Tenía siempre una anécdota singular preparada en la cartuchera para animar la conversación, una historia asombrosa de cualquier deporte que a nadie se le habría ocurrido abordar y, sobre todo, esa sonrisa tan peculiar y bonachona de un hombre que lo era, como todos los que lo conocían resaltan de su arrolladora personalidad. Y todo ello sin analizar ese castellano tan personal, exquisitamente académico y rico como decididamente anglosajón por sus cuatro costados y plagado de erres arrastradas, que utilizaba desde que allá por 1987 decidió comenzar su aventura española en un lugar llamado… Osasuna. Nunca lo encontró, por supuesto, pero sí en cambio a todo un país abierto de brazos y rendido a sus incontables encantos, guasas aparte.

Por encima de todos esos destellos que este 28 de abril se le han apagado con 61 años por culpa de un certero melanoma detectado a finales de 2018, Michael Robinson (Leicester, 1958-Marbella, 2020) destilaba una simpatía y honestidad que le daban un aura de cierto quijote sajón venido de otro planeta pero que desde el primer día supo pedir una cerveza en castellano aunque su vocabulario nunca fue más allá de la combinación de varios centenares de palabras. Jamás necesitó más. Su poder de comunicación era infinito.

El ex futbolista ganador en 1984 de un triplete (Liga, Copa de la Liga y Copa de Europa) con el Liverpool nunca jamás caminará solo. Su país de adopción, España, se ha quedado huérfano de un futbolista atípico, goleador nato de los de antes, de movimientos toscos pero implacables y certero entre los tres palos.

Desde el primer día supo pedir una cerveza en castellano aunque su vocabulario nunca fue más allá de la combinación de varios centenares de palabras. Jamás necesitó más. Su poder de comunicación era infinito

Este país pierde también a un comunicador hecho a sí mismo consciente desde siempre que él no era periodista ni lo pretendía, era comunicador. Y sus historias llegaban muy lejos, prácticamente al fondo del corazón. Sus comentarios a contracorriente, sus bromas a vuelapluma mientras otros compañeros comentaristas se afanaban en sesudos análisis balompédicos, su capacidad innata para enseñarnos la cara más humana del deporte

Como hay novelas dickensianas o galdosianas, siempre habrá un acento Robinson en nuestros corazones grabado a fuego. Hay huellas que nunca se borran y la que deja Michael Robinson está escrita en un castellano primoroso, como impera en cualquier hispanista inglés que se precie de serlo.

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