Me impresiona, siempre me impresiona, la energía y la pasión que le pone Nadal, Rafa Nadal, Rafael Nadal, a cada punto que juega. El duelo sobre la tierra con Federer, el mejor tenista de todos los tiempos (si nos atenemos a las estadísticas), es alucinante. El tenis es para mí el deporte rey; con el permiso del boxeo. Un buen match es entretenido -rebosa vida- en cada momento. Es impagable ver a dos héroes enfrentarse en solitario el uno contra el otro, sin adornos ni alrededores.

En un equipo de fútbol o de baloncesto los héroes también brillan, por supuesto, pero sin sus compañeros nada podrían. Qué bonito sería un duelo Messi-Ronaldo. En la F1 el robot es en la actualidad más importante que el alma que le da vida. Pero en tenis… en tenis el hombre, el ser humano, lo es todo; y es maravilloso, es un espectáculo, es puro arte; tan valioso como el mejor ballet. Ver a Nadal luchar contra Federer es un espectáculo que arranca gritos y aplausos, gane quien gane. Dos leyendas vivas, enfrentadas. Sin intermediarios, sin normas ridículas, un punto cada vez, tensión continua, magia y misterio.

Rafael Nadal, tras derrotar a Federer en las semifinales, tendrá ocasión de aspirar a su duodécimo título en Roland Garros. Doblaría a Borg si lo consigue, triplicaría los éxitos de Cochet y cuadriplicaría los de Lacoste.

Las estadísticas son una buena música de fondo, pero lo grandísimo es cada acorde, cada punto. Nadal da siempre lo mejor de sí mismo, como el mejor bailarín, como el mejor actor; deportista excepcional, artista inmenso.

 

Tigre tigre.

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