Llena de energía y vestida de rojo -la tela, los zapatos de aguja, las medias, los labios, el sujetador y las bragas- entra en la gran fiesta donde, aunque se le había mandado invitación, nadie la esperaba.

Brillan sus ojos oscuros, saluda, besa y abraza. Bebe copa tras copa de champaña. Todos la miran. Aprensivos e incrédulos. Brindan con ella. Casi nadie es capaz de aguantarle más de un segundo la mirada. Viene a comerse al mundo, es evidente. Viene a celebrar que su marido ha muerto. Muerto repentina e inopinadamente.

Se abre camino con desenvoltura, cambiando de corro al cabo de unas pocas -pero siempre apasionadas, rojas- palabras. A cada paso que da entre los ilustres invitados casi parece que ejecuta una danza… que baila.

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