Foto de Alex Jiménez.

El 12 de marzo acudí a una reunión a sabiendas de que aconsejaban no organizarlas presenciales. El viernes 13, uno de los asistentes a la reunión nos envió un mail anunciándonos que su mujer, médica, acababa de dar positivo por coronavirus y que seguramente él estuviera contagiado.

El domingo 15 me desconecté de las noticias y de la bronca de las redes sociales. Si iba a compartir piso en solitario con el bicho, lo mejor sería que lo hiciera de frente y minimizando los miedos colectivos.

El martes 17, tuve 37,6 décimas de fiebre. Me pasé dos días negándolo, acongojado por si iba a más, me empezaba a costar respirar, como me advirtió un familiar médico, y me tuviera que ir al hospital. El día 19, comencé a autoevaluarme a través de la web de la Comunidad de Madrid… y sí, tenía síntomas compatibles con coronavirus. Agradezco desde aquí las llamadas de la profesional del servicio de dicha web para interesarse por mi salud, y sobre todo, por escucharme. Aquellos días, solo videollamaba a mis padres y a un par de amigos, la cabeza no me daba para más.

La siguiente semana, el virus me debilitó de forma extrema, la comida me sabía metálica, quitándome las ganas de comer. Tuve tal fatiga que me levantaba de la cama solo para orinar ya que, de lo contrario, me tocaría limpiar el colchón y no tendría ni fuerzas. La fiebre no pasó de 37,7. Esos días descubrí que mi temperatura corporal era 35,8 grados.

El sexto día fue el culmen: me desperté sin fiebre y preferí no levantarme a desayunar y tomar Paracetamol. Casi a las 2 de la tarde, me autoconvenci para ducharme. Tuve tres síncopes seguidos. Menos mal que, al desmayarme, no me abrí la cabeza ni me desnuqué. Desde ese momento, me tomé el Paracetamol cada 4 horas y me obligué a comer.

Poco a poco, la fiebre fue bajando, así que, a la semana, ya en abril, empecé a teletrabajar, confiando en que aquello era una simple gripe. Pero como tenía las defensas tan bajas y me metí un montón de horas de mentoría online, me salió un orzuelo y me subió la fiebre. Asustado, llamé a mi centro de salud y, tras devolverme la llamada mi médica, me citó en el ambulatorio. El 22 de abril, volvía a salir de casa, para ir al bunkerizado ambulatorio. Al parecer, el orzuelo era por las defensas bajas.

Tardé casi todo el mes de abril en sentirme en plena forma. Eso sí, la Covid-19 me robó cinco kilos de mis reservas de grasa que ya no hay forma de recuperar. Creo que no pesaba así desde la adolescencia. Me hice las pruebas de IGM e IGG para detectar la SARS-CoV-2. La primera me salió negativa; la segunda, indeterminada.

A mediados de junio, me sorprendió volverme a fatigar y un día noté cómo me costaba respirar. Me tumbé en el sofá y comprobé que podía inhalar aire, si bien, al sacarlo, sentía una opresión en el pecho. A las 3 horas, desapareció esa sensación. Pero fue reapareciendo intermitentemente, por lo que sospeché que quizá tenía Covid Permanente y se me intensificaba si me estresaba por temas de trabajo, llegando a sufrirlo durante horas, pero de forma suave. Montar una startup en estos momentos puede que sea un deporte de riesgo.

Mi diligente médica me mandó todo tipo de análisis, así como una radiografía del pecho. Lo único que apareció fue que tenía el nivel de hierro muy bajo.

La clave me la dieron los investigadores españoles que se han pasado un lustro mejorando la genética de una planta para otra enfermedad y que regula la cantidad de hierro en sangre, aumentando el nivel de glóbulos blancos. Me presté como conejillo de indias para tomar sus cápsulas, y se me ha reducido casi por completo la opresión del pecho pese a que mi semana ha sido una montaña rusa negociando la financiación de la startup. En breve, me volveré a hacer la prueba de IGG a ver qué sale.

Moraleja: la Covid19 no es una gripe, deja secuelas que lastran a sus víctimas.

Felicidades si el virus no ha vencido a tus defensas y muchas gracias por cumplir las normas de la nueva sociabilidad.

Apúntate a nuestra newsletter

Dejar respuesta

Comentario
Introduce tu nombre