Las alarmas se han disparado en Alemania, que estas navidades cerrará todas las tiendas para tratar de atajar la espantosa oleada de coronavirus que se está cebando con el país. Angela Merkel puede ser una mujer sensible capaz de llorar en público por la muerte de cientos de compatriotas pero no le tiembla el pulso a la hora de adoptar medidas contundentes para frenar la pandemia. Eso se llama gobernar, ni más ni menos. Y mientras tanto, ¿qué hacen nuestros políticos de la piel de toro? ¿En qué se entretienen nuestros padres de la patria? En las luchas estériles y cainitas de siempre que nos arrastran a todos al precipicio.

El Gobierno advierte de que se pondrá mucho más estricto si los datos de la curva epidémica no mejoran en los próximos días, pero al mismo tiempo delega la responsabilidad en las comunidades autónomas, de manera que una vez más tendremos 17 planes sanitarios diferentes de cara a las fiestas navideñas. De nuevo la descoordinación, la sensación de que cada taifa hace la guerra por su cuenta contra el covid-19. El desconcierto es de tal calibre que muchos españoles aún no saben si podrán viajar de un lugar a otro para estar con sus familias.  

Es evidente que el miedo a adoptar medidas impopulares está condicionando a nuestros gobernantes en todas las administraciones públicas. Al político de turno se le encoje el brazo, como a ese jugador de baloncesto que no quiere mirar a la canasta en el último segundo, cuando se trata de abordar el delicado asunto de la pandemia. Nadie tiene el valor de coger el toro por los cuernos, afrontar la realidad y decirle al pueblo que este año lo más sensato es suspender las fiestas, quedarse en casa y no poner en riesgo la vida de nuestros padres y abuelos. Todos nos podemos contagiar, al igual que todos podemos convertirnos en potenciales gerontocidas por imprudencia temeraria. Pero lejos de tomarnos la amenaza en serio, aquí seguimos pensando en los langostinos del menú navideño y en los regalos de Papá Noel. Cuando un país autoriza unas fiestas que pueden ser letales, dando por buenos miles de muertos, es que la neurosis colectiva es mucho más grave y profunda de lo que pensábamos. El español lo aguanta todo, que le engañen con el salario mínimo interprofesional (como pretende hacer la Calviño), que le obliguen a trabajar hasta los 66 años (según los planes de Escrivá) y hasta que el rey emérito se vaya de rositas en el turbio asunto de sus cuentas opacas Royal Black. Sin embargo, cuando se le pone encima de la mesa una posible suspensión de la Navidad planea la sombra de una revolución y el Gobierno se tambalea. Es este un país extraño donde los principios constitucionales de libertad, justicia e igualdad han sido sustituidos por fiestas, pan y circo (mayormente fútbol y toros).

Todo eso los saben nuestros líderes políticos, tanto del Gobierno central como los autonómicos y municipales. Nadie se atreve ordenar el confinamiento y a clausurar el gran mercado navideño a riesgo de perder el puñado de votos que garantiza la poltrona. Y aunque el discurso político oficial siempre apela a la responsabilidad de la ciudadanía y a luchar contra el virus, en la práctica se va a hacer la vista gorda y la manga ancha con las cenas y cotillones, lo cual augura una auténtica catástrofe vírica en la cuesta de enero. Isabel Díaz Ayuso, un suponer, se ha propuesto crear la ficción de un Madrid feliz lleno de luces de colores, arbolitos de Navidad, gnomos, elfos y unicornios donde el coronavirus ya es historia. La consigna es pasar página cuanto antes, que aquí no ha ocurrido nada. Los 11.000 muertos forman parte del pasado y se impone el tarjetazo febril en el centro comercial y el relaxing cup en Plaza Mayor, como dijo la alcaldesa aquella. Todo con tal de salvar, no ya la Navidad, que eso es solo la excusa, sino el sistema capitalista salvaje, que es la gran religión de nuestro tiempo. “No seremos nosotros quienes vamos a cerrar la hostelería ni a impedir que vengan a visitar Madrid”, asegura la conspicua presidenta. Ayuso debería mirarse en el espejo de Merkel, pero ese referente ya lo tiene intelectualmente superado y ella está más en el rollo Trump.

Nos guste o no, España es un país tradicionalista y católico. Aquí la Navidad no se toca, o sea que con la Iglesia hemos topado, o mejor dicho con la Santísima Trinidad formada por el dios dinero, el Íbex 35 y la patronal, que para el caso es lo mismo. Ayer mismo se lo afeó Pablo Casado a Pedro Sánchez en el Congreso de los Diputados: “¿Tanto le cuesta felicitar la Navidad, que es el nacimiento de Jesús? Estamos en un país cristiano, en una civilización occidental”. Por momentos el líder de la oposición parecía un cura echando el sermón de la Misa del Gallo. Está visto que lo importante es montar el Belén capitalista aunque vayan a palmar viejos a granel. Con la lógica socrática en la mano, y siguiendo los consejos de los médicos, lo importante sería prohibir cualquier tipo de reunión que ponga en peligro vidas inocentes. Pero el humanismo ha muerto y el ministro Illa dice que no puede poner un policía en cada casa. El Estado claudica y nos deja solos ante nuestro destino y ante nuestro sentido común. Salir con buen pie de esta pesadilla de Navidad dependerá de la responsabilidad individual de cada cual y del sacrificio que seamos capaces de hacer por el bien común. Lamentablemente, de eso los españoles tampoco andamos muy sobrados. Este año los Reyes Magos nos van a traer carbón en forma de trancazo neumónico y un estuche con la PCR que seguramente dará “positivo”. El matasuegras contagioso va a ser el juguete del año. Eso sí, el colocón de Nochevieja promete ser antológico. Que no decaiga.

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