Soldados alemanes en un café parisino durante la II Guerra Mundial.

París, 1943. Los nazis ya huelen el desastre en aquella ciudad ocupada rodeada de esvásticas, opresión y un clima imposible, enrarecido, irrespirable, de cabarets y clubes nocturnos exhalando olor a tabaco enemigo y sabor a engañoso Dubonet. Hasta allí viaja el comisario Polo, un español sesentón que ya demostró hasta dónde es capaz de llegar un investigador casi nonagenario en la Granada de 1963 de su anterior Gran Granada. Pero aquel París nazi recreado magistralmente en Petit Paris era tan imprevisible como extremo. Policías, espías, matones, periodistas, diplomáticos, infiltrados… Un enjambre de seres que se adaptan al hábitat como el camaleón a la rama del momento. Al granadino Justo Navarro (1953) le ha salido un noir de libro, ejemplar, admirable. Milimétrico pero abordado como él prefiere: con los faros encendidos en la noche y que esta luz le descubra el tramo siguiente en el momento preciso, no antes ni después.

“Si me voy al pasado para contar una historia lo hago para ver mejor mi presente”

 

Vuelve el comisario Polo de Gran Granada, pero dos décadas atrás y en el París nazi de 1943. ¿Por qué de nuevo en acción?

Porque Polo es inquieto como todo buen detective y volvió a metérseme en la cabeza con todo su mundo negro. Su primera aventura, Gran Granada, transcurría en 1963 y Polo tenía ya más de ochenta años, así que, rejuvenecido, se fue al París nazi de 1943…

 

Aquel Petit Paris que recrea en su nueva novela era una ciudad que veía ya más cerca que dos años atrás la salida definitiva de los nazis, que aún daban sus últimos coletazos. ¿Le ha supuesto mucho esfuerzo la recreación de aquel ambiente asfixiante?

Ha sido un viaje interesante, apasionante, diría yo, trasladarme a aquella época, a París entre marzo y abril de 1943. Polo leía todos los días tres periódicos parisinos, Le Matin, Paris-Soir y Parisier Zeitung. Son los periódicos que yo he seguido, día a día, para reconstruir aquel mundo ido: un periódico, desde el primer titular hasta la sección con los programas de radio, desde los sucesos a los espectáculos y los anuncios, dice mucho del mundo donde se publica.

“Escribir es como viajar de noche: los faros encendidos van iluminando siempre el tramo siguiente”

 

Los resortes de seguridad del Estado integrados en los ambientes criminales hasta solaparse con ellos es el tema sobre el que hace gravitar buena parte de su nueva novela negra. En aquel París imprevisible, esta situación anormal se puede asegurar que era tan habitual como incluso lógica, pero que hoy mismo estemos hablando de la misma realidad ya plantea nuevas dudas respecto a nuestra admirada democracia, ¿no cree?

Tiene razón. Pero el caso es que el mundo policial y el criminal comparten la misma atmósfera. Es una de las cosas que los maestros de la novela negra han entendido perfectamente.

 

Ni que decir tiene que cualquier parecido con la realidad actual de 2019 es pura coincidencia. ¿O no tanto?

Yo digo siempre que si me voy al pasado para contar una historia lo hago para ver mejor mi presente: para tomármelo con cierta distancia, como desde otra realidad. En Gran Granada, en 1963, Polo, ingeniero de telecomunicaciones además de comisario de policía, veía en el control de la red telefónica un medio de vigilancia eficaz y pronosticaba para el futuro un teléfono de mano obligatorio para todo el mundo. En el París de 1943 pone en evidencia las conexiones entre servicios policiales y prensa, entre información y servicios de información, entre prensa y propaganda del Estado.

 

¿Qué tiene el género negro que lo hace tan versátil, tan grande, tan útil para contar cualquier tipo de historias, mucho más allá de que haya un muerto y un criminal por descubrir?

A mí el molde del Noir me sirve como un sistema de extrañamiento: una manera de mirar mi realidad desde un punto de vista extraño, una especie de gafas, diría yo. Como, hasta cierto punto, es un molde ya hecho, permite también la distorsión, la parodia. Y hay otra cosa: la lógica de la novela negra rompió con la de la novela criminal clásica: había un crimen, el detective descubría al criminal y el orden quedaba establecido. En la novela negra el detective y el criminal forman parte del mismo desorden, y los dos saben que el desorden es irremediable.

Justo Navarro. Foto: MT Slanzi.

 

¿Le tiembla el pulso aún ante los riesgos que supone ponerse a escribir una novela, precisamente al otro lado del papel que le corresponde al crítico literario, que usted también ejercita con frecuencia?

La crítica que hago, si es crítica, es poco judicial: lo que esencialmente me preocupa es desvelar cuáles son los elementos característicos de las novelas que critico (en general, novelas criminales y best-sellers) y por qué pueden gustarle esas novelas a cierto tipo de público-lector y no a otro. Conmigo mismo tengo un punto de vista mucho más judicial, por decirlo así, pero me aventuro, aprendo, me lo paso bien.

“Hay algo que no cambia: la interconexión entre Estado e intereses privados”

 

¿Tenía ya perfilada en su mente con antelación todo el esquema de lo que luego sería esta novela, o esta fue adquiriendo vida propia conforme los personajes iban entrando en calor en la trama?

Creo que nunca he tenido un esquema previo, que convertiría el hecho de inventar una novela en algo burocrático como rellenar un formulario o rellenar las casillas de un crucigrama. Escribir es como viajar de noche: los faros encendidos van iluminando siempre el tramo siguiente. Lo más sorprendente de escribir es que alguna vez uno se descubre escribiendo, y para bien, lo que nunca se había sentido capaz de escribir.

 

Insiste mucho en la localización exacta por las calles de aquel París. Ni que decir que remite a los lugares comunes del escritor francés Patrick Modiano. ¿Un referente entre otros muchos?

Me gusta la precisión y me gusta, como a Modiano, la sonoridad de los nombres de las calles y de los hoteles y los bares, los nombres de las estaciones de metro, y la de los apellidos de los personajes. Cuando todo ese ambiente, cosas y personas, pertenece al pasado, los nombres adquieren una cierta resonancia temporal que nos proyecta a un mundo perdido.

“El molde del Noir me sirve como un sistema de extrañamiento: una manera de mirar mi realidad desde un punto de vista extraño, una especie de gafas, diría yo”

 

¿En qué se parece la política española de hoy a los bajos fondos de aquel París, y por supuesto a aquella Granada también, no la olvidemos?

Hay algo que no cambia –en la política vigente en general, no solo en la española: la interconexión entre Estado e intereses privados.

 

¿Los tiempos turbulentos siempre hacen brotar las ratas de las alcantarillas?

En las guerras el Derecho suele quedar en suspenso: matar y destruir y saquear parece que está permitido. En 1943, el año de Petit Paris, había una guerra mundial. Petit Paris acaba con un bombardeo aéreo y el funeral oficial por las víctimas.

 

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