La escritora y profesora universitaria Raquel Taranilla ha obtenido el Premio Biblioteca Breve 2020 con ‘Noche y océano’. Foto: Abel García Roure.

Barcelonesa residiendo en Madrid desde hace unos años para enseñar a escribir a los futuros periodistas en la Facultad de Ciencias de la Información de la Complutense, Raquel Taranilla (1981) ha llamado con fuerza a las puertas de lo que ella llama “planeta Cultura” sin ocultar su ironía con tintes de provocación. Con Noche y océano (Seix Barral) no sólo ha llevado a las vitrinas de su casa el Premio Biblioteca Breve 2020 sino que ante todo ha conseguido que el mundo de las letras se rinda a un nuevo valor emergente con mucho que aportar. El lector quedará atrapado rápidamente por los múltiples encantos de Bea, una protagonista compleja y absorbente, profesora universitaria que solapa dos precariedades en su vida: la intelectual y la laboral. Fiel reflejo de un mundo, el universitario, clamando a gritos para que alguien le saque los colores. Y aquí llega otra docente universitaria, esta vez de carne y hueso, como es Raquel Taranilla para desmontar con una sobrada capacidad intelectual los cimientos de una institución que se tambalea ante la indiferencia circundante, aunque advierte que “la intención de la novela no es denunciar el agotamiento de la misión de la universidad”. Su sentencia sobre la situación actual de esta institución en España es demoledora: “Es bastante carca y está esclerotizada”.

Ha entrado en el ‘planeta Cultura’ como un huracán con la concesión del Premio Biblioteca Breve precisamente ¿en el peor o en el mejor momento posible? Evidentemente me refiero al estado de alarma generado por la pandemia del coronavirus.

Esa es una pregunta que me han hecho un millón de veces durante la promoción de la novela, y a la que no sé cómo responder. Tengo un modo de ser muy estoico: acepto animosamente las cosas como vienen. Mi único propósito mientras escribía Noche y océano era terminar el texto, darle consistencia a la voz de la protagonista hasta el final. Ni soñaba entonces con integrarme en eso que en el libro llamo “Planeta Cultura” ni con ganar ningún premio, ni sueño ahora con coronar las listas de ventas. Naturalmente, me apetece siempre hablar de los temas que propone la novela, porque son cuestiones que me preocupan en un plano intelectual. Pero la mesa de novedades es un espacio que no me seduce particularmente. Es muy probable que diciendo esto solo deje ver mi bisoñez, mi amateurismo en esto de la literatura como industria. Pero me siento muy cómoda, de hecho, en el papel de diletante.  

“Me siento muy cómoda en el papel de diletante”

Usted misma define la lectura de Noche y océano como una historia “pesada como el plomo”, en absoluto “ligera”. ¿Puede detallar esta definición para que desde la editorial no la llamen a capítulo?

La propuesta estética de Noche y océano pasa por convertir en literatura una experiencia lectora común y cotidiana, que consiste en inflarse la cabeza de informaciones y datos, y opiniones e historias. A mí me gusta decir que la protagonista, Bea, es el fruto malsano de la sociedad de la información y el conocimiento, es alguien que maneja una cantidad ingente de referencias y que, en ese proceso, va viendo amenazada su individualidad y, por supuesto, su precaria situación en el mundo. Y, pese a todo, lo cierto es que la voz de Bea es divertida, es lúcida aunque esté algo perturbada, y es capaz de hacerle compañía al lector, en un relato que tiene un fuerte componente fraternal y piadoso.

La protagonista de su novela, una profesora universitaria, es “desquiciada y excesiva”, según sus propias palabras. Usted también es profesora universitaria de escritura creativa. ¿Ha querido en cierto modo retratar el estado en que se encuentra actualmente el mundo universitario?

En la protagonista de Noche y océano, la precariedad intelectual se solapa en parte con la precariedad laboral. Bea siente una profunda desilusión ante una trayectoria académica que ha resultado infeliz, en buena parte porque la institución universitaria suele ser un espacio frustrante y desangelado. En todo caso, la intención de la novela no es denunciar el agotamiento de la misión de la universidad, sino dar cuenta de las repercusiones epistemológicas de nuestra manera actual de relacionarnos con el saber y con los datos.

“La mesa de novedades es un espacio que no me seduce particularmente”

Por cierto, ¿cómo ve hoy la universidad, usted que la vive desde dentro y le da incluso para una novela?

Lamentablemente, no soy muy optimista respecto al futuro de la universidad española, que es bastante carca y está esclerotizada. Es cierto que en toda facultad hay buenos profesores que hacen esfuerzos denodados, pero los problemas importantes son estructurales. Provengo de una familia de origen muy humilde. Para mis padres (como para mucha gente de su edad), enviar a sus hijos a la universidad era un objetivo de vida. Digamos que yo no tengo nada claro ese deseo en relación con mi propia hija.

Su protagonista, la profesora de sociología del turismo Bea Silva, desmitifica el conocimiento. ¿Por qué? ¿Por simple resignación o por todo lo contrario, por rebeldía ante un sistema indolente?

Porque ha llegado a un callejón sin salida y se da cuenta de que operar en el paradigma en el que ella se formó es vano. En realidad, la novela es la constatación furiosa de esa vía muerta y la posible apertura de una vía nueva, que pasa necesariamente por trascenderse a una misma. Noche y océano es una novela de personajes fuera de su tiempo, que se inventan una forma personal para escapar de aquello que les abate. Así lo hacen Murnau (que se pasa la vida huyendo y creándose escenarios nuevos) y Lukács (que da un salto de fe revolucionario); tal vez el suicidio de Arnold Kreikamp pueda ser leído, en el fondo, como una huida poco imaginativa.

¿Cree que el investigador universitario pierde demasiado el tiempo estudiando cosas “absurdas”? ¿Por qué no tiene una visión más optimista y piensa que es un servidor público que ofrece sus estudios para mejorar la sociedad?

Yo me dedico a las humanidades, y hay una reflexión que, salvo excepciones puntuales, vamos postergando sine die acerca de los procedimientos que estamos empleando en nuestras investigaciones y el sentido de nuestra participación en la sociedad. Poner ese tema encima de la mesa significa no orillar el papel que quiere cumplir la universidad en relación con la producción de verdades y también en relación con el mercado de trabajo. La crítica más radical que hay en Noche y océano acerca de eso que podríamos llamar —de un modo bastante detestable— “intelectualidad” tiene que ver con su elevada autoestima, con ese orgullo con que se considera resistencia frente a la espectacularización del mundo, al margen del consumismo y la moda.

El otro protagonista de su novela, el cineasta Quirós, vive obsesionado con Murnau, hasta el punto de poder estar implicado en el robo de su cráneo. ¿No cree que si no hay pasión, obsesión, entre los investigadores universitarios, no hay nada?

Lo fundamental de la relación de Quirós y Bea tiene que ver con que solo en su unión —el uno, proporcionando los materiales, y la otra, organizándolos— pueden sacar adelante el relato que tienen entre manos. Es gracias a esa simbiosis peculiar como acaba poniéndose en pie y teniendo plena fuerza creativa esa pasión inicial, que es importante pero, desde luego, no lo es todo.

Antes de entrar en eso que ha dado en llamar el ‘planeta Cultura’ su currículo literario comenzó con un libro sobre su experiencia con el cáncer. Cuando escribía Noche y océano, lo afrontaba ¿con miedo o más bien respeto a ese planeta tan sui géneris?

Considero que no hay una distancia insalvable entre mi trabajo previo y Noche y océano. Tanto en mi libro anterior (Mi cuerpo también) como en el último, la literatura y mi bagaje intelectual se ponen al servicio de la búsqueda del conocimiento. Yo no escribí un libro sobre el cáncer en la sangre que padecí, sino un libro sobre cómo la administración clínica contó el relato de mi enfermedad. Con Noche y océano he seguido explorando un método propio para hacer frente a cierto escollo epistemológico que había dificultado mi trabajo intelectual. Nunca he escrito calibrando mi posición en Planeta Cultura, que es en todo caso marginal. Lo cierto es que solo me preocupan los textos que escribo. Soy perezosa para pensar mi identidad en relación con el campo literario.

¿Ha podido ya contactar con Enrique Vila-Matas después de la presentación de Noche y océano, que según usted misma nació “de la respuesta a Aire de Dylan”, una novela del autor barcelonés de 2012?

Claro que le he escrito después. La historia de la literatura es una cadena de propuestas y respuestas, y mi literatura no se puede entender al margen de la obra de Vila-Matas. Él es quien abrió la puerta a los temas que más me han interesado en literatura, y a formas y recursos que aún me interrogan.

Y después de esta entrada torrencial en el “planeta Cultura”, ¿ahora qué? ¿más universidad o más literatura?

No entiendo la universidad y la literatura como dedicaciones excluyentes. En realidad, son parte de un recorrido muy polivalente. En mi disciplina, la filología-lingüística, hace tiempo que se emprendió un camino hacia la “cientificación” —si se me permite el término—, y la literatura empezó a ser despreciada como medio de estudio del idioma, la cultura y el discurso. En mi recorrido peculiar, he llevado a cabo el proceso inverso: uso la literatura como herramienta de pensamiento y como espacio en el que pensar mi tiempo (en concreto, las prácticas discursivas que nos definen).

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