB. Los ciudadanos vimos cómo se actuaba en dos direcciones. Una, restando de la riqueza nacional el bienestar alcanzado. Otra, preservando e incrementando el enriquecimiento de un sector muy concreto de los agentes económicos. A eso le temen los patriotas panameños.

Tenemos el ejemplo del patrimonio de la Casa de Alba. Se estima que se encuentra entre los 2.200 a 3.200 millones de euros. Argucias legales que son diseñadas con el fin de crear desigualdades le han permitido que entre 2.065 a 2.875 millones estén exentos del pago de impuestos. Podríamos estimar un 90% del total. Más de dos tercios de este capital son bienes integrantes del Patrimonio Nacional. Esta información, oportuna, por cierto. Fue dada a conocer por los técnicos del Ministerio de Hacienda.

Cuando nos pregunten con qué recursos podemos invertir en educación, en sanidad, en I+D. Cuando los personeros del modelo que nos trajo hasta aquí reclamen mantener sus privilegios. Esos que justificaron la distopía emergente de la denominada “Crisis”. Cuando se lancen a proteger a estos patrimonios. Entonces. Las buenas personas deberán recordarles que, es allí, en ese enriquecimiento, en donde tienen el futuro que le han robado. Allí, en un sistema fiscal proporcional están los fondos. Ese futuro en el que quieren imponer una distopía, el de una España pobre que alberga a un grupo de ultra ricos. Son aquellos que negaban, y aún las niegan, las utopías movilizadoras hacia una sociedad mejor. Eso obliga a que en este presente debamos actuar para evitar nuestra definitiva decadencia. Los responsables de los intentos por derribar a este gobierno de coalición están inquietos. Invierten en crear un clima de odio y desesperanza.

Pero las decisiones que apuntan a un respaldo de los más vulnerables se están leyendo en el Boletín Oficial del Estado, no en las portadas de la prensa de la Máquina del Fango. Tú tienes la llave para que ese futuro de mejora continúe y se consolide.

Apoya a la democracia.

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