Fernando VII purgó a los liberales durante la década ominosa, traicionando la Constitución de la Pepa y reinstaurando el absolutismo monárquico; Isabel II se echó en brazos de los autoritarios hasta que estalló la revolución al grito de “abajo los Borbones, viva España con honra”; Alfonso XIII compadreó con el militarismo africanista de Primo de Rivera, reduciendo la democracia a la nada en un primer episodio cuasifascista; y ahora, tras cuarenta años de engaños y mentiras, sabemos que Juan Carlos I también le ha salido rana al pueblo. De una forma o de otra, bien por circunstancias históricas, bien por la fuerza de los genes malditos que empuja a una dinastía suicida a su propia destrucción y a la ruina del país, la historia demuestra que cada nuevo experimento de restauración borbónica ha sido más decepcionante que el anterior y ha terminado ahondando un poco más en el fracaso secular de España como sociedad y como nación.

“No podemos seguir así” –dice el catedrático de Derecho Constitucional Javier Pérez Royo–, “el sexo y el dinero es lo único que le interesa al rey, lo típico de los borbones”. Y no le falta razón al veterano profesor. Tras el escándalo de las cuentas del rey emérito, las derechas y también el PSOE (los dos pilares fundamentales del sistema sagastacanovino que perdura en este país por los siglos de los siglos) trabajan intensamente en un nuevo discurso para justificar el fracaso histórico y sin paliativos de la monarquía borbónica española. Ya se está construyendo y propagando el relato debidamente tuneado y adornado de que Juan Carlos es historia, agua pasada, una página negra e infausta que no debe empañar el futuro de la institución encarnada en la figura de Felipe VI. El objetivo: seguir tirando unos años más con la monarquía. 

El cuento de hadas sobre reyes, princesas, palacios y unicornios, ese en el que caemos una y otra vez los españoles como una maldición bíblica, empieza a funcionar de nuevo. La fábula consta de un prólogo en el que se nos dice que el viejo rey puede haber tenido un comportamiento deplorable e impropio, pero que su hijo, el joven rey, es otra cosa muy distinta. Según el relato oficial, Felipe es un hombre preparado, educado, culto y con idiomas que jamás meterá la mano en el cazo y que, esta vez sí, guiará al país por los senderos de la democracia, la paz y la prosperidad. Todo exactamente igual que en 1975, todo tal como sucedió en la Primera Transición (hoy estamos inmersos en la segunda), cuando tras la muerte de Franco subió al trono un rubio príncipe de sonrisa cándida llegado de algún lugar de la fría Europa para reinstaurar la dinastía. Y así vamos los españoles, tropezando una y otra vez en la misma piedra de la historia, trastabillándonos de siglo en siglo y de época en época, engañándonos a nosotros mismos con un problema secular que ha caído sobre nuestras espaldas y las de nuestros hijos y nuestros nietos y que no sabemos resolver si no es con una carlistada o una guerra civil.

Cometemos los mismos errores de siempre, quizá porque quienes nos gobiernan son los de siempre o los hijos de los de siempre extendiendo su linaje de oro a través de los tiempos. Nada cambia en este país, seguimos en el mismo punto kilométrico de la historia desde aquel fatídico día de 1823 en que el pueblo exclamó “Vivan las cadenas”, otorgando patente de corso a Fernando VII para que recobrara el poder absoluto del Antiguo Régimen con el auxilio de Francia y Los Cien Mil Hijos de San Luis. En aquel episodio fuimos nosotros mismos, el pueblo, los españoles, los que borrachos de fanatismo abrazamos y besamos el manto real y nos lanzamos a la caza furtiva y sin compasión de los liberales, muchos de los cuales terminaron huyendo o en el exilio.

Hoy somos otra generación muy distinta, hemos madurado como sociedad y sin duda hemos avanzado respecto a aquellos compatriotas ágrafos y hambrientos de nuestro trágico siglo XIX, pero la tesitura sigue siendo la misma: construir un país decente o mirar para otro lado permitiendo, consintiendo, tolerando el expolio a manos llenas, el fraude, el abuso de poder y las trapacerías de un rey emérito que jamás será juzgado por sus negocios ocultos. ​

Hoy Esquerra Republicana, Bildu, Junts, PDeCAT, la CUP, el Bloque Nacionalista Galego, Más País, Compromís y el PNV han registrado en el Congreso de los Diputados una nueva petición para que la Cámara Baja abra una comisión de investigación sobre Juan Carlos I. Produce una tristeza inmensa que entre los promotores que piden luz y taquígrafos la mayoría sean fuerzas separatistas del Estado, mientras los dos grandes restauradores del bipartidismo, PP y PSOE, obstaculizan cualquier investigación para aclarar el escándalo que deja al país a la altura democrática de un estado bananero.

La actitud de los populares, su negativa a abrir las ventanas de Zarzuela para que entre aire limpio, es perfectamente coherente: a fin de cuentas, ellos son los herederos de las élites y cómplices históricos de esta monarquía que se perpetúa bajo sospecha. Pero lo del PSOE empieza a ser ciertamente enfermizo. Si lo hace por renuncia al ideal republicano y adopción del sentimiento monárquico se entiende (lleva haciéndolo más de 40 años), pero justificar su no a la comisión de investigación por el bien y la estabilidad del país es un sarcasmo, una burla y un intento de tomar a los españoles por niños inmaduros incapaces de asumir la trágica verdad, que no es otra que su rey era en realidad el gerente de una agencia de viajes para comisionistas. Déjense ya de tonterías y de papanatismos con el monarca, señores del PSOE. Expediente fiscal en toda regla, diligencias judiciales y aclaración de los hechos. En definitiva, más democracia.

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