Estamos asistiendo ya un tiempo, no a toda la problemática de la cuestión catalana que viene desde que Artur Mas meneó el avispero para tapar sus vergüenzas con el tres por ciento, sino a los avances en materia terminológica y conceptual con respecto al término nacionalidad que aparece en nuestra Constitución, y que algunos tratan de equiparar al de Nación. En estos términos se ha expresado siempre Pablo Iglesias y, últimamente, Miguel Iceta parece que también va por el mismo camino.

Cuando acudimos a la literatura de Ciencia Política y Filosofía del Derecho nos damos cuenta de lo controvertido de los conceptos, de la diversidad de los autores, y de los múltiples matices que subyacen en estos términos, y, también, en el de Estado. Hay quienes identifican, en este caso sí, nacionalidad y Nación, haciendo una interpretación del término Nación en el sentido de la vocación de los grupos de personas que comparten una historia, una cultura, y una lengua común, de, simplemente, constituirse en Nación. Les faltaría el control de un territorio sobre el que ejercer esa nacionalidad para constituirse en Estado. Este sería el caso del pueblo palestino, una Nación sin Estado, por faltarle el territorio.

Más importante aún es el tema del reconocimiento. Una Nación, o un Estado, que para el caso es lo mismo, necesita para ser considerado como tal, el reconocimiento de su estatus por parte de los demás países. Esto implica la posibilidad de llegar a acuerdos comerciales, políticos, de intercambio de ciudadanos, o incluso, pactos en materia de defensa. De ahí las embajadas catalanas, o el intento de mesas de negociación bilaterales. Se trata de ganar la batalla moral.

Pero, lo más importante de todo, es el consenso. Un país se constituye como tal si existe un consenso nacional e internacional para que lo sea. Los palestinos poseen ese consenso interno, pero no tienen consenso por parte de la comunidad internacional, especialmente de los israelíes que fueron aquellos para los cuales se les arrebató su territorio.

Yo sería partidario de buscar un nuevo consenso. Es bastante aceptable que en este país se busquen nuevos consensos constitucionales cada cincuenta años aproximadamente, habida cuenta la rápida evolución de los acontecimientos, las poblaciones, y las opiniones. Pero ese consenso debe ser valiente, y acabar de una vez por todas con la discusión. Propongo, como ya hiciera antes en otro artículo sobre la cuestión catalana, un plebiscito. Votaríamos todos los españoles y españolas. Si gana el sí a la desintegración de España, que se separe el que quiera, no solo los catalanes. Si gana el no, entonces los partidos independentistas quedarían ilegalizados, como los están en países como Alemania o Francia. Esas serían las condiciones, y lo decidiríamos entre todas las personas de este país, y no solo unos pocos supremacistas.

Debemos preguntarnos qué pensaban personas como Solé Tura, Manuel Fraga, Herrero de Miñón, Miguel Roca, Pérez Llorca, Gabriel Cisneros, o Peces Barba cuando utilizaron el término nacionalidades para referirse a algunas partes de España, y por qué lo hicieron. ¿Podemos creer, acaso que estaban pensando en naciones, y en la futura disgregación de España? ¿Seguro? ¿Este grupo? Para nada. Estaban pensado en regiones con una especificidad cultural y lingüística, así como una historia que hacía de ellas algo más notorio y original que las otras regiones de España. Se referían a Cataluña, País Vasco y Galicia. Nacionalidades, esto es, regiones peculiares, que no Naciones. Llama la atención que el Sr. de las matrículas (Pablo Iglesias) no entienda la diferencia y que un mindundi como yo tenga que explicársela. Lo hicieron porque la presión por parte de estas nacionalidades era muy fuerte, había que construir una nueva España como espacio de convivencia donde cupiésemos todos, ETA estaba matando gente, la crisis económica era brutal, el ruido de sables constante, y hubo que hacer un esfuerzo de conciliación de voluntades para que en este país se pudiera tirar para adelante. Es nuestra responsabilidad ahora saber interpretar correctamente las palabras y las situaciones políticas, no sacarlas de contexto, y no confundir, desde luego, nacionalidad con Nación.

Los nacionalistas siempre han estado muy confundidos, y no vamos ahora a esforzarnos aquí por sacar a nadie de sus fanatismos; pero hombre, un Pablo Iglesias, un doctor en Ciencias Políticas, diciendo que España es una nación de naciones, y que los pueblos tienen derecho a elegir sus destinos, así, sin anestesia, además de constituir una serie de tonterías, es extremadamente peligroso. Por eso yo hubiera preferido, y así lo defendí en un artículo anterior, un gobierno en solitario del Psoe con pactos de Estado puntuales con el PP, y acuerdos también puntuales con otras fuerzas en materia social, unos cuantos decretos leyes, y con eso y un bizcocho, hasta las próximas elecciones a las ocho. Si no se puede avanzar más, se avanza menos, pero manteniendo la unidad de España y la igualdad de toda la ciudadanía.

Ahora el compañero Miguel Iceta está hablando de la nación de naciones, y de que Cataluña es una Nación que el Estado Español debe reconocer para sentarse a hablar. Esto es el principio del fin de España. Debo decir que si esto se materializara yo no podría avalar con mi militancia semejante disparate y tendría que irme del Psoe. Me ahorraría las cuotas, pero nunca el horror, la vergüenza, y la ignominia.

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3 Comentarios

  1. Como buen falangista de izquierdas, acaba de resumir magníficamente el ideario de los falangistas de izquierdas. Enhorabuena. ¿Para qué disimular, verdad?
    A continuación, un chascarrillo ilustrativo sobre las «nacionalidades»…
    Un inglés visita Francia y habla con los 60 millones de franceses. 60 de millones de veces se repite esta conversación:
    Inglés – Muy buenas, soy inglés.
    Francés – No, usted no es inglés porque Inglaterra no existe, es un invento de la BBC. Usted es un adoctrinado.
    ¿Pilla el sentido o tengo que dejarlo todavía más claro?
    Y para acabar… ¡tachán! A la hora de decidir si se marchan o no de la UE… ¿quién ha votado, los ingleses o todos los europeos? ¿Usted ha votado? ¿Por qué no le ofende el que no le hayan preguntado sobre el tema? ¿Acaso no es usted un europeo? ¿Por qué no anuncia la ruptura de su carnet de «europeo»?
    Los talibanes del Estado Hispánico lo ponen tan fácil que no tiene mérito rebatirles. Siau!

  2. No se puede ser más burro. Fíjese usted. En el año 1606 aparece el primer documento en el que un monarca se presenta ante el poder romano en el que se manifesta como rey de España. Logicamente es un error por la regencia igualitaria de Aragón y Castillo, con independencia de la residencia del monarca o de la capitalidad. También coexisten entonces los reinos de Navarra- que perdura – y el de Galicia, que resolvía sin derecho una borbona regente que tuvo ocho hijos de su cochero. Donde se ha visto que cualquiera con todo el derecho puede criticar aquelo que desconoce y no entende. Lea, hombre. Luego escriba.

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