El escritor francés Emmanuel Carrère. Foto: Casa de América.

En el mal llamado subgénero narrativo de la autoficción hay de todo y todo cabe. Por ello precisamente no importa tanto que el que se mira el ombligo diga que sufre una enfermedad traumática como que nos haga partícipes de que la sanación de esa dolencia es lo que a los lectores más nos interesa del mundo en ese preciso instante cuando abordamos la lectura del libro en cuestión. Hay veces que la vida o los episodios concretos de ella que el escritor decide trasladar a su obra no sólo es soberanamente aburrida y sinsustancia, sino sobre todo que tiene el mismo interés que cuando el pescadero del barrio nos cuenta que ha pasado una mala noche mientras nos limpia un besugo. El quid de la cuestión está en el arte de contarlo más que en el meollo que se noveliza. Aquí entonces Emmanuel Carrère es premio cum laude y un referente indiscutible del género. Después de una ya larga lista de títulos de éxito de público y crítica, lo demuestra una vez más con su ejemplar Yoga, publicada por Anagrama. Aunque reconoce que se siente cansado de la autoficción, qué duda cabe que sus lectores demandan de él más y más porque Carrère posee ese encanto telúrico del que aparentemente cuenta hechos asombrosos pese al pleno convencimiento de que los lectores saben que son sucesos cotidianos sin más que le pueden acontecer a cualquier otra persona.

Instintos suicidas

El autor de Limónov, Una novela rusa, De vidas ajenas o El Reino aborda en Yoga un descenso a los infiernos de la locura cuando precisamente buscaba en el poder sanador del yoga la paz interior que su vida personal le negaba. Precisamente es el apartado de su vida personal más íntima, en el de la pareja, donde ha debido podar todo lo escrito por imperativo legal a instancias de su ex pareja. Y lo mejor de todo es que apenas se nota en la narración de este embelesante libro que comienza buscando el nirvana y la introspección interior gracias a las técnicas del milenario yoga y termina en los campos de refugiados de inmigrantes de una isla griega después de haber tocado fondo en un hospital psiquiátrico tras ser diagnosticado de un profundo trastorno bipolar con instintos suicidas.

Y lo más admirable de todo no es que esta vida de Carrère, que sin duda cualquier otro ciudadano anónimo del planeta podría haberla tenido infinitamente más apasionante, nos interese y nos absorba de principio a fin, sino sobre todo nos emociona a cada instante, porque el misterio está en que el autor nos atrapa no con los intríngulis de su vida personal sino con su literatura, de altos vuelos, en la que da igual que aborde hechos verídicos del propio autor o no. Porque literatura es al fin y al cabo.

Él mismo se vuelve a preguntar al final de Yoga una duda recurrente en su trayectoria profesional: “¿existe un criterio que nos permita adivinar si una historia es verídica o ficticia? ¿Si un retrato en un museo es el de una persona real o de un personaje imaginario? No tengo una respuesta pero me parece que, sin poder explicarlo, lo intuimos. Yo al menos lo intuyo”.

En definitiva, de lo que se trata es de llegar a comprender que lo importante es “ser un hombre bueno, un hombre volcado en los demás”. Al menos él se conforma con ser “fiable”. Pero la realidad es otra, y él mismo, Carrère, admite ser “un hombre narcisista, inestable, lastrado por la obsesión de ser un gran escritor”. Es, en definitiva, su “destino”, su “equipaje”. Y en él nos embarcamos juntos con cada nuevo libro suyo. La magia de la demostrada autoficción.

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