No es la primera vez que le pasa, pero sí que los síntomas no remitan. Cliserio, que sufre un proceso psicológico por depresión, a causa de los más de noventa días que estuvo sin poder salir de casa por el confinamiento del COVID, tiene una fuerte opresión en el pecho, le cuesta respirar y le hormiguean las manos. Nada que no le haya ocurrido otras veces en los últimos dos meses, salvo por el hormigueo en las manos, aunque no en este grado y con tanta duración. Cliserio, a pesar de su angustia crónica que sufre desde principios de abril, no ha sido visto en persona por ningún médico de la Seguridad Social. Su ambulatorio, sito en uno de los barrios periféricos de Madrid, permanece semicerrado y cualquier consulta con su médico de familia debe realizarla a través de un teléfono. Por ese método ha sido diagnosticado como depresivo, recetándole una medicación a base de Buspirona y Lormetazepan, además de aconsejarle que buscara ayuda externa con un psicólogo o psiquiatra, que según palabras textuales de su médico “dada la masificación actual, te atenderán antes si vas de pago”.

Así, a base de medicación y de charlas a través de videoconferencia con su psicólogo de pago que le cobra 45 euros por sesiones milimétricas de tres cuartos de hora a través del ordenador, Cliserio ha ido capeando las crisis respiratorias, los dolores pectorales y la constante falta de apetito. Pero últimamente, la opresión en el pecho se ha vuelto demasiado habitual como para no preocuparse. Su psicólogo le ha enseñado a realizar respiraciones que le ayuden a calmarse. Inhalando aire suavemente en un proceso que debe durar unos cuatro segundos, reteniéndolo en el pecho otro tanto y exhalándolo suavemente mientras cuenta mentalmente, 1, 2, 3,… 4. Repetir esa operación, durante unos diez minutos, tendido en la cama, mientras mantiene la mente en blanco, le ha ayudado a superar otras crisis.

Desde hace unos días, exactamente tres, Cliserio y su pareja, se han ido a una casa que tienen en un pueblo de la sierra pobre de La Comunidad de Madrid. En Serrada de la Fuente, no hay casi de nada. Ni gente. Pero seguro que eso le viene bien. El aire puro de la sierra y caminar sin miedo a que los indeseables se acerquen sin mascarilla y te echen el aliento en el cogote, seguro que calma su ansiedad. O eso pensaron él y su pareja, cuando decidieron abandonar la capital.

Y sin embargo, no ha sido así. Nada más llegar comenzó otra crisis de angustia. Dolor abdominal, falta de aire, dolor torácico, ansiedad,… A eso, se le fue sumando un cansancio vital, como si hubiera estado trabajando a pico y pala tres días seguidos. Y desde hace un par de horas, se le duermen las manos y le duele el brazo por encima del codo. Su mujer, ha empezado a preocuparse seriamente y han bajado a Buitrago al ambulatorio.

Nada más llegar, lo primero que han hecho es tomarle la temperatura. 36,7º. Después, preguntarle cuál es su ambulatorio de referencia. Allí solo atienden casos de urgencia y que sean de pacientes asignados al centro. La mujer de Cliserio les explica que llevan tres días en Serrada y que no van a bajar a Madrid, a su ambulatorio, dónde tampoco les atienden si no es por teléfono. Cliserio, exhausto, se ha sentado en uno de los bancos de la entrada, mientras su mujer discute con la persona que está en recepción. Las órdenes son claras. Solo pueden atender a personal que esté allí asignado y en caso de extrema necesidad. Para todo lo demás, el SUMA o las Urgencias Hospitalarias del Infanta Sofía.

Mientras discuten, una voz en off, que sale de un aparato de radio colocado al fondo, comenta que la Presidenta de la Comunidad de Madrid firma un protocolo de protección de la tauromaquia como patrimonio cultural de Madrid. Por otra parte, continúa diciendo la locutora, un juez dictamina que los servicios mínimos para los MIR, en huelga desde hace unos días, deben de ser del 100 %.

Un fuerte golpe, saca a la esposa de Cliserio y a la recepcionista de la disputa. Cliserio, ha caído fulminado del banco, víctima de un infarto.


Mezquinos

Ya advertí, cuando todo esto comenzó, que no solo no iba a cambiar nada, sino que todo iría a peor. Y de verdad, que siento en el alma no haberme equivocado. Porque, como siempre en este hijoputismo rastrero en el que vivimos y sobre todo, que consentimos en perfecta connivencia, los malos, están utilizando la pandemia para adelantar el fin de la sanidad pública. Aprovechando que el Arlanzón pasa por Burgos, y mientras han insistido en que bares y empresas vuelvan a la normalidad, siguen tanto en Madrid, como en Castilla y León (lugares que conozco) con la sanidad pública a medio gas. Ambulatorios cerrados, con consultas solo telefónicas y lo nunca antes visto, que se nieguen a atenderte en un Centro de Salud, porque tienes que ir al que te corresponde. Hace unos días, leía que un trabajador de una hormigonera en Madrid, que se encontraba con dolor torácico, dificultad respiratoria y dolor intenso en el antebrazo izquierdo, fue llevado por un compañero hasta el ambulatorio más cercano donde le preguntaron dónde vivía. El trabajador, cuya residencia estaba a cuarenta kilómetros de la capital, fue derivado a su ambulatorio. Moría media hora después en su centro de trabajo víctima de un infarto esperando a que llegara el SAMUR. Este fin de semana, de visita en Valdorros, al preguntar a mi vecino si había médico, me explicaba que el Sacyl está pensando en acondicionar como centro comarcal un espacio en el Centro Cívico (hay un consultorio nuevecito en la plaza, pero no llega internet) porque ahora, sólo atienden por teléfono y en caso de urgencia, debes de ir a otro pueblo situado a 35 km, cuando la capital está a 18. Al comentarle, que mejor entonces te vas a urgencias a Burgos, me decía que ya lo han intentado pero que no atienden y te derivan al pueblo dónde está situado el centro de salud comarcal. Un sinsentido.

Lo peor es el aborregamiento general de un pueblo que, o no se da cuenta, o pasa olímpicamente de estas cuestiones. Un pueblo que es capaz de indignarse porque están los bares cerrados, porque tienes que estar confinado en casa o porque tienes que ponerte mascarilla para salir, pero al que le importa una mierda que los MIR, a los que aplaudían hace unos meses por inercia desde los balcones y ventanas, estén en huelga, o mejor dicho, no puedan hacer huelga porque les han “condenado” a realizar unos servicios mínimos del 100%. Eso, a pesar de que en 2019, el juzgado Contencioso-Administrativo de Pamplona, ya decretó que incluir a los MIR en los servicios mínimos es ilegal.

De nuevo, nos encontramos con que el Poder judicial, actúa como brazo político del hijoputismo, negando derechos constitucionales y amparando a los que llevan desahuciando la sanidad pública, lentamente, paso a paso, los últimos treinta años.

Los mismos, que en la disputa de la Cumbre de la Unión celebrada este fin de semana aplauden a los países austericidas (ahora, como ya no les gusta el nombre porque se asocia a la ruina económica de millones de europeos, han convenido en llamarles “frugales”, mientras gacetilleros y plumillas de nuestros medios de manipulación informativa hacen correr el nuevo adjetivo como la pólvora para que se olvide que son los mismos que nos quitaron derechos laborales, que acabaron con lo público y nos arruinaron la vida) que siguen con la receta de masacrar a los países del Sur, como España, Portugal o Italia, acusándoles de gastar sin control y exigiendo más medidas contra las personas (ahora van a por las pensiones públicas), mientras ellos, no contribuyen al sostenimiento impositivo de la unión con sus paraísos fiscales y su nula fiscalidad para emporios y multinacionales que acaban, por conveniencia, instalando allí su domicilio fiscal y por tanto, dejando de contribuir como le correspondería en las arcas de los países europeos dónde tienen un excelso negocio sin pagar los impuestos de debieran. En realidad es eso de lo que se trata, de acabar de una vez con la sanidad pública y con las pensiones para que entren a saco las multinacionales con sede en esos países a llevarse el negocio y dejarnos sin lo que es nuestro.

El hijoputismo es una lacra, si. Pero nosotros somos culpables de que esta lacra perdure. Nosotros somos culpables de mirar para otro lado, mientras se descojonan de nosotros, arruinan nuestras vidas y, lo que es peor, el futuro de nuestros hijos. Veía el otro día un vídeo de una señora que, en la gira de blanqueo monárquico por España, exhibía una bandera tricolor a la vez que gritaba “Viva la república”. Los “demócratas” que estaban a su lado, intentaban quitarle la bandera mientras llegaba la Ertzaintza que acababa requisándosela, desalojando a la señora y pidiendo documentación. Lo propio en un país democrático, vamos. Y eso que se supone que en Euskal Herria, los intolerantes, a tenor de los resultados electorales, son minoría.

España no tiene solución. Cuarenta años de castración intelectual y otros cuarenta de catecismo machacón han convertido a la sociedad española en una multitud de seres individuales, egocéntricos, egoístas y asociales que son el caldo ideal para el cultivo de nacionalismo estatal posfranquista, el ejercicio del latrocinio, la corrupción y el desmantelamiento del llamado estado de bienestar. La sociedad española, como digo, es un conglomerado de individuos arribistas cuyo único lema es aquello de “¿qué hay de lo mío?”. Así podemos entender que en Galicia, nuevamente, los que llevan toda la vida destruyendo la sociedad, pero regando con dineros públicos, ya sea a base de subvenciones o subsidios, ya sea con enchufes, recomendaciones y/o puestos en la administración, vuelvan a renovar la mayoría absoluta. Y dan igual la destrucción forestal, la contaminación de las rías de las que viven muchas de las personas que allí viven, o las toneladas de coca que se “cuelen” vía naval o las fotos de políticos en barcos de narcotraficantes, porque al final lo que cuenta para el voto, además del machacón discurso gacetillero de la puñetera televisión que se cuela todos los días en las casas a la hora de comer y cenar, es que hayan respondido a lo de “¿qué hay de lo mío?”.

En Castilla y león, tenemos mucho contacto con Euskadi, ya sea por vecindad, ya por migración. Y salvo los anodinos y cansinos de la España ¡Paña!, se mira con cierta envidia su sistema de protección social y el de salud. Siempre lo achacan a que ellos reciben más dinero que nosotros. Y yo siempre les digo que, no todo es cuestión de lo que se recibe, sino de lo que no se roba. Y que para tener lo que tienen en Euskadi, tendríamos que tener la capacidad de protesta que tienen ellos, la capacidad de organizarse que tienen ellos y la capacidad de tener organizaciones que no sean una comparsa del estado central y de los poderes franquistas. ¡Pero si hemos permitido que sea Senador por Segovia un tipo que no sabe situar la provincia en el mapa, nombrado desde Madrid! ¡Y eso que solo es un ejemplo nimio de la calidad social de nuestra comunidad! Cuando los fascistas de la gaviota o los ultrafascistas de la COZ, arremeten contra EH-Bildu, llamándoles terroristas, NO lo hacen como defensa de las víctimas del terrorismo. Entre otras cosas porque EH Bildu tiene poco o nada que ver con aquella banda criminal que los fascistas relacionan con esta coalición de partidos (en ella está por ejemplo la escisión del PNV de Carlos Garaicoetxea, Eusko Alcartasuna o el Aralar de Patxi Zabaleta, formaciones que siempre han condenado la vía de los atentados). Cuando los que han vivido del voto del miedo, y del negocio de las víctimas, arremeten contra EH-Bildu, lo hacen porque supone un peligro para su estatus y su monopolio en la forma de concebir el estado. EH-Bildu, es un partido cuyas bases trabajan codo con codo en los barrios con los vecinos, porque ellos lo son, resolviendo o intentando resolver los problemas sociales. Son los que están siempre al frente en las reivindicaciones: un ambulatorio, una biblioteca, un hospital comarcal,… Y eso, es lo que les da los votos para ser la segunda fuerza en Euskadi.

Claro que no todo es la panacea en el País Vasco. Ahí está el PNV, su catastrófica gestión del vertedero, en el que llevan enterrados cinco meses dos personas. Ahí está su gestión al frente de la Ertzaintza que, como otros cuerpos de seguridad del estado, son utilizados en los desahucios y si hace falta, hasta en la represión de las críticas a la monarquía. Pero al menos, son una sociedad, no un grupo de especímenes individuales cuyo único objetivo en su vida es que gane el Madrid, que estén abiertos los bares y poder hacer lo que les salga del higo, sin que nadie pueda decirles lo que pueden o no pueden hacer.

Por último, quiero hacer un pequeño homenaje a Lucio Urtubía, albañil, anarquista, solidario y sobre todo, una gran persona y un gran luchador, que falleció el sábado 18 de julio a los 89 años. Hasta para morir, fue un icono. Agur eta ohore, Lucio.

No nos indignemos contra los Países Bajos, un país enano cuya máxima contribución al mundo occidental es la de exponer a las mujeres como trozos de carne en escaparates, legalizar un partido pederasta, la discriminación racial y el genocidio en Sudáfrica y vivir de los impuestos que le roban a los demás países de la Unión siendo un paraíso fiscal. Indignémonos contra los asquerosos politicastros de aquí que les ríen las gracias, que nos roban a través de la corrupción, que han destrozado todo lo público y que contribuyeron (con nuestra absoluta connivencia) a que seamos un país de tercera en el que los holandeses, alemanes y otros bárbaros del norte vienen a beber barato, a pasar unas vacaciones de desenfreno y a que seamos el geriátrico de la Europa rica. Indignémonos contra los patriotas de hojalata que ahora alaban a estos indeseables ricos del norte a los que llaman gestores (como aquí a los que roban) cuando lo único que hacen es vivir a costa de los pobres, como siempre, por otra parte han hecho.

Indignémonos contra todos esos que se juntan en grupos multitudinarios en una fiesta continua, saltándose las reglas, que están de nuevo poniendo en peligro nuestras vidas y elevando la gráfica de la pandemia al mismo punto en el que estábamos cuando tuvimos que quedarnos obligatoriamente en casa.

Salud, feminismo, república y más escuelas públicas y laicas.

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Pasé tarde por la universidad. De niño, soñaba con ser escritor o periodista. Ahora, tal y como está la profesión periodística prefiero ser un cuentista y un alma libre. En mi juventud jugué a ser comunista en un partido encorsetado que me hizo huir demasiado pronto. Militante comprometido durante veinticinco años en CC.OO, acabé aborreciendo el servilismo, la incoherencia y los caprichos de los fondos de formación. Siempre he sido un militante de lo social, sin formación. Tengo el defecto de no casarme con nadie y de decir las cosas tal y como las siento. Y como nunca he tenido la tentación de creerme infalible, nunca doy información. Sólo opinión. Si me equivoco rectifico. Soy un autodidacta de la vida y un eterno aprendiz de casi todo.

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