Nadie merece la condena de muerte,

menos aún, morir así.

Que en paz descansen los muertos de Tlahuelilpan.

 

En México el crimen ha reaccionado con crueldad ante la determinación de acabar con la corrupción, eso representa la toma clandestina de gasolina que provocó el estallido en Tlahuelilpan, Hidalgo, con un saldo que podría acercarse al centenar de muertos.

La corrupción está tan propagada en la sociedad que se impregnó en sus poros dejando una piel gruesa, insensible, carente del más elemental sentido humanitario. Esa parte de la sociedad que quiere dejar de ver lo que no se puede ocultar, se trató de gente pobre que se encontró en el lugar y en el momento equivocado actuando equivocadamente.

Se ha instalado en el imaginario que los pobladores eran delincuentes que encontraron su destino, que se ganaron a pulso su espeluznante desenlace. Conclusión simplona que condena a quién de por sí nació condenado y deja de comprender que una cabeza con estómago vacío responde equivocadamente, más aún si se encuentra envuelta en la euforia de la multitud.

El huachicol es la fase superior del crimen, superó al tráfico de narcóticos, resultó más redituable para la delincuencia organizada mudar a una actividad menos castigada, aunque más sofisticada, involucró: poder público, grandes intereses y redes criminales.

Este tráfico de gasolina en el lenguaje común se definió como huachicol, palabra traída de la práctica de alterar el tequila y en general se refiere a lo ilícito. A diferencia de los narcóticos esta actividad se desarrolló al margen de los intereses norteamericanos.

El perverso circulo involucró a comunidades enteras para ser fachada, no son los políticos, empresarios y sicarios los que personifican al huachicolero, sino hicieron que mujeres con hijos en brazo y cubeta en mano lo representen.

Convirtió a los pobres en portadores de bidones en la máxima expresión de la corrupción, aunque en realidad es un crimen de cuello blanco se incrimina a las comunidades más necesitadas como es el caso de Tlahuelilpan.

En realidad, los pobladores de las comunidades aledañas a los ductos sólo representan un mínimo porcentaje en comparación con las millonarias pérdidas de Petróleos Mexicanos que superan los 30.000 millones de pesos unos $1.700 millones de dólares según PEMEX -Petróleos Mexicanos- empresa paraestatal.

La mafia en el poder que se denunció gobernaba bajo las siglas del PRI y del PAN existe y esta siendo tocada en donde más le duele que es la fuente de su riqueza mal habida, personajes con nombre y apellidos.

Familias poderosas son reconocidas operadoras de la red de huchicol, ese corrupto ciclo crimen, negocios, política e impunidad tiene los apellidos de los intocables Hank Rhon, Mouriño, Coldwell, Hinojosa Cantú, Romero Deschamps -Sindicato petrolero PRI-, Cordova Morán -Antorcha Campesina PRI-.

Al menos de Vicente Fox a Peña Nieto pasando por Felipe Calderón la red del huachicol se extendió en un proceso de aniquilación de PEMEX, de empobrecimiento del pueblo y de mutación del crimen a una actividad silenciosa tolerada desde la presidencia de la República.

Estos son los verdaderos delincuentes, estos son los hijos del huachicol y no los niños y sus padres que son usados de fachada, literalmente fueron utilizados como combustible para incendiar la lucha contra la corrupción.

Los hijos del huachicol privatizaron el petróleo, se adjudicaron la distribución de combustibles, se concesionaron gasolineras, liberaron los precios de la gasolina y cerraron el gran negocio abasteciéndose de gasolina robada.

Así opera la mafia que se imaginó podría sobornar a López Obrador, al que pensaron sólo traía el discurso, pero como todos los presidentes aceptaría entrarle al negocio del saqueo a la nación. Se equivocaron, salió congruente y quiere cumplir lo que prometió: acabar con la corrupción.

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Académico; maestro en derecho por la UNAM; defensor de derechos humanos. Actualmente, activista del Movimiento de Regeneración Nacional. Hombre de izquierda con una militancia en el PRD, por el que fue diputado a la VI legislatura, electo por el distrito XXX de Coyoacán. Padre de dos hijos: Sahara de 6 años y Fidel de 2 años, casado con Sara Zuñiga.

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