No somos ni números. No ya es que detrás de las cifras siempre hay personas, siempre hay padres, hermanos, hijos, amigos, vecinos. Es que las propias cifras en sí son ninguneadas, apartadas a un rincón y disimuladas. Da igual que mueran 300 personas al día, o que mueran 500. La vida y la salud de los españoles no importan nada. Ni a nuestros gobernantes, de todos los colores y de toda la geografía española, ni mucho menos a nuestra élite económica.

Los muertos oficiales de la llamada segunda ola, ya se están acercando a los de la primera. Y hay comunidades autónomas, como por ejemplo Andalucía, Aragón o Murcia donde ya superan a los fallecidos entre marzo y junio. Acabaremos el año con más de 50.000 conciudadanos muertos por el Coronavirus, y la cifra real probablemente supere los 80.000. Y ante esta brutal realidad hay un enorme consenso entre la élite política y económica de este país: encogerse de hombros y  no hacer nada mientras hacen como que hacen. Y también culpar al ciudadano. Desde Ayuso a Torrà, desde Moreno a Puig, pasando por Lambán o cualquier otro, desde Sánchez a Casado, o Iglesias y Abascal, ¿qué han hecho para frenar y vencer esta segunda ola? Prácticamente nada. Bajo el mantra “hay que convivir con el virus”, se ha seguido una política muy parecida a la de Trump o Bolsonaro, una política que consiste fundamentalmente en que el ciudadano aprenda a enfermar y morirse sin hacer mucho ruido y en culparle fundamentalmente a él de lo que pase. Como ahora no pueden decir “no se podía saber”, ahora toca culparnos a nosotros.

Ni ha habido, ni hay ni habrá intención de derrotar al virus, cosa que sí que han hecho países como Nueva Zelanda, Australia o China. Aquí lo importante era seguir proporcionando plusvalías a los poderosos. No salvar la economía, porque la economía es mucho más que los intereses del Ibex; la economía es esa pequeña tienda que cerrará, ese autónomo que se ha arruinado o ese empleado que está en el paro. ¿Con 10.000 casos al día, con 300 muertos diarios, qué economía puede haber?

Ni salud ni economía. Al menos la nuestra, la de los que no somos ni números. Porque si uno se fija en lo que sucede con los poderosos, llama la atención la ausencia de casos y de enfermos entre la casta política, entre los miembros de la lista Forbes de España o entre los mandatarios del Ibex. Qué casualidad. Qué cosas. Ese el gran “consenso” que reina en España, el que bajo las cortinas de humo de enfrentamientos partidistas, buena parte de ellos ridículos, demuestran tener los que en teoría nos deberían representar y que en realidad sólo se representan a sí mismos y a los que en realidad mandan. Es la unidad de destino en la desvergüenza y la impunidad.

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