Una estrella del deporte no lo es solo por correr más rápido, saltar más alto o ser más fuerte. También por su estatura moral, por su nobleza de espíritu y su valentía para levantar la voz ante las injusticias del mundo. A lo largo de la historia ha habido muchos ejemplos de grandes deportistas comprometidos que se convirtieron en referentes y líderes de opinión. Cuentan que Cassius Clay tiró al río Ohio la medalla que había ganado en los Juegos Olímpicos de Roma en 1960 en protesta contra el racismo que se imponía en Louisville y más tarde se negó a ir a la guerra de Vietnam. Tommie Smith y John Carlos, corredores de doscientos metros, levantaron el puño para reivindicar los derechos de los afroamericanos el día que subieron al podio en las Olimpíadas de México 68. Y hay más casos a los que, sin duda, se sumará ahora el de Megan Rapinoe, la capitana del equipo de fútbol norteamericano que desprecia las políticas xenófobas de Donald Trump y es capaz de decírselo a la cara.

Antes de que comenzara el partido de octavos del Mundial de Fútbol entre España y Estados Unidos, Rapinoe se negó a cantar el himno nacional en señal de protesta por “la desigualdad y la brutalidad policial” que sufre el país desde la llegada al poder de Trump. La capitana no solo no coreó la letra del himno sino que ni siquiera se puso la mano en el pecho, como suelen hacer los yanquis más patriotas.

Como era de esperar, el presidente de EE.UU no ha tardado en entrar en esa polémica. Al magnate neoyorquino que no le pregunten dónde está Guatemala, ni sobre las consecuencias del cambio climático o qué es un tratado internacional sobre derechos humanos. Lo que mejor se le da a él es ponerse faltón en Twitter y bajarse al barrizal de insultos, descalificaciones y malos modos cuando alguien no le da la razón. En eso es un experto, un graduado por Harvard, un auténtico crack.

Tras ser preguntado por el gesto de Rapinoe, el inquilino de la Casa Blanca lo calificó de “poco apropiado para una futbolista que representa a su país”. No es la primera vez que la estrella de la selección estadounidense le tira un desplante al líder del mundo libre. Hace unos años, Rapinoe catalogó a Trump de “presidente ignorante, sexista y misógino” y por lo visto la brava jugadora no ha cambiado demasiado su opinión en los últimos tiempos.

“No he experimentado la brutalidad policial, ni racismo, ni nada parecido a ver el cuerpo de un familiar muerto en la calle. Pero no puedo permanecer como si nada cuando hay gente en este país que tiene que lidiar con este tipo de cosas. No hay forma perfecta de protestar. Sé que nada de lo que haga aliviará el dolor de esas familias, pero siento que arrodillarme durante el himno nacional es la forma correcta de proceder y haré lo que sea para ser parte de la solución”, aseguró a The Players Tribune la goleadora, que dicho sea de paso con sus tantos dejó apeada del Mundial a las guerreras españolas.

Rapinoe, de 33 años, cabello corto teñido de violeta y rasgos faciales duros y curtidos por horas de entrenamiento bajo el sol de California, no tiene pinta de ser la típica jovencita que se amilana fácilmente ante un machista bravucón. A buen seguro que a lo largo de su vida habrá tenido que lidiar con otros Trumps, rubios musculados salidos de las elitistas universidades americanas que la habrán mirado por encima del hombro, con arrogancia y prepotencia masculina, mientras pensaban esa gilipollez de que una mujer no está preparada ni biológica ni mentalmente para jugar al fútbol. Pese a las discriminaciones, ella siguió adelante con su sueño. La prensa americana ha publicado que cuando era juvenil tardaba dos horas y media en viajar desde su ciudad natal a los entrenamientos con su equipo. Alguien así es invencible; no hay manera de doblegarla.

Hoy Rapinoe no solo es una estrella del fútbol mundial −mientras los hombretones que se creían más que ella sirven hamburguesas en McDonald’s− sino una firme activista y defensora de la causa LGBT. “No iré a la jodida Casa Blanca en caso de que ganemos el Mundial”, ha advertido con entereza y orgullo. Que tome nota el fanfarrón del pelo naranja porque esta tía tiene más bemoles que cualquiera de sus marineritos de la Sexta Flota.

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