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Memoria histórica selectiva

Manuel I. Cabezas González
Doctor en Didactología de las Lenguas y de las Culturas Profesor Titular de Lingüística y de Lingüística Aplicada Departamento de Filología Francesa y Románica (UAB)
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análisis

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Cuando se ha tenido la suerte de sumar mucha vida a los años y muchos años a la vida, uno ha podido constatar que la “pérdida de memoria” es algo inevitable: la enfermedad de Alzheimer acecha y se presenta cada vez más prematuramente para exigir su tributo. Y, cuando escribo esto, pienso en un familiar muy cercano y en un amigo entrañable.

Por otro lado, si tenemos en cuenta el funcionamiento del cerebro, podemos corroborar que recibe constantemente una masa ingente de estímulos a través de esas ventanas que son los sentidos. Ahora bien, el cerebro desecha la mayor parte de ellos y sólo guarda en el desván de la memoria una pequeña parte de los mensajes recibidos. Además, con el paso del tiempo, las sinapsis (conexiones neuronales) no se siguen reforzando ni se pueden ampliar. Más bien, se debilitan y se degradan.

Por eso, para intentar luchar contra el olvido o la desmemoria y esa parca de los recuerdos que es la enfermedad de Alzheimer, son fundamentales, según los expertos, las actividades preventivas para mantener nuestro cerebro siempre activo y en buen estado de funcionamiento. Para ello, es también importante esa “memoria externa”, que adopta la forma de mensajes lingüísticas escritos (“memoria de papel”, diría Michel de Montaigne) y de mensajes icónicos (fotos, grabaciones audio, visuales o audiovisuales, etc.). En esta memoria externa es donde vamos depositando una buena parte de nuestras vivencias personales o colectivas, para tenerlas al alcance de la mano y poder activarlas en el momento oportuno.

Ante la espada de Damocles, individual o social, de la enfermedad de Alzheimer y la fisiología de nuestro cerebro, es muy loable y pertinente la “Ley de Memoria Histórica”, gestada durante el primer mandato del presidente Zapatero y aprobada en 2007. En efecto, como escribió muy acertadamente José Saramago, “somos la memoria que tenemos y la responsabilidad que asumimos; sin memoria, no existimos y, sin responsabilidad, no merecemos existir”.

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Con esta ley, llamada indebidamente —según algunos— “Ley de Memoria Histórica” (LMH), se pretende precisamente luchar contra el olvido de nuestro traumático y reciente pasado común, propiciar la conservación y el conocimiento de nuestra historia, y acabar con el “pacto de silencio” de la Transición. Además, al mismo tiempo se intenta reconocer los derechos y establecer nuevas medidas a favor de quienes padecieron arbitrariamente persecución y violencia durante la Guerra Civil (1936-1939) y durante la dictadura franquista (1939-1975).

Es justo, lógico y razonable estar de acuerdo con el objetivo de esta ley así como con las medidas en favor de las víctimas, medidas que persiguen resarcir judicial, social, política y econonómicamente a las víctimas del franquismo. Ahora bien, reconocido y aceptado esto, uno no puede estar de acuerdo, sin embargo, con la aplicación que se ha hecho y se está haciendo del Art. 15.1. de la LMH. Según reza este artículo, en los espacios públicos se debe proceder a “la retirada de escudos, insignias, placas y otros objetos o menciones conmemorativas de exaltación, personal o colectiva, de la sublevación militar, de la Guerra Civil y de la represión de la Dictadura”.

En base a estas previsiones legales, se han empezado a limpiar los espacios públicos de España de los recuerdos tangibles (estatuas, monumentos conmemorativos, nombres de calles, plazas, edificios públicos, etc.) de la Guerra Civil y de la Dictadura Franquista. Y esto ha provocado, por distintos motivos, conflictos legales, polémicas y enfrentamientos, como han reflejado profusamente los medios de comunicación. En efecto, con la aplicación del Art. 15.1. de la LMH se pretende olvidar y se olvida (“desmemoria”) a unos (los del bando de los vencedores) y sólo se trata de recordar y se recuerda (“memoria”) a otros (los del bando de los vencidos), que fueron injustamente olvidados durante los 40 años de Dictadura y durante la Transición. Ahora bien, esta forma de proceder está en contradicción con el concepto mismo de “memoria” y con la función de la misma (conservar hechos —buenos o criticables, positivos o negativos— del pasado). Por eso, la LMH puede ser tildada de “memoria selectiva o partidista o subjetiva”, que persigue más bien la “amnesia” de una parte de nuestro pasado, que es precisamente lo contrario de la “memoria”.

Proceder así es aplicar la romana “damnatio memoriae” (eliminación de todo aquello que recuerde al enemigo: imágenes, monumentos, inscripciones e incluso su nombre) y llevar a cabo las actividades del “Ministerio de la Verdad”, descritas por George Orwell en su relato “1984”: reescribir y manipular la historia, para que los hechos acaecidos en el pasado coincidan con los intereses partidistas de la casta política de turno. Esta “damnatio memoriae” o “memoria orwelliana” persigue precisamente provocar una amnesia colectiva selectiva (“desmemoria”), para no recordar acontecimientos lamentables y criticables de nuestro pasado reciente e implantar, en consecuencia, la “ley del silencio” o la mafiosa “omertá”. Y esto es hacer un flaco favor a la memoria histórica, al tiempo que denota miedo a transmitir y a conocer la verdad.

Ante los objetivos y los resultados amnésicos de la aplicación del Art. 15.1. y si se quiere conservar objetivamente nuestro pasado reciente en toda su complejidad y diversidad, creo que sería más pertinente o más acertado, y estaría más de acuerdo con el concepto de “memoria”, que se mantuvieran “escudos, insignias, placas y otros objetos o menciones” así como los nombres de personajes o hechos franquistas. Ahora bien, con una condición: habría que añadir informaciones o datos descriptivos, desde una historiografía objetiva, que expliciten lo que fueron, lo que hicieron, lo que representaron o significaron tanto los personajes como los hechos acaecidos. Así, por dar sólo algunos ejemplos, habría que conservar “Plaza/avenida del Generalísimo o Francisco Franco”, pero añadiendo, por ejemplo, “General golpista y/o dictador y/o causante de una guerra civil y de 1 millón de muertos”. O añadir, a la denominación “Calle/plaza/ avenida Carlos Arias Navarro”, el calificativo descriptivo “el carnicerito de Málaga”. O completar el rótulo “Calle o plaza o avenida Millán-Astray”, con sus siniestros y necrófilos lemas El apóstol del “¡Muera la inteligencia!y del “¡Viva la muerte!”.

Adoptar y aplicar esta propuesta para actualizar el callejero de las ciudades y pueblos de España es trabajar eficazmente no sólo para conservar y fortalecer la “memoria histórica” en toda su complejidad sino para esclarecerla y enriquecerla. No podemos olvidar la historia, como proponen algunos (entre ellos, Santos Juliá, que recomienda echar al olvido el pasado para propiciar el borrón y cuenta nueva, como se hizo durante la Transición). Hacerlo es correr el riesgo, como dijo Cicerón, de repetir los errores del pasado. Por eso, no debemos olvidar la sugerencia de José Saramago: “Hay que recuperar, mantener y transmitir la memoria histórica, porque se empieza por el olvido y se termina en la indiferencia”.

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