sábado, 31julio, 2021
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Metamorfosis

Francis López Guerrero
Profesor de lengua y literatura.
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análisis

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Hace doce mil años el Homo Sapiens cazador-recolector alcanzó su edad de oro y su máxima aspiración era el sedentarismo y una choza de piedra en las fértiles tierras de Oriente Próximo. La economía consistía en quedarse quieto en el mismo sitio antes de comer y en no alejarse demasiado antes de beber agua. Hace doce años el Homo Listo cazador-recolector-especulador, el denominado «Homo Muchoparamí», con sus activos tóxicos, su depredación dineraria a mansalva y la connivencia política, instauró una edad de plomo y lodo sobre sus congéneres, igualmente mortales.

Hace doce mil años lo económico, lo material, se planteaba como una búsqueda de la domesticidad con la cobertura de las necesidades básicas sin moverse mucho de aquí para allá. En muchos lugares de África, por ejemplo, en la actualidad ni siquiera todavía viven en el Neolítico de la edad dorada.

No pretendo ser Émile Zola y no me dirijo a nadie en concreto. Me dirijo a mí y tomo asiento reflexivo como acusado. Yo me acuso con nombre, apellidos y rostro de la miseria en el mundo. Asumo mi parte alícuota de responsabilidad de la pobreza y pobreza extrema de cualquier latitud. Por hoy, libro del trance a gobiernos,  gobernanzas y cogobernanzas (no sé si este último término es constitucional de pura cepa). Ya han sido suficientemente vapuleados desde todas las tribunas y foros fiscalizadores y acusatorios.

Reconozco mi patología occidental con su sintomatología característica: acomodamiento, indolencia y pereza intelectual. Soy un burgués y empleado recortado del Estado-Banco endeudado hasta las trancas. Yo me acuso de mi compromiso burgués, basado casi exclusivamente en la inescrupulosa prosperidad material, porque en ella seguramente radica una millonésima parte de la muerte de hambre de un niño africano y de que muchos de mi misma especie ni siquiera puedan vivir en el Neolítico en pleno siglo XXI. No obstante, a pesar de la acusación que me hago, estoy pensando en que una casa domótica no estaría nada mal para un futuro no muy lejano y enseguida caigo en la cuenta de que me estoy acusando con nombre, apellidos y rostro de abyecto proyecto burgués occidental, que con su genética economicista, explotadora, hipócrita, ha asolado a muchos seres humanos, ha esquilmado muchas tierras fértiles. Mi autoquerella, en un momento dado, puede parecer palabrería, demagogia dialéctica, bizarría sin peligro; fingimiento de buen burgués mojigato. Pero eso no me preocupa, lo que realmente me preocupa en mi fuero interno y me da grima y me echa a temblar es a qué estaría dispuesto a renunciar, sin levantar la voz contra los gobiernos y el sistema financiero. De qué me despojaría sin sensación de robo, estafa o defraudación. Qué estaría dispuesto a sacrificar, a dar literalmente, yo que solo consigo acusarme con las palabras, las mismas que dicen en las cartas magnas: «el derecho a una vivienda digna», «el derecho a un trabajo digno». Y no me estoy refiriendo a lucidos gestos caritativos: donar unos cientos de euros a una maravillosa ONG. Colaborar en una campaña de recogida de alimentos, ji ji ja ja, rodeado de fotógrafos. Participar en una gala benéfica por la depauperación oficial y la sobrevenida. Me planteo, acongojado metafísicamente, qué estaría dispuesto a ceder, a transferir, como si fuera una Transición moral individual; un contrato ético personal, ya que el social de Rousseau, por momentos, se nos está yendo al garete. Una metamorfosis plena y consecuente. Un hombre con memoria de verdad sin necesidad de legislarla porque el pasado sigue pasando con su propia metamorfosis. Lo siguiente, cuando la conciencia se pone de pie y empieza a caminar peregrina y desnuda, es presenciar en derredor la misma mojiganga respetable en medio de la tragedia, de muchas tragedias anónimas. Y de cómo están vibrando con ahínco los resortes de una época, un modo de vida, una civilización, que parecían haber disipado todas las dudas con el raciocinio, el progreso técnico y los derechos universales. Qué frágiles éramos: unos activos tóxicos estadounidenses, las felices finanzas incívicas, la crisis del euro, la prima de riesgo, nos hicieron recuperar la angustia, la náusea, la inconsistencia de la existencia. El movimiento seco del péndulo de la Historia y la codicia de los que la escriben nos hicieron pasar otra vez por arte de birlibirloque del vitalismo del Renacimiento al pesimismo del Barroco. De “La primavera” de Botticelli al “Finis gloriae mundi” de Valdés Leal. ¿En qué momento estamos ahora, más de una década después y con el añadido fulminante de la bomba del coronavirus? Toca ser fuertes y sinceros. Desenmascararnos y arrojar a la hoguera de las vanidades los lujosos ropajes del baile de disfraces al que nos inviten de nuevo. No es soportable que el uno por ciento de los humanos posea la mitad de toda la riqueza del planeta, da igual que sea legal y legítima, eso no es relevante, la legalidad no tiene nada que ver con el derecho. No es un dislate afirmar que multimillonarios especuladores, ricachones camastrones y logreros desaprensivos están contribuyendo también a que la gente  pase hambre o viva en condiciones infrahumanas desde hace muchísimo tiempo, un tiempo que ya da asco, repelús y zozobra. Un tiempo al que le sobran horas de crueldad y mentiras y le falta la sincronía de la verdad.

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