Imagen: Ciclo de conferencias en streaming C de Confinament, organizado en menos de una semana por alumnos de la ETSAB, la escuela pública de arquitectura de Barcelona.

Misses de postguerra


No confío en los profetas. No cuando se entienden como personas autoerigidas en oráculos con capacidad de predecir qué tendencias vendrán y, en términos arquitectónicos, cómo serán las casas del futuro basados en las experiencias que estamos viviendo en este confinamiento. Tampoco me interesan los estudios que se han hecho sobre cómo lo estamos viviendo, más que nada porque los resultados ya son conocidos antes de hacerlos y son fácilmente resumibles: si tienes un casoplón con un buen jardín y posibilidades diversas de privatizar y segregar habitaciones vivirás bien. Si tienes una casa más pequeña y tienes que comer y trabajar en la misma mesa y tienes que dormir y estudiar en un mismo espacio, si tienes que hervir garbanzos a un metro de tu cubrecama, si sólo dos capas de contrachapado separan el escaso ámbito donde puedes sentirte más o menos a gusto de un televisor donde echan Socialité a todo volumen, si cada atardecer después de los aplausos un vecino te quiere deleitar cantando una versión desafinada del Bella ciao a todo volumen vas a tener un confinamiento de mierda. El resto: soluciones ad hoc más o menos ingeniosas para paliar este desastre. Resumiendo todavía más: los arquitectos somos capaces de lo mejor, de lo peor y de las perfectas mediocridades grises y aburridas que forman la mayor parte de las viviendas de este país. Tras una villa estupenda de mil metros cuadrados con comedor de invierno, comedor de verano, sala de TV, dos estudios y un pabellón para estar solo situado en medio de un jardín estupendo hay un arquitecto. Tras una infravivienda sin luz solar ni vistas a la calle hay un arquitecto. Y tras la mayor parte de las viviendas de Núñez y Navarro hay un arquitecto-poeta recientemente galardonado con el Premio Cervantes que decía con todo el cinismo del mundo que su arquitectura (que jamás acostumbra a enseñar) sólo le servía para pagarse la posibilidad de ejercer esta poesía, fundamentada, por tanto, sobre la más infecta mediocridad.

     Me parece bastante más interesante analizar la relación entre el espacio 1.0 y el espacio 2.0, es decir, entre los espacios físico y virtual, que se ha manifestado y consolidado estos días. Me centraré exclusivamente en algunos espacios sociales de relación, sobre los que, después de un mes, se pueden sacar algunas observaciones útiles.

     Este confinamiento ha abierto una ventana virtual en nuestras casas. Muchos de nosotros, para teletrabajar, para impartir clases, para encuentros con amigos o llamadas familiares, nos ponemos ante un ordenador o móvil con cámara y mostramos un rincón de nuestra casa. La palabra rincón no es casual: la protección de una pared detrás nuestro, la negación de la profundidad de campo, protegen tanto nuestra intimidad como la privacidad de los otros habitantes de la casa. Nos dan un mínimo control. Si las ventanas al espacio real abren las ventanas al espacio virtual cierran. No parece prudente hacerlo de otro modo. Esta ventana ha venido para quedarse. Eventualmetne esto acabará afectando algún espacio de nuestros hogares. Esta venta de fondos falsos de librería que se pueden encontrar en Amazon (un asunto más serio de lo que parece), o la posibilidad de tunear tu propio fondo desde el mundo virtual que ofrecen algunos programas de videollamada, ya inciden en esta necesidad.

     Hay actividades online que claramente no funcionan. Pienso en las clases. Las clases de taller online, las actividades que exigen un mínimo de interacción entre profesor y alumno, son desastrosas. Una de las razones principales es que desaparece la composición de lugar. Desaparece la posibilidad de hacerse una idea de dónde estás, de cómo se han comportado tus alumnos, de sus necesidades de atención individual o colectiva. La improvisación es permanente. El riesgo, por no decir la certeza, de desatender a determinados alumnos, altísimo. Las pizarras digitales, insuficientes. Los croquis, dificultosos de verse. Los medios, desiguales. Podría seguir toda la mañana.

     Hay actividades, en cambio, que no lo sabíamos pero parecen haber sido concebidas para hacerse online. Pienso en las clases magistrales y en las conferencias. Volvamos a reflexionar sobre el lugar donde se imparten, aulas magnas o salas de actos donde se reúne una pequeña multitud que focaliza su atención sobre un área relativamente pequeña: una pantalla o una persona o la suma de las dos cosas. Las arquitecturas no están completas sin la gente que las ha de usar. Por tanto esta clase, que ya de por sí será un lugar jerarquizado en el que habrá quien lo vea mejor y quien lo vea peor y quien directamente no vea nada, con una adecuación sonora difícil o imposible, se rejerarquizará todavía más a base de primeras filas, filas cero, peticiones de preguntas, moderadores que obvian las últimas filas, gente desesperada porque está al final, le interesa lo que se dice y no escucha nada y otros sentados en las primeras filas a quien se la suda completamente lo que pasa, más la suma de comentarios sea por que se quiere ampliar material o porque el contenido es aburrido, más la gente que llega tarde y los que se marchan temprano y los que se mueven demasiado, las cámaras que lo filman todo, etcétera. El espacio bulle de distraccionnes visuales o sonoras, la interacción entre los invitados que cuentan y el público considerado de relleno, convierten un salón de actos en algo muy parecido a aquellas misas integristas del franquismo de postguerra con los señoritos y los advenedizos delante y un público cautivo detrás. Y no funcionan. Hace años que no funcionan. Hace décadas que no funcionan. También está una variación exquisita: cuando se llama al público sentado al final de la sala a que ocupe las primeras filas. Esto tiene un nombre que no se suele decir nunca sea por educación, sea por incapacidad manifiesta de aceptar la realidad: conferencia-aburrida-con-invitado-igualmente-aburrido-y-susceptivle-que-no-quiere-aceptar-que-lo-que-se-dice-es-aburrido. Y suele convertir el ir a estos actos en un compromiso del que, a menudo, no puedes escapar. Ni que sea porque el pavo se ha quedado sin relleno y necesitan que alguien ocupe una butaca (aire, que ocupe aire, volumen, por Dios) ni que sea para whatsapear discretamente con otra persona que está a veinte quilómetros. Amazon debería de vender también falso público para conferencias aburridas rollo Goodbye Lenin. Ah, los decorados.

     Las conferencias virtuales, en cambio, son más democráticas. De entrada sólo existe una fila: la primera. La relación pantalla-a-pantalla hace que tengas al conferenciante a medio metro de su webcam con una pantalla que te muestra las diapositivas a superior calidad de la que las verás en la sala. La calidad del sonido será tan buena como quieras. Como el formato facilita la grabación (te la regala, de hecho), si el conferenciante comete el error de leer la conferencia (hecho que, si me lo puedo permitir, motiva que invariablemente me levante y me marche de la sala y, si no me lo puedo permitir, pille el móvil y me conecte a twitter o a algún blog chorra y pase completamente de lo que se dice para intentar conseguir el texto después y leerlo cómodamente a mi ritmo) se puede pasar a cámara rápida para buscar los diez minutos interesantes y obviar el resto. Cuando es en directo el relativo (o total) anonimato facilita las preguntas y aumenta su interés. Este es, de hecho, uno de los principales elementos diferenciadores: los turnos de preguntas pueden multiplicarse tranquilamente por diez. Pueden ser tan exitosos que puede ser perfectamente que el moderador se vea obligado a interrumpirlos por puro agotamiento del invitado. En resumen: la ausencia de jerarquías de las conferencias virtuales es (¡chorprecha!) fabulosa porque confronta al conferenciante con aquellos que están interesados en lo que dice en la medida en que estén interesados en ello. A la vista de que los asistentes a las conferencias presenciales se pueden contar de una ojeada y las virtuales tienen un contador se puede afirmar que se registran incrementos de público del orden de un 10000%. La estimación es conservadora. Y no, no me he equivocado en los ceros.

     Hay algo que una conferencia virtual impide: su carácter de punto de encuentro. Hecho que me parece menor, o directamente despreciable, si tenemos en cuenta que este punto de encuentro estará inevitablemente jerarquizado. Sé de qué hablo. He sido de todo: público de relleno (teniendo expresamente prohibido hacer preguntas[1]), primera fila, fila cero (obligado a preguntar incluso cuando no tenía ni pajolera idea de qué decir. Nunca sé qué preguntar en las conferencias[2]), dealer de conferenciantes[3], presentándolos o no, y conferenciante. Siempre que he podido he evitado hablar en lugares con público cautivo. Prefiero cinco personas motivadas a doscientas mirando el reloj porque no quieren estar allí. Esta experiencia interpretando todos los papeles de la obra me dice que las conferencias como punto de encuentro siempre tendrán algo de injusto y arbitrario. Y que se tendría que pensar en un formato de encuentro al margen de dichas conferencias (que tan bien está que sean online) para tener espacios de intercambio y de identidad.

     Lo que, a nivel de la arquitectura de nuestros centros educativos, se traduce en una sola frase: la sala de actos es, actualmente, un espacio perfectamente inútil. Carguémonos las salas de actos. Fuera las salas de actos. Sustituyámoslas por salas de pasos perdidos, por espacios planos sin jerarquizar, por lugares multifuncionales sin un uso determinado. Por espacios de paso más amplios. ¿Para hacer qué? No tengo ni idea. Yo sólo soy un asocial que sé que las conferencias molan más online, y no un profeta. La única cosa que sé, de hecho, es que seguiré escaqueándome de tantas conferencias presenciales como pueda. De ir y de preguntar. Y que seguiré pidiendo la grabación más tarde.

[1] Ejemplo de pregunta prohibida: interrogar a un conferenciante que citó a John Cage (no me preguntéis por qué, pero en su día se puso muy de moda citarlo) si realmente lo escuchaba, si le gustaba su música, si la tenia en su ipod. Todavía había ipods, claro.

[2] Luego están los que preguntan porque TIENEN derecho a estar en una fila cero y QUIEREN que se les oiga. Dentro de este género hay una subespecie: los que citan a Le Corbusier cuando hacen su pregunta, pregunta que obviamente no tendrá el más mínimo interés porque lo que cuenta es la cita anterior. Para los que no seáis arquitectos: citar a Le Corbusier en una pregunta entra dentro de la misma categoría que ser guitarrista y tocar Stairway to heaven. O que estar confinado y hacer pan. No hagáis pan.

[3] Sepa, en caso de que alguna vez en la vida usted haya sido conferenciante, que os tenemos a todos fichados y categorizados: en el mundo de la arquitectura están los que te pueden sorprender, los previsibles, los monotemas y, dentro de ellos, los que SIEMPRE hacen conferencias de obras y proyectos (o sea, la mayoría de los arquitectos. En este clima tan sólo importa quién te traes y no por qué te lo traes, y no hay exigencia respecto de lo que dicen) divididos en cuatro categorías: los que son capaces de adaptarla mínimamente a las circunstancias, los que hacen introducciones cuquis, los que van a piñón con su rollo y los que hacen cualquiera de estas cosas pero han bebido antes, que son los que molan.

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Arquitecto. Construyó hasta que la crisis le forzó a diversificarse. Actualmente escribe, edita, enseña, conferencia, colabora en proyectos, comisario exposiciones y fotografío en diversos medios nacionales e internacionales. Publica artículos de investigación y difusión de arquitectura en www.jaumeprat.com. Diseñó el Pabellón de Cataluña de la Bienal de Arquitectura de Venecia en 2016 asociado con la arquitecta Jelena Prokopjevic y el director de cine Isaki Lacuesta. Le gusta ocuparse de los límites de la arquitectura y su relación con las otras artes, con sus usuarios y con la ciudad.

1 Comentario

  1. Esto del confinamiento al menos me proporciona un tiempo adicional que me permite leer artículos….Y de nuevo, gracias Jaume, me haces reir con tu manera de analizar las cosas, y eso es tan importantante como el contenido!!!

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