La RAE tiene nuevo director. O mejor dicho, lo tendrá a partir del 10 de enero, fecha en la que tomará posesión siguiendo las pautas habituales de esta institución. Se trata del catedrático de Derecho, escritor e historiador Santiago Muñoz Machado (Pozoblanco, Córdoba, 1949), quien fue elegido ayer por el pleno de la Real Academia Española para suceder a Darío Villanueva tras un periodo electoral nunca visto en la casa. Muñoz se ha hecho con el cargo con 22 apoyos en la primera votación, frente a los 13 recabados por su rival, Juan Luis Cebrián. Con ello, se ha convertido en el trigésimo primer titular del puesto que ostentara por primera vez, en 1713, Juan Manuel Fernández Pacheco.

Muñoz Machado no aterriza en la Academia en un momento de mieles. La RAE afronta un importante problema económico derivado del dramático recorte de fondos ejecutado por el Gobierno de Mariano Rajoy y la indiferencia posterior de Pedro Sánchez. Pero además se encuentra con un importante problema social a raíz del debate sobre el lenguaje machista y la reclamación de una visión más paritaria de la lengua. En ambos sentidos el nuevo director se muestra bastante decidido a tomar decisiones. Por un lado, ha asegurado ya que “la RAE es una cuestión de Estado”, y que “debemos mentalizar a este Gobierno y a todos de nuestro valor universal”. Por otro, se ha declarado abierto a responder a la demanda de contar con más presencia de términos femeninos en la lengua.

Como jurista y consultor en asuntos administrativos, Santiago Muñoz Machado no parece que vaya a guardar demasiadas similitudes con los anteriores responsables de la RAE, y no solo por esa dedicación. Los que lo conocen aseguran que es un hombre severo e impecable en las formas, por lo que ya se especula que no apostará por el trato laxo del que se ha venido haciendo gala sin con ello lograr, pese a todo, la ansiada simpatía de los usuarios de la lengua. Aunque, irónicamente, esa ortodoxia en las formas contrasta con sus ideas inconformistas, que ya hicieran popular su nombre algunos años atrás con la obra sutilmente transgresora Informe sobre España (Crítica), donde señalaba el mal trabajo del Tribunal Constitucional como responsable de condenar la Constitución Española a una revisión inevitable.

Tiene por delante Muñoz Machado una difícil tarea, la de sanear -en todos los sentidos- la situación de la institución, así como guiar a esta ante el reto de adaptarse a un urgente cambio de la lengua que va más allá del mero capricho de las modas.

 

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