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Miguel Hernández, la última herida del alma

El poeta pasó por la vida arañándola, con la ilusión de un joven autodidacta, casi sin formación

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Lo decía un proverbio del siglo XVI: “Si el diablo se empeña, no hay salvación”. Lo cierto es que, aunque no creamos en el destino, el destino existe. Bien se molestó en alcanzar a Miguel. A él, a Miguel, no se lo llevó la guerra y mucho menos la edad, su edad. Y son ya 80 años que no pudo vivirla, porque la propia vida no le dio más espacio en andar, el que necesitaba para que la muerte le llegara en su tiempo. Pero esas heridas que lo persiguieron, las de la vida, las del amor, las de la muerte, lo alcanzarían sin avisar, hasta que joven, muy joven, se despidió de todo. Todo de él, hasta sus versos más profundos, tristes, tristes.

Miguel Hernández pasó por la vida arañándola, con la ilusión de un joven poeta autodidacta, casi sin formación. Y sin el casi. Un pastorcillo que escribía versos salidos del alma, “me voy, me voy, me voy, pero me quedo”. La prueba es que sigue aquí, después de 80 años de su muerte, un 28 de marzo de 1942, apenas pasado un año de la treintena, acumulando desgracias. Y aún así, su traza sigue acariciando a tantas generaciones que no supieron, pero sintieron las interioridades de tanta sensibilidad humillada por el destino. “Logró dejar su huella, su voz propia, henchida de humanidad y perseguida por el sino de la muerte, esculpida para siempre en la sensibilidad poética española”, dejó escrito Gloria Guardia Zeledón, en un especial de la revista Nerva (2002), editada y dirigida por quien tanto sintió al poeta, el pintor, grabador y escritor Antonio Granados Valdés (ver su retrato).

Otro onubense, Juan Ramón Jiménez, se topó de frente con los versos del joven pastor alicantino, quien, en su humildad, con solo 22 años, le escribió: “Solo conozco a usted por su Segunda Antolojía que -créalo- ya he leído cincuenta veces aprendiéndome algunas de sus composiciones”. Y fuese por primera vez a Madrid, en 1931, en un vagón de tercera, ya con la República nacida, donde los literatos de entonces estaban a sus cosas, autopromocionándose con el invento de la gongorina generación del 27,  por lo que su Perito en Lunas, su incipiente poesía, siguió en las arrugadas cuartillas del poeta pobre hasta que, gracias al cura de su pueblo, Luis Almarcha, se publicó en 1933, en medio de una entusiasta República, que por su comprometida defensa terminó arrastrándolo a las pocilgas carcelarias del franquismo, envuelto en palizas que intentaban doblegar cuerpo y espíritu. Miguel, en la íntima soledad del presidio, conoció la última insensatez humana, mientras en sueños arrullaba a su hambriento hijo Manuel Miguel (carne de yugo ha nacido) y abrazaba a Josefina Manresa (Mi querida nena, mi querida esposa, mi querida Josefinilla), la mujer que lo acompañó en el amor y en su corta vida poética, que pasaría “como un meteoro por el horizonte literario de España”. Ella se encargó de mantener y hacernos llegar su hermoso legado.

Aquel niño, el tercero de la familia hubo de abandonar el colegio religioso por las dificultades económicas de su padre, quien lo empleó junto a su hermano en el cuidado del ganado, mientras sus dos hermanas ayudaban en una casa que había conocido la muerte de otros tres retoños Hernández. Miguel tenía la vida resuelta, ayudando en el pastoreo, tal como se entendía la vida de entonces, pero su intelectual empeño lo llevó a la poesía y sus cercanos versos pronto empezaron a ser impresos en el sufrimiento, o cómo entender las tres heridas, o la nana de la cebolla, o su canto a la libertad. Los jesuitas habían visto el potencial del niño, criado en la calle de Arriba de Orihuela, al que le gustaban los toros y el fútbol, hasta tuvo un apodo, Barbacha, mientras infructuosamente los curas intentaban, queriendo becarlo, que aquel sobresaliente niño de 15 años dejara sus cabras y estudiara, a lo que se opuso su padre, que necesitaba exclusividad en el manejo de las cabras. Así fue como el tren de la Universidad pasó de largo, aunque el poeta-cabrero, apelativo que le dio Juan Ramón en un periódico de Madrid, leía y leía, devoraba libros que lo modelaron. Así fue como con Ramón Sijé, o mejor dicho el abogado José Marín Gutiérrez, compartía tertulias literarias en la panadería de Carlos Fenoll. hasta su temprana muerte veinteañera, en la nochebuena de 1935, que le impidió vivir más largo, pero inspiró tan bella como triste elegía, “siento más tu muerte que mi vida”. Tan amigos de siempre que habían acordado que cuando uno muriese, el vivo cavaría la tumba. No lo pudo hacer Miguel, porque tardó en enterarse, pero dejo su elegía, tan alabada por Juan Ramón, por Gregorio Marañón, por Ortega y Gasset en la referencia de la época, la Revista de Occidente, lo que fue el aldabonazo poético que necesitaba Miguel. Pero su afán literario no lo apartó de seguir siendo cabrero. Incluso cuando Pablo Neruda, como embajador de Chile en Madrid, le ofreció un trabajo, él pensativo contestó: “¿Y no tendría para mí un rebaño de cabras?”. Del pastoreo al toreo, porque fue en la enciclopedia taurina (Gran Enciclopedia del Toreo) de José María Cossio, tras su segundo viaje a Madrid (1934), en la que, tras un breve paso de colaborador en las Misiones Pedagógicas, se empleó por primera vez haciendo entrevistas a toreros de la época, “como el toro he nacido para el luto y el dolor, como el toro estoy marcado”. Nada más cercano a su inmediato destino. Porque el golpe militar se le vino encima y él, comprometido, se afilió al Partido Comunista, siendo en la incivil contienda Comisario político-militar del famoso Quinto Regimiento. Por las trincheras de Teruel, Andalucía y Extremadura anduvo alentando con sus versos, con sus encendidos discursos, a quienes defendían la breve República, naufragada en el sueño de cambiar el país. Bien decía aquello de “tengo estos huesos hechos a las penas”. Aprovechó un paréntesis de la guerra (9 marzo de 1937) para casarse por lo civil con Josefina, costurera, la hija católica de un guardia civil asesinado al inicio de la guerra. Un día en el que los esposos comieron el arroz con costra que había preparado Concheta, la madre de Miguel.

Al poco de recién casado viajó a la URSS, al entonces paraíso de los jóvenes comunistas. España en ausencia, Rusia o la Fábrica Ciudad son algunos de los poemas de aquel viaje. Por cierto, el último lo escribió en Jarkov, la hoy ciudad ucraniana machacada por las bombas rusas. Paradojas del tiempo.

Ya de regreso de la URSS, 1938, tuvo a su primer hijo, Manuel Ramón, aquel Hijo de la luz y la sombra, que ni siquiera resistió el tiempo de contienda, muriendo a 10 meses de nacer. Pero la guerra aun daría para “que nuevos brazos y nuevas piernas crezcan en la carne talada”, viniendo a la luz de la ensangrentada España el nuevo retoño Hernández Manresa, Manuel Miguel, 1939, a quien dedicó aquellas tristes, tristes carcelarias, Nanas de la cebolla, ya en la penuria de una postguerra de hambre. Y aún, en la recta final del tenebroso tiempo de guerra, sus Vientos del Pueblo trataron de dar un nuevo aliento a quienes defendían una República en derrumbe y derrota. No entendía la retaguardia, donde se refugiaron muchos de los intelectuales, entre ellos Rafael Alberti, por eso escribió aquella famosa frase en su paso por Madrid, al descubrir que María Teresa León, estaba dando una fiesta mientras en las trincheras corría la joven sangre de España: “Aquí hay mucha puta y mucho hijo de puta”. Su actividad militante, con tantos poemas comprometidos a sus espaldas, expuestos como la más mortífera arma de guerra, con el aire provocador que suscitaba todo un comisario político-militar comunista, lo van a arrastrar a una vil condena a muerte tras el fingido fin de la “fraternal contienda”. Y a una muerte literaria, tras decidir la comisión franquista que presidía el filólogo Joaquín Entrambasaguas destruir la obra de Miguel.

Lo mataron sin matarlo, porque aquella persecución acabará con el encarcelamiento represor y la larga agonía del poeta. Nunca lo murieron porque vive, pero los sinsabores de la guerra no iban a terminar con el triunfo militar franquista. Casi a punto de radiarse el parte del final de la guerra, Miguel Hernández llegó a Orihuela (9 marzo 1939, justo en el segundo aniversario de su matrimonio) a visitar a su hijo de tres meses y a la mujer de “ojos profundos y pensativos, guapos, en medio de dos cejas como dos puñaladas de carbón fino”. Buscaba también al vicario catedralicio Luis Almarcha, aquel que lo ayudó a ser poeta, el que le facilitó la impresión de su Perito en lunas, para que ahora lo socorriera de la intuida gran losa represiva. El fuerte portazo abrió más la herida del desconsuelo y marchó a Madrid, con 200 pesetas reunida por la familia y un nada fiable salvoconducto facilitado en Alcoy. Y la esperanza de reencontrarse con Josefina en Lisboa, tras el ofrecimiento de ayuda de la única mujer Premio Nobel de Literatura, en español, la chilena Gabriela Mistral, diplomática en la capital lusa. Pero estaba aún en la España dominada por los miliares triunfantes, así que necesitaba la ayuda de sus amigos del sur. De Madrid a Sevilla, buscando a las personas que lo podrían socorrer.

Ya estamos en el 24 de abril, una fecha en la que el despiadado Generalísimo estaba en la ciudad hispalense. El destino, una vez más da la espalda a la suerte de Miguel. Tras el no de Joaquín Romero Murube, que no quiso comprometerse con el ‘comunista’ buscó nuevo asidero en Cádiz, preguntando por Pedro Pérez, pero no lo encontró y de ahí a buscar al abogado Diego Romero, pero tampoco en Valverde del Camino tuvo auxilio, porque su amigo se encontraba de viaje y él iba con prisas de fuga. Ahí lo vio todo perdido, pero unos arrieros le aconsejaron cruzar la frontera del Portugal salazarista por Aroche y marchó en nuevo destino a la ciudad serrana. Bajó del camión antes de llegar, compró unas alpargatas, aligeró el hambre y buscó cómo cruzar por aquellas tierras de contrabandistas. La Raya que bautizaría años más tarde con éxito el periodista Eduardo Barrenechea. Fueron nueve horas casi desorientado, buscando las caminas que le habían referenciado, hasta encontrar en su laberinto el pueblo de Santo Aleixo de la Restauraçao. Había logrado esquivar el primer mes del triunfo franquista, 30 de abril de 1939.

No fue suficiente. La engañosa libertad que creía haber conseguido duraría poco, solo hasta el 4 de mayo, “¿A dónde iré que no vaya?”. Otra vez el destino, o la mala suerte, como cada cual quiera calificar tanto infortunio. Esta vez una mano joven lo llevó a su morada donde repuso fuerzas, ante el lamento de la matriarca, “cuitadihno, cuitadihno”, casi avanzando la siguiente bofetada del destino.

La guerra, solo la de trincheras, había terminado. El destino es persistente y laberíntico, aunque Miguel trató de sortearlo. Consiguió que, en Madrid, el poeta falangista Eduardo Llosent lo recomendase a Joaquín Romero Murube, por entonces alcaide de los Alcázares de Sevilla, pero Franco andaba por allí y Miguel, tras hablar con el poeta, se va a Cádiz, a buscar a Pedro Pérez Clotet, director de la revista Isla, quien poco podía hacer porque andaba fuera de la ciudad, en Ronda. Y sigue en imprevista ruta buscando una mano amiga. Llega a Valverde del Camino, pero tampoco encuentra al abogado Diego Romero Pérez, también de viaje, en Madrid. Y es en Valverde donde, en la pensión a la que acude, se encuentra con arrieros, de esos del contrabando con Portugal y se agarra a la esperanza cuando decide seguir las cifradas veredas que lo conduzcan al país vecino.

Retrato de M. Hernández, por Granados Valdés. Caracas, 1968.

Un camión lo traslada hasta la siguiente parada, Aroche. Alpargatas nuevas para caminar y un triste bocadillo para distraer el hambre. Retorcidos caminos rurales de contrabando en la Sierra de las Contiendas para cruzar “la raya”, sorteando la Rivera del Chanza y tras la negrura de la noche y una avanzada mañana, evitando a la Guardia Civil y a los guardiñas salazaristas portugueses, consigue llegar a Santo Aleixo da Restauraçao. Lo pierde el ansia de llegar ahora a Lisboa, porque no acepta la invitación de un joven que lo ayuda y le pide que se quede unos días y descanse. Miguel quiere llegar cuanto antes a la capital y la siguiente parada está en Moura. Necesita dinero, vende un traje y el reloj de oro blanco regalo de Vicente Aleixandre por su boda con Josefina. Miguel dedicó a Aleixandre su Oda entre arena y piedra. ¿Cómo iba a tener un reloj así un tipo con tan pobre pinta?, pensó el comprador que dio parte a los guardias portugueses, que rápidamente lo detuvieron, el 3 de mayo, presumiendo que era un ladrón y como tal lo entregan a la Guardia Civil, en Rosal de la Frontera. Un reloj reconvertido en afilado cuchillo que amenaza la vida de Miguel.

Fue en la mañana del 4 de mayo de 1939 cuando lo regresan a España. Primer delito asignado, atravesar clandestinamente la frontera. Le confiscan lo poco que le quedaba, un billete de 20 escudos, una moneda de cinco centavos y otras cuatro de diez. Según consta en el atestado que redactó la Guardia Civil también llevaba un auto sacramental que había escrito, “Quién te ha visto y quién te ve, y sombra de lo que era” y el libro La destrucción o el amor, que contenía una carta personal de su propio autor, su amigo Vicente Aleixandre.

Y a partir de ahí días de interrogatorios y palizas que le hicieron orinar sangre y perder el oído izquierdo. Del hambre, solo mitigado con lo que Manuela llevaba con su hija a su marido Francisco “Guapo”, el contrabandista preso con el que compartió celda y las escasas viandas. Estuve hace unos años con la niña a la que aupaba su madre para que viera por la ventana al padre y a aquel compañero de fugaz presidio. Poco sabía, solo de los canastos con comida que su madre llevaba a su padre y de que le lavó la ropa. Y del último chorizo que su madre envolvió para el poeta al enterarse de que iba a ser trasladado.

Cinco días en Rosal hasta que la autoridad decidió enviarlo a la cárcel de Huelva. Y aquí empieza una pequeña historia menos conocida. La Guardia Civil que lo custodia llega a la estación de tren más próxima, Jabugo-Galaroza, en la pedanía de El Repilado, con la intención de tomar el tren hacía Huelva, pero un derrumbe en la vía ferroviaria hace que deban improvisar. De la estación lo llevan provisionalmente a los calabozos de Galaroza, donde va a pasar “como un meteoro”. Allí comparte celda con Antonio Fernández Muñiz, político local republicano con cargos en el Ayuntamiento. Era soltero y vivía con sus padres. Su hermana Carmen le preparaba la comida que su hijo, Benigno García Fernández (Galaroza, 1922), le llevaba a su tío encarcelado. Antonio, que vio el lamentable estado con el que Miguel Hernández llegó a Galaroza, no dudó en arroparlo y compartir su comida con el poeta preso. Antonio, al poco salió en libertad, pero los falangistas fueron a buscarlo a la casa de campo familiar y se lo llevaron a Fuenteheridos, donde lo asesinaron. Su hermana Carmen nunca más pisó las calles cachoneras. La familia, que vivió muertes a derechas e izquierdas, decidió guardar en silencio el breve paso por Galaroza del poeta alicantino.

18 de julio 1936-18 de julio 1938. Miguel Hernández.

Mientras, Miguel Hernández Gilabert, con apenas 28 años, acusado de “adhesión a la rebelión militar” siguió su ruta carcelera hacia Huelva, y de ahí a Sevilla, y de ahí a Madrid… Y tras un brevísimo periodo en libertad, en septiembre de 1939, otra vez una ruta carcelera que pasa por Palencia, Madrid y Alicante. Condena a muerte, conmutada a 30 años para no crear otro caso García Lorca. Y de cárcel en cárcel su sombra de poeta compone versos a cada llanto y lágrima del sufrido sentir y sale esos Poemas últimos, hasta que en la prisión de Alicante la tuberculosis tumbó su sensible alma poética. Fueron 32 años de vida, amor y muerte, los que dijo haber escrito “en el arenal de la vida”. Hoy tendría 110 años, pero no lo dejaron avanzar. Solo permanece su poesía, aquella que lo enfrentó a la intensidad de su corta existencia y al poso amargo final de sus tres heridas, la de la vida, la del amor y la de la muerte.

Nota: Tuve conocimiento de esta historia hace varios años y testigos me confirmaron la existencia en el Ayuntamiento de un documento firmado donde constaba la entrada y salida del preso en Galaroza. El documento ya no está en los Archivos Municipales, que como la mayoría de archivos adolece de falta de custodia e inseguridad, por lo que algún desaprensivo sustrajo ese documento. A falta de él, fueron varios descendientes familiares de Antonio Fernández Muñiz quienes me confirmaron la veracidad de la historia y del breve paso de Miguel Hernández por Galaroza (Huelva).

Once años, solo once años, para dejar la huella que nos dejó. Su poesía, su teatro, sus artículos, aquellos que convirtieron al niño pastor en un referente de nuestras letras. Mucho quedó en el camino, mucho sellado en la soledad carcelaria, mucho lo que nos quería decir y no dijo, mucho lo que esperaba Josefina y no llegó: “No tienes más que hacer que ser hermosa, ni tengo más festejo que mirarte, alrededor girando de tu esfera”. Por eso, ella, su mujer, aquella humilde modista jienense, también lo recordaba al final de sus memorias: “Y así se fue Miguel al otro mundo: con todas sus ilusiones, con todos sus deseos, con toda su honradez y con toda su tristeza que solamente sé yo, escribe. En realidad, aquella muerte de Miguel fue la última tachadura del destino, trazado por quienes no querían que se escuchara su voz, “sumid en un retrete de gusanos, los verdugos”. Y eso que, tras pasar por 18 cárceles franquistas, lo que él llamó “turismo por las cárceles españolas, su muerte se oficializó en neumonía derivada en tuberculosis, con solo 31 años de vida, que acabó con su cuerpo en la enfermería de la última prisión alicantina a la que lo llevaron los enemigos de la palabra. Ni siquiera Josefina pudo verlo, el franquismo nunca fue compasivo. Dejó su despedida en una pared, “Adiós, hermanos, camaradas, amigos/ despedidme del sol y de los trigos”

Por edad, compartió tiempos literarios con quienes estaban en el otro bando, en sus antípodas ideológicas, la llamada generación del 36, con Leopoldo Panero, o Luis Felipe Vivanco, o incluso Luis Rosales, a quien se le relacionó con la muerte de Lorca. Menos mal que Dámaso Alonso vino a su rescate al calificarlo como un epígono del 27. Algo que también podría aplicarse a Concha Espina, creadora de la novela social española con El metal de los muertos, mientras que es Miguel Hernández quien inaugura la poesía social con Vientos del pueblo, cuando ejercía de activista motivador en las trincheras. El hombre esperando a la  pronta muerte, “Si me muero, que me muera/ con la cabeza muy alta/Muerto y veinte veces muerto, / la boca contra la grama, / tendré apretados los dientes/ y decidida la barba”. Hoy nos queda su voz recitando “La canción del esposo soldado”, está ahí para quien quiera escucharla. Soldado de un tiempo destruido, de un esposo apaleado. Aunque cada vez que leemos un poema de Miguel, de esos que lo entroncan con la naturaleza y la vida, aún en su triste tragedia, volvemos a estar con él, volviendo a su huerto y a su higuera, y somos muchos los que sentimos ser “llorando el hortelano de la tierra que ocupa y estercola, compañero del alma tan temprano”. En Alicante está su tumba, la de un tiempo corto pero intenso, desde como él mismo dijo, “hablo después de muerto”.

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