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Alejandro Martín Carrero
Doctor en medicina y escritor.
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análisis

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Rebasada con fortuna la baliza de las cinco décadas en su regata vital y orientando el rumbo hacia la sexta en mar sereno, María de Armas con la vista agazapada tras los cristales del Café de Oriente, disfrutaba aquella tarde del primer día de marzo de la fascinante visión del Palacio Real.

En soledad, como en ella era costumbre, daba cuenta, complacida, de un café con leche escoltado por un croissant a la plancha. En soledad, pensó, en soledad desde aquel aciago día en que un accidente se llevó a Carlos sin avisar hacía ya veinte tediosos e interminables años. Aquel día su vida quedó truncada. A partir de entonces ya nada fue igual. Incapaz de plantar cara a la vida con sus ilusiones rotas fue recluyéndose sobre sí misma, enojada con el mundo y convertida en una obstinada amalgama de temor, recelo, angustia y escepticismo que jamás logró contener.

En aquel momento unas lágrimas tan gruesas como sentidas surcaron sus mejillas sin mediar más emoción que los recuerdos emergidos de su alma dos décadas después, aún sin ser evocados. Quizás por primera vez desde entonces, María, se permitió abrir una débil hendidura en el armazón bajo el que llevaba enclaustrada tanto tiempo. Bien fuera porque la fina lluvia de un día desigual de un invierno en despedida invitaba a merendar en un café de ambiente protector donde se sintió acompañada, pero segura de que nadie la importunaría, o fuese porque el marco histórico en que había sumergido su mirada hizo que se sintiese cómoda y relajada en la soledad de sus recuerdos, rebobinó la moviola de su vida y, por primera vez en mucho tiempo, comenzó a recapacitar serenamente.

Cuando ocurrió el accidente ella acababa de cumplir treinta y un años. No tenía hermanos, sus padres, que murieron mucho después, vivían lejos de Madrid, en Jávea, junto al mar Mediterráneo, y ella, abrumada por la situación que estaba viviendo y por su trabajo renunció a volver a la casa familiar. Años después, cuando sus padres faltaron, la conservó con mucho cariño, consciente de que allí estaban sus raíces más profundas.

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Desde la muerte de Carlos su existencia había transcurrido en torno a las tortugas. Así como algunos hacen de los búhos o los elefantes un signo de identidad, María eligió las tortugas, porque se sentía arropada bajo su fuerte caparazón. Poco a poco se fue distanciando de los amigos, muy especialmente de cuantos podían recordarle con mayor intensidad a su marido reavivando, sin ánimo de hacerlo, un dolor tan intenso que arruinaba su, ya precario, equilibrio emocional.

A medida que los meses desfilaban por el calendario comenzó a tomar conciencia de que se estaba quedando sola, y es que, con la ausencia de Carlos en ella, siempre vital, dinámica y positiva, había comenzado a germinar una turbación que le corroía en su interior traduciéndose en un miedo infranqueable a mostrar sus emociones y a compartir sus inquietudes, en suma, tenía miedo a vivir.

Se negaba a admitir que, a pesar de las circunstancias, y precisamente por su juventud, le quedaba vida después de la muerte de su pareja. ¡Si al menos hubiéramos tenido hijos! se reprochaba en ocasiones, para concluir que hasta para eso les había faltado tiempo.

En fin, había decidido refugiarse bajo el caparazón imaginario de esa vieja tortuga que le acompañaba siempre y comenzaba a invadir cada rincón de su casa y de su existencia. Así las cosas, su trabajo, como abogada en el duro mundo de las finanzas y sus padres, en una controlada lejanía, eran el cordón umbilical que le mantenían en contacto con la realidad.

Sorprendía esta actitud en una persona aún joven, que a sus treinta y pocos años gozaba de una amplia formación, tanto humana como profesional, enraizados principios y recios valores, con mayor motivo a quienes mejor la conocían. Al principio lo achacaron a la dolorosa prueba que acababa de pasar, pero con el tiempo, a medida que comprendieron que no iba a cambiar, las distancias se fueron agrandando. Al sentirse responsable, María jamás se lo reprochó a nadie, pero tampoco se esforzó jamás en abatir el armazón de su anciana tortuga. Llegó el momento en que se encontraba cómoda en su soledad, con su trabajo, sus recuerdos, sus libros, su música y su independencia que únicamente permitía romper a sus padres en señaladas ocasiones.

Aquella tarde de la última etapa del invierno había comenzado a declinar. Como un autómata, más atenta a los reflejos de los charcos que la llovizna había conformado sobre el pavimento de granito, alcanzó la taza de su café sin advertir que ya estaba frío hasta que llevó a la boca el pocillo. Sobrepuesta tras un gesto de desagrado, solicitó a un camarero un zumo. Se encontraba a gusto perdiendo su profunda mirada sobre tan grandioso recinto a través de los cristales. No estaba dispuesta a marcharse aún. Prefirió prolongar su tarde saboreando con delectación aquel rato de agradable tranquilidad.

Sin ser consciente de ello, una encantadora sonrisa iluminó su cara mientras evocaba sus años de estudiante. Sus llamativos ojos de color miel, habitualmente algo tristes e inexpresivos las más de las veces, por un instante volvieron a brillar. La juventud no vuelve, pero no se va nunca, pensó, mientras recordaba el escrito de Samuel Ullman, un judío alemán emigrado a los Estados Unidos a causa del exterminio Nazi, texto que el General Mc Arthur adoptó décadas después como un lema para su vida:

“La juventud no es un periodo de la vida, es un estado del espíritu, un efecto de la voluntad, una cualidad de la imaginación, una intensidad emotiva, una victoria del ánimo sobre la timidez, del gusto por la aventura sobre el amor al confort.

No se hace uno viejo por haber vivido cierto número de años, se hace viejo por haber renunciado a su ideal. Los años arrugan la piel; renunciar al ideal arruga el alma. Las preocupaciones, las dudas, el miedo y la desesperanza son los enemigos que, lentamente, nos hacen caer hacia la tierra y volvernos polvo ante la muerte”.

No pudo por menos que continuar pronunciando mentalmente aquellos valiosos párrafos que, desde jovencita guardaba en su corazón y continuaban manando desde su cerebro con absoluta fluidez y seguridad:

“Joven es aquel que se asombra y se maravilla. Pregunta como un niño insaciable: ¿y después? Desafía los acontecimientos y encuentra la alegría en el juego de la vida.

Seréis tan jóvenes como vuestra fe. Tan viejos como vuestras dudas. Tan jóvenes como vuestra confianza en sí mismos. Tan jóvenes como vuestra esperanza. Tan viejos como vuestro desaliento.

Permaneceréis jóvenes mientras que os mantengáis receptivos. Receptivos a lo bello, a lo bueno y a lo grande. Receptivos a los mensajes de la naturaleza, del hombre y del infinito.

Si un día, vuestro corazón hubiera sido mordido por el pesimismo y corroído por el cinismo, pedid a Dios que tenga piedad de vuestra alma de viejo”

Un rictus de melancolía empaño su mirada. Aunque en cuestión de segundos regresó a sus recuerdos. Su familia era muy pequeña en cantidad, sus padres y ella nada más, pero grande en calidad y calidez humana. Pudo disfrutar de una niñez feliz como centro de atención de un hogar tan sencillo como afable, en un ambiente comedido entre caprichos y exigencias. Su exigencia personal no le permitía valorarse objetivamente lo que, unido a su natural sencillez, se traducía, paradójicamente, en una imagen un tanto insegura, recelosa y de escasa autoestima, en ocasiones.

María, sin embargo, había sido una buena estudiante, querida en el colegio y valorada en la Universidad como alumna y como persona. Su trayectoria profesional así lo probaba, siempre valorada por sus jefes e invariablemente en puestos de responsabilidad avalada por su extraordinaria discreción, compromiso y capacidad de trabajo.

Mientras daba cuenta de su zumo de piña le vino a la memoria una tarde en que su abuela le contaba cómo a principios del pasado siglo se declaró una epidemia a la que, sin conocerse con certeza por qué, denominaron “cariñosamente” gripe española y olvidando los circunloquios personales que habían ocupado su tarde dominical dio en pensar sobre la cuestión del momento, la aparición de un nuevo enemigo social en forma de virus, el covid19.

Se encontraba confusa. Si bien es cierto, pensó, que la medicina de hoy no es la de hace un siglo, tenemos buenos médicos y muy bien considerados internacionalmente. Mejores clínicos que investigadores y quizás más técnicos que humanos, pero en situaciones como la que nos amenaza confío mucho en su capacidad para resolver la situación.

Claro que me preocupa lo que pueda ocurrir, continuó razonando, me inquieta la incertidumbre política en que se mueve este viejo país con muchas heridas reabiertas casi ochenta años después de sufrir todos los españoles una guerra civil. Paradójicamente, han aparecido muchos jóvenes políticos que, como si hubiesen heredado el resentimiento de las generaciones que los precedieron, manifiestan hoy el revanchismo y el rencor de un conflicto que por su edad no pudieron vivir, cuando la mayoría de los españolitos de a pie creíamos haber pasado muy dignamente una de las más indignas páginas de nuestra Historia.

La tarde, próxima a extinguirse por completo, dio lugar al encendido de la iluminación del Palacio Real que, encuadrado por las hermosas farolas fernandinas, recreaba la vista de los transeúntes. La fina llovizna de la tarde había olvidado despedirse dejando algunos charcos sobre la arena que, a modo de espejos naturales, embellecían la bellísima luz del crepúsculo reflejando la mortecina claridad de las farolas.

Para disfrutar del espectáculo renunció a tomar un taxi y decidió ir caminando a su casa en el Paseo de Rosales. Lentamente, como si fuese una jovencita que visitase Madrid por vez primera, no dejaba de fijar la mirada en los más sorprendentes detalles. Como mujer culta y conocedora de la Historia, disfrutaba con el Arte mientras saludaba los primeros Reyes de España en sus estatuas de piedra caliza; rememoraba al contemplar la estatua de Felipe IV cómo su escultor, Pietro Tacca, hubo de ser asesorado por Galileo Galilei para lograr la primera estatua ecuestre que se sostenía únicamente sobre las patas traseras del caballo como en el lienzo de Velázquez enviado desde la corte al escultor.

Disfrutaba tanto del paseo que inconscientemente, al pasar ante el Teatro Real dio en tatarear el “va pensiero” del Nabucco de Verdi que aún estaba en cartel y había visto unos días antes. A la luz un tanto irreal de las farolas vislumbró a su izquierda los jardines de Sabatini mientras la temperatura, en conformidad con la estación, comenzaba a descender.

Caminaba entre la Plaza de España y el templo de Debod cuando alcanzando la iglesia de San José y Santa Teresa, espontáneamente, se decidió a entrar. Al fin y al cabo, era su parroquia. Se reclinó en uno de los bancos próximos a la entrada.

Nunca había rezado repitiendo mecánicamente las oraciones grabadas en su disco duro desde niña. Siempre entendió que rezar era conversar con Dios y solicitar su ayuda. Aquella tarde habló con Él de lo que más le inquietaba y venía rumiando por el camino, el bicho, como empezaba a denominarse al covid en el Foro y la preocupación por la actitud de los políticos emergentes. Sin más consideraciones que mostrarle su inquietud, se limitó a pedir su ayuda para todos los españoles.

Cuando se dirigía a la puerta para salir, sintió posarse una mano sobre su hombro derecho.

  • ¡Padre Luis! – respondió aliviada pero aún con cara de sobresalto, lo que sorprendió a su párroco.
  • ¡No te asustes, María! Hace tiempo que no te veía.
  • Pasaba por aquí y entré a rezar un ratito, Don Luis.
  • Falta hace, hija, que cada vez viene menos gente a las iglesias…y de más edad. Es como si Dios hubiese dejado de existir para esta sociedad tan tecnocrática y hedonista.
  • No le falta razón, Padre, una vez más se impone la ley del péndulo que a pesar, de ser descubierta por Galileo, es la   más hispánica de las leyes de la física porque en esta vieja piel de toro llevamos siglos oscilando entre un extremo y otro – el Párroco no pudo por menos que mostrar una sonrisa – es nuestro carácter, ¡qué le vamos a hacer!, en unos años hemos pasado de tener las iglesias llenas a encontrarlas casi vacías…
  • Me he alegrado mucho de verte, siempre ayuda ver como lo bien sembrado bien crece, hija mía, y tus padres que en la gloria estén lo hicieron muy bien contigo, te ayudaron a crecer, te acompañaron en la adversidad y respetaron tus decisiones…aunque se quedaron sin los nietos que tanto hubieran disfrutado.
  • Bueno Don Luis, me marcho que se está haciendo un poco tarde y mañana empiezo a trabajar temprano, pero quería decirle algo. En tiempos de tribulación, no hacer mudanza aconsejaba San Ignacio de Loyola. Siempre he creído que tenía razón y he de reconocer que ahora me siento atribulada por el virus y por los vaivenes políticos. Bueno, que me enrollo, si me necesita no tiene más que llamarme, cuente conmigo para ayudar en lo que necesite, recuerde que si no tengo mucho tiempo siempre lo consigo encontrar.
  • Ve con Dios hija mía y recuerda siempre que tus padres acertaron contigo hasta en el apellido, María de Armas…y es que eres una mujer de Armas tomar.

La semana transcurrió con mucha intensidad de trabajo, lo que no era una novedad para ella. Sin embargo, comenzaba a apreciar la inquietud general que alborotaba la monotonía de lo cotidiano, y es que fuese cual fuese el asunto abordado, la cuestión del covid terminaba por inmiscuirse en cualquier conversación.

En el entorno se percibía la proximidad de una tormenta mediática que había comenzado suavemente pero que cada día con mayor intensidad iba hinchando las velas de la política, que ella tanto detestaba. Medias verdades y medias mentiras que, adornadas con una verborrea tan hueca como sugerente, tan solo sirven para acallar al ciudadano mientras algunos trileros, vividores de la política, llenan sus arcas, acostumbraba a decir María de Armas al defender su axioma de que en España sobran charlatanes y faltan estadistas.

El siguiente fin de semana aumentó la presión en los medios de comunicación y fue una manifestación, a todas luces innecesaria ante el riesgo sanitario que permitía, la gota que hizo saltar en pedazos las compuertas de la alarma social. En las calles no se hablaba de otra cosa y, una vez más, la respuesta de los hombres de gris de la política, desde su mediocridad y egoísmo, vino de la mano de las medias mentiras y medias verdades. Cualquier cosa antes que admitir un error, incapaces de entender desde su indigencia moral, que siempre es más beneficiosa la humildad que la soberbia.

A mediados de marzo se decretó el confinamiento de toda la población en un intento desesperado de frenar lo que ya era una realidad manifiesta: ahora sí había que hacer frente al mismo problema sanitario que siete días antes las autoridades no habían querido reconocer. Mientras que en toda Europa hacía tiempo que se venían tomando las medidas sanitarias más aconsejables aquí, en veredicto de un castizo íbamos de “sobraos” …y como de costumbre, así nos fue.

Ante la improvisación los hechos siempre toman la delantera a las soluciones, y así ocurrió en esta ocasión. Como por ensalmo, comenzaron a conocerse casos y más casos de afectados por el contagio de un virus letal del que los médicos sabían muy poco. Sobre la marcha se proponían protocolos de intervención, pautas de tratamiento y medidas preventivas.

Los muertos aumentaban cada día y las Unidades de Cuidados Intensivos se colapsaron; los familiares no podían despedirse de los pacientes antes de morir; las funerarias no daban abasto; el personal sanitario carecía de los necesarios Equipos de Protección Individual; la cuidad estaba desabastecida de material de protección, mascarillas, geles antisépticos, productos higiénicos e incluso de alimentos en ocasiones. Un caos, en fin, con un elevado coste social y humano fruto de la indolencia de políticos mediocres.

Ante la situación generada por la pandemia, entre el temor, el miedo y la desinformación que generaba el recibir casi al tiempo una directriz y su rectificación, los ciudadanos permanecían confinados en sus casas acatando las instrucciones del Gobierno.

Mientras los pequeños negocios familiares comenzaban a declararse en quiebra, al no poder soportar las cargas que comportaba la falta de ingresos, las empresas más fuertes capeaban, como podían, el vendaval recurriendo al teletrabajo en un intento, a la desesperada, de paliar las pérdidas que la deficitaria gestión gubernamental comenzaba a contribuir.

Aquel sábado en que después de una agotadora semana de teletrabajo María pretendía dedicar a relajarse sonó el teléfono.

  • ¿María?… soy el Padre Luis, ¡buenos días!, necesitaba de tu ayuda y aprovechando tu ofrecimiento de hace unas semanas…
  • Sin problema Padre, ¿le viene bien que me pase esta tarde a verle?
  • Por mí perfecto. Tengo tanto trabajo que no me moveré de aquí.

Aprovechó la mañana para holgazanear dedicada a la lectura mientras disfrutaba de la música sinfónica de Sibelius y, después de una ensalada y una relajante siesta tan frugal como la ensalada se preparó un café y se dispuso a visitar al Párroco.

Ajustada su frágil figura en unos ajados vaqueros, calzando unas zapatillas de tenis tan rancias como sus pantalones y con un jersey colgando descuidadamente sobre los hombros, caminaba despacio disfrutando de la agradable temperatura de la tarde en la recién estrenada primavera, cuando inopinadamente desvió su recorrido yendo a parar en Viena Capellanes. Compró media docena de sándwiches, un par de pasteles y un refresco y con ello en la mano continuó su paseo hasta el despacho parroquial.

  • Buenas tardes, Don Luis – saludó al Párroco, con una generosa sonrisa – como ya me lo conozco, me he permitido aprovisionarme por el camino. Cuando me dijo que no pensaba moverse de aquí después de decirme que necesitaba mi ayuda, me imaginé que estaría tan agobiado de trabajo que no pensaba parar para comer…
  •  Razón tienes hija mía, no te has equivocado lo más mínimo, pero anda siéntate. ¿Ves? Dios aprieta, pero no ahoga. Aunque en ocasiones no nos demos cuenta, Él está siempre atento a las más pequeñas necesidades de sus criaturas – continuó sonriente – sabía que no iba a comer y te lo silbó al oído, claro que, también, cuando supo que necesitaba ayuda te puso en mi camino y acabas de demostrarme que ha sido una valiosa elección. Mira que las mujeres tenéis una ingente mata de pelo en la cabeza, pero con tu intuición me acabas de probar que no tienes un pelo de tonta.
  • Bueno, vamos padre, ¡basta ya de cortesías! – le interrumpió mientras abría el envoltorio sobre la mesa del revuelto despacho – que aun teniendo cerca del Palacio de Oriente esto no es Versalles. Ahora ha de alimentarse, Padre Luis, que ya toca.
  • A ver, no pienses que te desprecio el detalle, tan solo es que quería que hablásemos…
  • Y nada nos impide hacerlo en tanto que recarga sus baterías
  • Está bien, María, no te creía yo tan testaruda – le espetó mientras abría un sándwich para continuar mientras le daba un bocado – Estoy muy preocupado con la situación que estamos viviendo. Muchas familias lo están pasando mal. Por perder familiares muy allegados las unas, por encontrarse en soledad otras, especialmente los ancianos, con problemas económicos las más e incluso cargadas de deudas y en situación de necesidad, personas que jamás lo hubiésemos imaginado.
  • Así es, Padre, aunque al estar confinados lo advirtamos menos.
  • Aunque a quien no conozca nuestra Parroquia pudiera parecerle que todo va bien porque el nivel socioeconómico de los feligreses es, en conjunto, mejor que en muchas parroquias vecinas, lo cierto y verdad es que mucha gente lo está empezando a pasar mal y no nos damos cuenta.
  • Estoy totalmente de acuerdo, Don Luis, lo que no sé es cómo podría yo ayudarle mejor.
  • Es muy sencillo. Yo, que voy siendo mayor, carezco de los conocimientos organizativos y de las habilidades financieras de que tu dispones por tu trabajo habitual. He estado pensando, sin saber si quieres y puedes, que podrías ayudarme ahora que aún estamos a tiempo, a elaborar un plan con que aliviar a las personas a quienes lo necesiten.

María quedó en silencio recostada sobre el respaldo del sillón con la mirada perdida en la vieja lámpara que pendía del techo, mientras el párroco, a la espera de su respuesta daba un sorbo a su refresco. El silencio se hizo atronador hasta que María alzándose parsimoniosamente comenzó a hablar.

  • Pues va a ser que sí, Padre. Como dicen los jovencitos: me mola mazo la idea. No es suficiente conocer la doctrina social de la Iglesia. El compromiso hay que demostrarlo ante las adversidades, cuando los demás nos necesitan. Solo le pido una cosa, déjeme pensar esta tarde noche cómo encauzar el proyecto y le prometo que mañana regreso con algunas ideas.

Después de disfrutar cada uno de un pastel y un café preparado deprisa y corriendo, se despidieron hasta la tarde siguiente con la alegría interior quienes descubren una forma de ayudar a quienes más lo necesitasen en unos momentos de dificultad. Sin embargo, María, en quien subyacía un trasfondo de competitividad por naturaleza y en parte, también, por las particularidades específicas de su trabajo, lo interiorizó como un reto.

Cuando abandonó la Rectoría, aún no había anochecido. Las tardes se iban alargando, pero hacía más fresco que a su llegada. Se colocó el jersey mientras se disponía a caminar por los jardines de Debod para relajarse entre la quietud de sus piedras milenarias, al tiempo que intentaba poner en orden las numerosas ideas que surcaban, desbocadas, su cerebro en ebullición.

Al cabo de un rato comprendió que en medio de tanta excitación difícilmente podría pensar y, mucho menos, al haber aceptado la propuesta de Don Luis como si de un desafío se tratase, cuando no era ni siquiera un duelo consigo misma.

Dejando vagar su mirada por ese azul tan exclusivo con que se despiden las tardes como colofón del ocaso, una generosa sonrisa surcó su cara al recordar su estrambótica idea de “relajarse entre la quietud de las piedras milenarias”. El sosiego interior no te lo van a regalar unas piedras por muy milenarias que sean, pensó. Con tu actitud ante la vida y con tus hechos lo consigues cada día, y las rocas, aunque sean centenarias, no disponen de bluetooth con que trasmitirte su equilibrio desde el sopor de su letargo.

Al entrar en el salón de su casa se dejó caer, derrengada, sobre un sillón frente al ventanal de la terraza y, en un instante quedó envuelta en un sueño reparador. Cuando despertó la oscuridad se había apoderado de la estancia. Sorprendida, se dirigió a la cocina y pertrechada con una ligera cena se aposentó su sillón favorito en la amplia terraza acristalada desde la que se divisaba una espléndida panorámica del oeste de la ciudad. Aún a pesar de que la noche ya se había impuesto, un extenso mapa de innumerables puntos de luz permitía a quien lo conocía descubrir cada uno de los parajes más importantes.

Buena conocedora de las historias madrileñas fue recordando mientras cenaba, como a mediados del siglo XIX, ya bien asentada la capitalidad en Madrid, la ciudad emprendió el necesario crecimiento hacia la gran urbe en que se ha convertido y que comenzó por los ensanches. El ensanche aristocrático se realizó hacia el este, barrio de Salamanca, mientras que la burguesía se decantaba por el oeste, barrio de Argüelles. En que ella residía.

Ambos distritos quedaron desde entonces señalados, porque en una sociedad todo evoluciona, hasta los apodos. Lo que a finales del XIX se conocía cómo los barrios de los ricos, de los pudientes, con los años fueron acomodándose a los modismos del momento a de los niños pera, los pijos, los cayetanos… mientras que los castizos, y más tarde la inmigración se fueron acomodando en las riberas del Manzanares y hacia el sur.

La zona en que vivía acumulaba algunas reliquias históricas. Desde los fusilamientos del dos de mayo, en la montaña del Príncipe Pío a San Antonio de la Florida, con D. Francisco de Goya como testigo, pasando por el desaparecido cuartel de la Montaña y los duros combates en el frente de Madrid durante la atroz Guerra Civil.

Aunque algunos sean incapaces de modificar sus criterios teniendo delante de sus narices los cambios sociales y les faciliten una lupa para verlos más cómodamente, caviló María, Madrid es una ciudad abierta en constante trasformación en donde caben todos y hace mucho tiempo que los “ricos” se alejan del centro en busca de una supuesta mayor calidad de vida, llegando incluso a Galapagar.

Lo cierto es que, para bien o para mal según cada cual piense, personas necesitadas las hay en cualquier gran ciudad del universo mundo, habló consigo misma mientras se incorporaba para tomar un block de notas y un portaminas. Antes de regresar a su butaca se fijó, recostada sobre la cristalera de la terraza, para disfrutar de la visión nocturna de sur de la ciudad.

En el centro una irregular macha negra como un tizón, La casa de Campo, con escasos puntos de luz y algunos destacando el contorno del estanque, a su izquierda Las torres de la Catedral de la Almudena, el Palacio Real y el Templo de Debod, pero desde allí a la desdibujada línea del horizonte la imponente luminaria de los Carabancheles, el Alto de Extremadura, Aluche, Cuatro Vientos…viviendas, en fin, de protección oficial en la postguerra para inmigrantes extremeños. En todo caso, son muchos los madrileños que lo están pasando mal y necesitan ayuda, pensó mientras se repanchingaba de nuevo en su ajado sillón.

Aquella noche fue muy larga. En la terminología actual del Foro, se quedó “ojiplática” mientras desgranaba las múltiples iniciativas que discurría el magín supercreativo y racional de que disfrutaba. Preparar salvoconductos de movilidad para que los agentes del orden permitiesen los desplazamientos; selección de colaboradores para visitar los domicilios que lo solicitasen; selección de teletrabajadores; creación de un equipo de ayuda psicológica; soporte sanitario; apoyo farmacéutico; refuerzo alimenticio; ayud…no pudo continuar escribiendo. Una raya deforme rubricó su trabajo.

Nunca supo a qué hora quedó abatida por el cansancio. Bien entrada la mañana un rayo de luz rozo con suavidad sus párpados cansados y, como respondiendo a un toque de diana, le hizo saltar del butacón en que había mal dormido, pero necesitó de un café cargado para alcanzar un nivel de energía suficiente.

Una vez aseada salió disparada, como si le fuese la vida en ello y de una guisa poco acorde con su edad. Abrió la puerta de la Rectoría jadeando, pero con una sonrisa de oreja a oreja. Saludó alegremente al párroco mientras soltaba su block y una carpeta de apuntes sobre la mesa.

A partir de aquel día la Parroquia de San José y Santa Teresa comenzó a poner en marcha su programa “Acción contra el Bicho” en el que con el Párroco al frente y María como Directora Gerente se ofrecía ayuda a cuantas personas, fuesen creyentes o no, pudieran solicitarla.

Los primeros días la oficina parroquial se vio desbordada, aquello era como una maraña de confusión debatiéndose entre el voluntarismo, la desorganización, la buena fe y el afán de ayudar, hasta que a los dos días de comenzar aquel galimatías se produjo la conversión de María en María de Armas tomando decisiones. Al comprender que era necesario encauzar el voluntarismo y los ímpetus, especialmente entre los más jóvenes, consiguió de sus jefes unos meses de permiso sin sueldo para dedicarse a dirigir su Programa.

A partir de ese momento las cosas empezaron a cambiar. Con el apoyo de Don Luis se hizo el reparto de responsabilidades por las distintas áreas de intervención, teniendo en cuenta la profesión, la experiencia, la empatía y las características de cada uno de los propuestos, pero a nadie se la hizo jefe de nada, simplemente se les denominó responsables.

Así se seleccionó un responsable de la atención médica, otro de servicios de intendencia que se ocupaban de facilitar la compra de víveres para los ancianos que solicitasen esta prestación; de enlace con el SAMUR; de captación de voluntarios; de ayuda en domicilio; de apoyo psicológico; de atención telefónica, de obtención de recursos de todo tipo, económicos o en especie daba igual, y mil servicios inimaginables que no es necesario detallar. Todos bajo la coordinación de María.

Tardaron algunas jornadas en lograr una estructura organizativa suficiente como para poder iniciar las actividades con seguridad y aplicando cuidadosamente las medidas de protección individual y colectiva para evitar los riesgos de convertir una eficaz iniciativa en un foco de contagios colectivos.

Así, con la humildad de quien interioriza un ideal de servicio sin pedir nada a cambio y con la generosidad de quienes se sienten útiles ayudando a quienes más lo necesitan en tiempos de dificultad, poco a poco, comenzó a rodar Acción contra el Bicho. Como si de una canica se tratase rodaba, al principio, con enorme rapidez.

Con el paso de los días, al irse descubriendo la magnitud de la pandemia, la insuficiencia de los servicios sociales gubernamentales y la eficiencia de la ayuda parroquial, aquella canica del comienzo fue ganando tal peso y volumen que la rapidez de respuesta se fue normalizando de la mano de lo limitado de los recursos y de que, al activarse el boca oreja, las peticiones de ayuda crecían en cantidad y lejanía de la Parroquia.

Siempre perspicaz y alerta a las oportunidades de mejora, una mañana, expuso en una de las reuniones de coordinación la conveniencia de contar con una persona dedicada, en exclusiva, a contactar con instituciones que prestasen servicios en la misma línea que ellos, desde comedores sociales a apoyos de cualquier tipo a los que poder derivar aquellos casos que no podían atender. La propuesta fue muy bien recibida y a última hora de la tarde el párroco le pidió que se acercase a su despacho.

  • He estado dando vueltas a lo que decidimos en la reunión de esta mañana y quería presentarte a un candidato para hacerse cargo de esa responsabilidad. Se trata de un joven de casi diez y ocho años…
  • Don Luis – le interrumpió bruscamente – ¡si es un niño…

Como si no se hubiera dado cuenta de la interrupción, el Párroco continuó su perorata.

  • Hace un mes que el covid se llevó a sus padres y no tiene familia. Estudia Administración y dirección de Empresas, aunque ahora…ahora, ¡imagínate como está!, pero no te preocupes, es un chico responsable y buen estudiante. No me cabe la menor duda de que bajo tu batuta interpretará con a la perfección la sinfonía que le pidas.
  • Padre – insistió, ahora ya sin sobresalto – además de ser un niño, no se debe encontrar en el mejor momento.
  • Pues…precisamente, por todo eso que me planteas yo pienso que va a ser bueno para él. En primer lugar, una cosa es la inestabilidad emocional, que en estos momentos la tiene, con el sentido de la responsabilidad, que a Juancho le sobra. Por otra parte, y sin echar en saco roto tus consideraciones, te recuerdo que en la dificultad se acuña el mérito. Tu puedes con eso y con mucho más y además al chico le vendrá bien. Búscale, por favor, en el grupo de Teresa.

Así lo hizo. En aquellos momentos, un tanto contrariada, no podía presumir María, lo que aquel muchacho iba a significar en su vida. Fue a buscarle y le pidió que la acompañase a su minúsculo despachito. A penas cabían en él una mesa de estudio, dos sillas, un teléfono y unas flores, algo ajadas por el paso de los días en medio de tanta agitación, pero aún con la belleza de la languidez. A ella le encantaban las rosas. No en vano vivía al lado de la rosaleda del Parque del oeste, donde le gustaba pasear y siempre las tenía en su lugar de trabajo.

Aquella tarde noche dedicaron largo rato a conocerse. María se esforzaba en descubrir las habilidades del joven mientras que Juancho, entre propuestas e ideas sobre las que sustentar su participación en el proyecto, iba desgranando leves pinceladas que desvelaban su, lógicamente, frágil situación emocional.

Alto y delgado, como un junco, pensó. Aseado y con un pelo castaño y tan corto como sus ojos tristes. Al Juancho le costaba hablar, lo que alertó a María, sobre un posible apocamiento, pero a medida que ganaba en confianza, al hacer algunas propuestas, advirtió María un raro brillo en la mirada del muchacho acompañado de un marcado rictus emotivo en su voz, que le evocaron el drama familiar que tan joven acababa de vivir.

Se había hecho tarde, pero María no resistió la tentación de realizar una última pregunta antes de que se despidiesen.

  • Juancho, ¿por qué estás aquí?
  • Pues…porque – comenzó a responder mientras que sus tristes ojos de miel comenzaron a anegarse en tanto dos ríos de lágrimas se desbordaban sobre sus mejillas – pues porque algo hay que hacer con la que está cayendo – continuó como pudo después de intentar secar sus ojos, sin éxito, con la ayuda de un pañuelo de papel – no puedo entender lo que está pasando. Ni siquiera pude despedirme de mis padres que murieron muy jóvenes y ahora – continuó con rabia – solo quiero ayudar a los demás. Mis estudios pueden esperar un poco, no me importa. No hay derecho a que, una vez más la puñetera, ¡perdón!, política castigue otra vez a España como ya lo hizo hace ochenta años. Los políticos no han aprendido nada, cada día que pasa más alejados están de la ciudadanía. Han enterrado el ideal de servicio como principio inspirador de la acción política para convertir una batalla sanitaria en una guerra partidista. Incapaces de relegar sus rencillas ante una adversidad que nos afecta a todos, continúan disparándose, mentira contra engaño, en lugar de aunar esfuerzos ante una emergencia, no ya nacional, sino mundial. Ahora bien, ninguno de ellos olvida cargar sus bolsillos. ¡Qué pena! Yo creo que nos merecemos algo más. En fin. Estoy aquí porque quiero sentirme útil ayudando a los demás, estando cerca de ellos.

Después de permitir a Juancho desbordar sus sentimientos, María se despidió con una sonrisa entre agradecida por la confianza demostrada y la tranquilidad por la idoneidad de la propuesta de Don Luis, de la que había recelado un rato antes.

Aquella noche placenteramente recostada en su sillón favorito tras el ventanal de la terraza, dio en pensar María sobre sus cosas, sobre su actitud de largos años recluida bajo la elaborada soledad de su burbuja artificial dejando marchitar su vida interior como se va afligiendo una orquídea aun contando con el agua y la luz necesarias.

Sin proponérselo, aquel joven, que podría ser aquel hijo que nunca pudo tener, le había dado una lección magistral de actitud ante la adversidad. Si el personaje hubiese existido hoy sería el de “San Lagrimógenes”, pensó, mientras se enjugaba unos lagrimones que hacían slalom sobre sus mejillas. Me he portado mal conmigo misma atormentándome por algo que no fue por mi culpa, y con todo el mundo descargando sobre los demás mi propio enojo se reprochó. ¡Dios mío! ¡cuánta soberbia!, recapacitó sin poder dejar de llorar. Ciertamente no era esta la conducta que Carlos hubiese esperado de mí, aunque todo en la vida tiene remedio…menos morir sola por el bicho, asumió, mientras sus párpados sucumbían a la fatiga de un día tan largo como agotador.

El siguiente día amaneció con la luminosidad propia de la primavera saludando al verano. La ciudad despertaba más calmada después de largos meses entre la ansiedad, la incertidumbre y el recelo provocado por los consejos incoherentes de ciertas autoridades, in – competentes, en algunos casos, mientras que la epidemia, lejos de estar controlada continuaba sembrando dolor y angustia que algunos paliaban renunciando a ver y escuchar las noticias como una medida de salud e higiene mental.

Cuando llegó al despachito de la Rectoría, María lo encontró distinto. La mesita limpia y ordenada y un búcaro con media docena de rosas blancas que alegraron su mirada. Al sentarse encontró un Post-it pegado al jarrón. “Gracias por escucharme y aceptarme en tu equipo anoche: Juancho” Con esa sonrisa se alegró su mañana.

Al cabo de un rato llegó el muchacho. Parecía otro. Más animado y con ganas de hablar. Con toda corrección, no tomó asiento hasta que no se lo propuso y, con la misma fuerza con que salta el tapón de un vino espumoso, comenzó a lanzar una verborrea de propuestas que tan solo remitió al repiquetear el teléfono.

Una vez finalizada la conversación telefónica, María, con la mayor amabilidad, casi con ternura, comenzó a hablar.

  • Verás, Juancho, lo primero que quería hacer hoy es darte las gracias por las rosas. Son las flores que más me gustan, pero no eran necesarias. De verdad. Hace mucho que no recibía regalos, así que tus rosas han sido una maravillosa sorpresa cuando llegué esta mañana. Sin embargo – prosiguió mientras la cara del joven se mostraba tersa por la atención – el mejor regalo me lo hiciste anoche sin tú saberlo.

Mientras las pupilas de Juancho se dilataban por la sorpresa, María continuó con su reflexión.

  • Me avisó el párroco del momento que estabas pasando y esa fue la razón por la que yo te pregunté la razón por la que estabas aquí. Lo hice sin la menor malicia, pero no me podía imaginar que era yo quien te tendría que dar las gracias a ti.

La cara del muchacho era, por sí sola, la más pura definición del asombro mientras que María continuaba hablando.

  • Acabamos de conocernos y ya estoy segura de que vamos a trabajar muy a gusto juntos. Permíteme que me reserve para más adelante, cuando hayamos congeniado más, explicarte cómo ayer recibí una lección de vida que hubiera necesitado hace ya muchos años y cómo me enseñaste, sin pedírtelo que, en la vida, la humildad es mejor que la soberbia. ¡Gracias por tus dos regalos! las rosas y el invisible.

Desde aquel momento trabajaron juntos a partir un piñón, les faltaban horas para poner en marcha nuevas iniciativas. El entusiasmo utópico de aquel joven, asociado a la madurez de una María sazonada de experiencia, generaba cada día un extraordinario carburante con que impulsar el proyecto. Gradualmente los dos fueron recuperando sus sonrisas mientras se volcaban coordinando todo el equipo parroquial para ayudar a los demás.

Ningún aspecto social generado por la epidemia que asolaba a la población les era ajeno. Cuando no podían paliar un problema por carecer de los medios necesarios se esforzaban para ofrecer una respuesta a quien lo necesitaba.

Así, en esa lucha constante, entre altibajos, según la veracidad de unas cifras de fallecidos y contagiados, que muy poco tenían que ver con la realidad y las necesidades sociales, fueron pasando los meses. Se acercaba la Navidad.

Desde otoño venían pensando en las personas que se habían quedado solas al haber perdido sus más allegados y en aquellas familias a las que no les llegaba para comer y no podrían celebrar una Navidad en la necesidad y en aislamiento. La cabeza de Juancho había entrado en ebullición semanas antes elaborando, con la ayuda de todo el equipo, un registro de las familias en situación de precariedad en el área de influencia de la Parroquia. Con el apoyo de los feligreses y bajo la filosofía de Don Luis, “todo es cuestión de voluntad, de querer hacerlo”, se pudo hacer y en la mañana de Nochebuena todas las familias que más lo necesitaban recibieron una cesta navideña con que cubrir sus necesidades más inmediatas, acompañadas de una felicitación de Navidad elaborada a mano por los más mañosos, Cada uno de los mayores recibió, también, un ejemplar de los Cuentos de Navidad de Charles Dickens.

Todo el equipo parroquial compartió un aperitivo en la Rectoría. Al terminar, María pidió a Juancho que la acompañase. Llegando a los jardines del Templo de Debod, sentados sobre un banco, ella comenzó a hablar.

  • ¿Recuerdas que el día después de conocerte te di las gracias por algo, pero me reservé explicártelo para más adelante?, pues creo que aquel más adelante es hoy. Aquella noche me diste sin saberlo una lección de vida que hacía años venia necesitando, desde el día en que, un desafortunado accidente de automóvil se llevó a Carlos, mi marido…

Entre lágrimas y sollozos le abrió su alma que se desbordó hasta quedarse en paz. Después le invitó a cenar aquella noche en su casa.

Cuando horas más tarde llegó Juancho, hecho un pincel, la casa parecía una luminaria en la que cada destello emanaba tranquilidad.

Con total naturalidad, relajados, no dejaron de parlotear durante toda la cena, rebosante de exquisiteces, que para los dos había preparado María. Entre bocados y sonrisas el muchacho pensaba: “cuando pase la pandemia, que pasará, echaré mucho de menos a María”

A causa de la situación sanitaria, y del cansancio acumulado, María decidió no asistir a la Misa del Gallo y pidió a Juancho que se quedase en casa un rato acompañándola. Al sonar las doce en el campanario de San José y Santa Teresa, María colocó en su regazo la figura familiar del niño Jesús y deposito un largo beso humedecido en lágrimas sobre su rodilla. Después se le ofreció a Juancho que, emocionado, hizo lo propio.

Después de prepararse unos cafés se sentaron en la terraza acristalada para disfrutar de la imagen de los fuegos de artificio que aderezaban aquella noche especial los infinitos puntos de luz que brotaban de las farolas. En medio de aquella paz, ella hendió aquel sereno sosiego.

  • Siempre que tu lo aceptes, te he preparado un regalo de Navidad un tanto especial. Además de la inmensa ayuda que me prestaste, sin tú saberlo, y que te descubrí hace unas horas, llevamos medio año trabajando juntos, y muy bien. Yo me encuentro muy a gusto contigo. Quizás te parezca una tontería, pero he pensado que tú estás tan solo como yo, sin familia desde que el “bicho” se llevó a tus padres y yo nunca pude tener el hijo que tanto deseaba.

Un largo y denso silencio se instaló en el mirador, él con los ojos cerrados y las manos serenas entrelazadas entre si mientras las manos inquietas de María no paraban de tamborilear sordamente sobre el brazo de su sillón. Súbitamente, cuando María entornaba los ojos pensando que se había equivocado, Juancho se acerco y después de depositar un beso sobre su frente, le dijo al oído “gracias, me has hecho sentir esta Nochebuena la madre que me falta”.

Con el paso de los años, una vez controlado el covid, aquel muchacho se graduó con éxito y se convirtió en un dinámico empresario, con el apoyo de aquella madre inédita a la que, sin buscarlo, había contribuido a resurgir.

Seguramente, aquella Nochebuena, mientras que asesorado por Dickens, Míster Scrooge recostado sobre el cuerno inferior de una luna creciente acunaba al Niño entre los cansados brazos de su viejo corazón, María de Armas recordaba unos versos de su juventud:

“El hombre de hoy está empeñado

 en mandar o situarse

 en tener y poseer…

 y en ti no piensa casi nadie.

 ¿por qué te has ido tan lejos?

 ¿o tal vez se ha marchado el hombre?”

Mientras tanto, desde el infinito una voz le respondía:

“Jamás dejaré de estar entre vosotros”

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