Más de veinte años ejerciendo como abogada en casos relacionados con la familia y la violencia en el hogar sirven para poder extraer una batería de conclusiones aproximadas del discurrir diario de incontables mujeres por juzgados de guardia, comisarías de policía, testimonios ante forenses y jueces especializados y otras prácticas legales encaminadas a desvelar ese misterio que es, aún hoy, la violencia de género, anclado sin duda en lo más profundo de la sociedad patriarcal que se resiste a abandonarnos desde su implantación en la noche de los tiempos.

Entre todas ellas, sobresale una idea: siguen sin creerlas, siguen entorpeciendo el valiente paso adelante dado para soltar amarras y romper definitivamente con sus verdugos, y lo peor de todo es que son las propias instituciones encargadas de velar por su defensa y protección las que más inoculado tienen el virus de la indiferencia hacia ellas, que propalan sin rubor una falaz equidistancia hacia una lacra que con sus aplastantes estadísticas anuales se encarga de gritarnos a diario que no es equiparable lo que algunos propugnan como “igualdad total” cuando de todos es sabido que ésta no se logrará hasta que luchemos todos unidos, con todas nuestras fuerzas, para llegar a ese ansiado punto de equilibrio, aún muy lejano. Y sobre todo sin tener la más mínima duda de la evidencia real de este mal, ahora que tan en boga están las posturas negacionistas y equidistantes.

Todo debe comenzar con un gesto tan cotidiano como escasamente puesto en práctica por infinidad de policías, jueces, fiscales, forenses… e incluso colegas letrados: ¡Mírenlas a los ojos! Mírenlas y créanlas, no duden nunca de un testimonio que les ha costado la misma vida sacar de su interior a modo de S.O.S. extremo para hacerlo llegar a las instituciones.

Estas mujeres no se sientan de la noche a la mañana frente a un policía o un juez para contar su vida privada más íntima por intereses espurios. Ni por asomo. No es creíble que se puedan contar hechos tan lacerantes y tremendos así por las buenas, como si estuviésemos ante un intento indigno y simplista de obtener algún tipo de ventajismo bajuno en una pugna de índole meramente conyugal y familiar. Las estadísticas de la Memoria anual de la Fiscalía General del Estado son tan contundentes como ninguneadas por amplios sectores de la sociedad, que negando la mayor creen que una mentira contada mil veces puede convertirse en una verdad incuestionable. Malos tiempos corren, precisamente cuando creíamos que lo peor había pasado ya, cuando la invisibilidad del mal había sido ya afortunadamente derrotada.

Les invito a que me acompañen un día cualquiera con una de estas mujeres en su periplo, habitualmente kafkiano, por el laberíntico aparato institucional, una torre de babel infranqueable muy lejos de la sensibilidad y empatía hacia ellas que venden artificiosa y dañinamente las campañas oficiales de sensibilización contra la violencia machista.

Estas mujeres acuden traumatizadas en busca de soluciones y, para asombro de propios y extraños, hallan en cambio distanciamiento, suspicacias y lo más incomprensible: muchas dudas sobre la veracidad de sus testimonios. ¿Por qué? ¿de dónde procede esta cultura de la falaz equidistancia precisamente solo en este asunto, el de los malos tratos sobre la mujer, una lacra ampliamente acotada y consensuada por todos los estamentos políticos, sociales y culturales de las sociedades más avanzadas del planeta?

Cuando un juez o un fiscal pone el foco en estas mujeres, en su testimonio cargado de dolor, desgarro e impotencia, intenta ejercer con imparcialidad para impartir justicia, pero en no pocas ocasiones la deriva de su instrucción va encaminada más bien a ejercer una opa hostil en toda regla contra estas presuntas víctimas de violencia machista. Algo en su interior los mueve a desconfiar de ellas. Curiosamente, jamás dudan cuando alguien acude a la justicia para denunciar un robo, un pufo por corrupción o un crimen, por ejemplo. ¿Por qué, en cambio, se duda de la veracidad de estas heroínas del siglo veintiuno, armadas de un valor sobrehumano para poner fin a un infierno demasiado prolongado en el tiempo del que no saben cómo salir?

En nuestra mano está cambiar radicalmente esta dinámica perversa y dañina, que no lleva más que a aumentar el dolor y la sensación de frustración e impotencia de unas personas que están pidiendo a gritos comprensión, cariño y protección. No participemos todos de esta espiral de la doble condena, la que sufren por parte de sus verdugos y, posteriormente, a través de la insensibilidad que reciben por parte de la sociedad en general y las instituciones implicadas en la erradicación de esta lacra.

Por todo ello, mírenlas a los ojos, mírenlas, no dejen un instante de hacerlo. Sacarán rápidas conclusiones.

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