Pie de Foto: Ester Cuenca con equipamiento improvisado.

El personal sanitario y de enfermería ha estado a cargo de nuestras vidas como nadie en estos meses.

A veces usamos la expresión “En primera línea” muy a la ligera, sin darnos cuenta de las profundas heridas que estar en ella conlleva y que pocas personas sufren más, durante y después de las emergencias, que quienes la conforman.

Hemos podido hablar con Ester Cuenca Lumbreras, Enfermera en activo que nos cuenta como en estos meses ha visto su vida patas arriba, a sus colegas enfermar, su boda pospuesta, a las administraciones ignorarles, a sus pacientes morir solos y desgraciadamente, a su abuela fallecer. Y que a día de hoy aún no sabe si lograra volver a ser la persona que era antes del COVID-19


Buenos días Ester. Lo primero y ante todo agradecer su trabajo, así como el del resto del personal sanitario durante los meses aparentemente más duros que acabamos de pasar.

-Y esto me lleva a mi primera pregunta ¿Han pasado ya lo más duro? ¿La sensación de tregua que se trasmite en los medios se corresponde con la realidad del día a día de nuestro ecosistema sanitario?

Desde luego el ambiente en el hospital no es el de hace dos meses, la semana pasada dimos el alta a los dos últimos ingresados por COVID-19 que, aunque ya habían dado negativo seguían con nosotros por complicaciones, problema social, etc.

Podríamos decir que sí, ha pasado lo más duro y cuando hablo de lo duro que fue es muy difícil entender. Creo que no era solo la cantidad de pacientes que teníamos, era la impotencia de enfrentarnos a algo que no conocíamos, los cambios de tratamientos, la fe en que lo que hacíamos iba a servir para algo, la impotencia al ver las muertes, las nuevas medidas de protección y trabajar con un montón de capas encima a las que no estábamos acostumbradas.

– ¿Imaginó alguna vez durante su formación y sus años previos de trabajo que tuviera que enfrentarse con una situación así? ¿Se siente suficientemente preparada en lo profesional y en lo personal?

Creo que nunca había imaginado enfrentarme a algo así, hay que entender que dentro de enfermería hay gente más cómoda en Urgencias intra o extrahospitalaria, yo siempre digo que cada enfermera está hecha de una pasta diferente y no es lo mismo el personal que trabaja en paliativos o en oncología que el que trabaja en quirófano. Yo nunca me había considerado una enfermera de urgencias que para mí son alucinantes soportando presión, resolviendo en milésimas de segundos y con una forma de trabajar específica. He estado por contra en otras muchas unidades y en ninguna estábamos preparadas para recibir el número de pacientes que recibíamos y las circunstancias en las que estaban. La primera noche ingresaron 12 en la planta y nos pilló de improviso, la siguiente 8 y así hasta completar 33 de la planta, cada vez que se daba el alta a alguien por cualquier motivo ingresaba otro más con el tiempo justo para desinfectar y tenía la sensación de que me resultaba imposible llegar a todo lo que tenía que llegar. Hubo un momento en el que lo único que hacía era trabajar y dormir. Todas hemos dado emergencias en la carrera o en el ciclo de formación (Hablo también de las auxiliares a las que considero igual de compañeras que las enfermeras) pero era algo teórico, algo que te aprendías y esperabas no tener que aplicar. Cuando llegó el momento quedó patente en que la teoría no es tan sencilla de llevar a la práctica.

– ¿Les resulto muy duro desarrollar su labor en esas circunstancias?

Sí, los protocolos cambiaban semanalmente y todos cometíamos errores, las mascarillas – como ya está comprobando la población – son incómodas y dan calor, los EPIs son como saunas, nunca te sentías suficiente protegido porque cada día que ibas a la planta te enterabas de alguien más que había enfermado y no sabíamos qué estábamos haciendo mal. Estábamos cubiertas de cabeza a los pies y cuando faltaba algo de material – Que ha faltado en todos los sitios – nos tocaba tirar de creatividad y utilizar bolsas de plástico para la cabeza, clips para sujetar las gomas de las mascarillas o esterilizar batas y mascarillas. Eso en el aspecto de medios.

En el aspecto de cuidados, no es lo mismo llevar 12 pacientes a 33, tienes que estar a todo, sigues las directrices de los médicos, pero a veces no ves mejoras y hay que cambiar sobre la marcha, otras veces está todo el mundo ocupado y te toca a ti ir sola. Trabajamos con personas y no todas son iguales, hay gente que necesita cuidados específicos en otros temas, aunque su diagnóstico principal sea el COVID19, en general creo que salió muy bien dadas las circunstancias.

-¿Qué ha sido lo más difícil?

Lo más duro era la combinación de tema personal y profesional. A nivel profesional lo más duro eran las muertes, las esperadas y las inesperadas. No es que nunca se me hubiese muerto algún paciente, pero es que nos pasaba todo el rato en todos los turnos, a veces te despedías de un paciente sabiendo que no lo ibas a ver y otras veces te despedías pensando que sí, y no le volvías a ver. Mi hospital ha tenido una tasa de mortalidad bajísima y aun así todo ha sido una barbaridad. Hacíamos todo lo humanamente posible para que estuviesen acompañados y para salvarles y veíamos que muchas veces daba igual lo que hicieses. Y muchas veces estaban solos y se te rompía el corazón de no poder haberle cogido las manos en los últimos momentos, de no poder haberle dedicado unas palabras y de que no viesen una cara amiga, solo mascarillas, pantallas y EPIs.

-Nos llegan noticias constantes de que el personal sanitario se ha contagiado en muchísimo más porcentaje que la población en general.  ¿Por lo que usted conoce de sus colegas de profesión y de su centro, esto ha sido así?

Eso es totalmente cierto. Para que la gente se haga una idea, en mi hospital tuvo que haber muchísima rotación de personal en general, en mi planta de 9 enfermeras que solemos estar, nos quedamos en 6, eso significa que llegó a estar de baja el 33% de las enfermeras y entre el personal médico y los auxiliares igual. Se tuvo que contratar sobre la marcha como se pudo. Aún hay gente que sigue dando positivo o gente que hemos comprobado que lo ha pasado asintomático y no ha dejado de trabajar en ningún momento.

– ¿Ha tenido miedo en algún momento?

Quizá esto suene presuntuoso, pero yo no he tenido miedo de contagiarme, tenía miedo de contagiar a mi chico, tenía miedo de contagiar a la gente y tenía miedo de no poder aguantar el ritmo, pero nunca temí por mi vida. Por mi salud mental quizá debería haberme preocupado más.

-¿Le ha resultado duro aparte de en lo profesional en lo personal?

Lo duro era la combinación de ambas cosas como ya he dicho arriba. No era solo ver morir a la gente sola sin poder hacer nada más que tomarles la mano. No, era la impotencia porque no sabías qué hacer o no poder dedicarles la sonrisa porque no te veían, era lo que había en casa. Yo vivo con mi chico y los primeros días tenía pavor a que se contagiase, le prohibí tocar mis cosas y alguna vez se comió alguna bronca por intentar ayudar. A las dos semanas de que cerrasen los colegios, mi hermana pequeña que también es enfermera se vino a vivir a nuestra casa porque no quería contagiar a mis padres.

El 11 de abril mi abuela materna falleció, yo sé que todo el mundo quiere a sus abuelos y supongo que muchos entenderán lo que significa, pero todo el proceso fue terriblemente duro. Ella estaba en una residencia de ancianos y no nos dejaban hablar con ella así que mi prima, una excelente enfermera, se presentó el sábado 4 de Abril a hacerle la PCR que dio positiva, el domingo se vistió con su EPI y exigió llevársela para ingresarla en el hospital en el que trabaja, no nos dejaban que nos la llevásemos ni diciéndoles que teníamos habitación, que teníamos la patria potestad y demás, al final la policía tuvo que intervenir y ese domingo la ingresaron, tenía algo de fatiga y poco más. Le pusieron oxígeno, le hicieron pruebas y el lunes nos dijeron que con un poco de suerte el lunes siguiente se iría a casa. El jueves la situación era diametralmente opuesta. Me llamó mi madre mientras estaba en el trabajo para que fuese a verla porque estaba muy mal, su radiografía de ese día era la peor que había visto en mi vida para una neumonía, en tan solo 3 días había pasado de esperanza a desesperanza. Lo negué, claro, creo que cualquiera lo negaría y yo fui la primera. Estábamos haciendo todo lo que podíamos y además nos dejaron estar con ella porque éramos sanitarias, mi prima y mi hermana se volcaron tanto que no se despegaban de su lado para que no se quitase la mascarilla, también nos quedamos mi tía (enfermera también), mi madre (médico) y yo ese mismo jueves para que siempre hubiese alguien con ella. Nos mandábamos información por mensaje y corríamos del trabajo al hospital, dormíamos algunas horas si podíamos y de nuevo a trabajar. El sábado estaba pasando ronda con los médicos cuando el móvil empezó a vibrar dentro de mi EPI, al principio no le di importancia, pero luego, mientras seguía vibrando me entró un agobio terrible, esa mañana había muerto una paciente a primera hora. Salí arrancándome todas las protecciones y cogí el móvil. Mi abuela, la persona más buena que he conocido en mi vida había fallecido; noté como me quedaba sin aire y me eché a llorar sin poder evitarlo, avisé a mi compañera, llamé a mi supervisora que se pasaba todo el día en el hospital por aquel entonces y me fui. El taxista no me quería ni cobrar la carrera, yo le regalé unas mascarillas y le pagué, por supuesto, la situación no estaba para regalar nada de trabajo. Mi abuela se fue como las abuelas, los padres y hermanos de tantos otros y al día siguiente volví a trabajar. Eso ha sido lo peor. Como no podían darnos días libres (Por ese entonces solo quedábamos 6 enfermeras para cubrir a 33 pacientes y 3 turnos contando que por la noche solo había una enfermera en la planta) tuve que trabajar cada día después de su muerte, una compañera me cedió su día libre para que pudiese ir al entierro y aun así siento que no la he podido llorar. A día de hoy todavía lloro sin motivos y sé que es porque no lo pude hacer cuando tenía que hacerlo.

Después de que mi abuela falleciese una antigua jefa mía, la que me dio mi trabajo y a la que quiero muchísimo, ingresó en el hospital por COVID y sentí que se repetía la historia. Un par de noches lloré al salir de su habitación por la desesperanza que sentía, aunque finalmente mi jefa se salvó.

Mientras, en casa, mi hermana seguía con turnos imposibles y el día que mi abuela falleció estuvo 38 horas sin dormir, mi chico no sabía qué hacer con nosotras, éramos un desastre andante. Tener a mi hermana en casa fue mi tabla de salvación porque podía hablar de todo eso que me inquietaba en el trabajo con alguien que me comprendía. A veces hablábamos y otras veces poníamos alguna serie para desconectar, nunca veíamos las noticias.

Este año me iba a casar. Iba a ser el 3 de octubre. Muchos compañeros me preguntaban por la boda, qué iba a hacer o qué no iba a hacer y yo no quería hablar del tema porque no me sentía preparada para pensar en eso. Primero cancelamos la luna de miel y cuando en el hospital me dijeron que no podíamos coger vacaciones en octubre porque era posible que hubiese un repunte pospusimos la boda. Sé que mi prometido sufrió muchísimo con la decisión y yo me sentía miserable por no poder decirle algo que le alegrase.

En muchos momentos me sentí como un malabarista al que no hacen más que tirarle bolas, seguía moviéndolas sin saber cómo, pero si me paraba se iría todo a la basura. Eso ha sido lo más duro.

-Usted trabaja en un hospital privado. A los cuales según las noticias se derivaron pacientes de residencias de mayores independientemente de su condición previa. ¿Qué opinión le merece que por los datos que vamos conociendo hubiera instrucciones para que esto no se realizara en los hospitales públicos?

He leído las noticias y la verdad es que me las creo, pero en mi hospital todos los pacientes que tuvimos venían de hospitales públicos, no tuvimos ni un ingreso privado así que supongo que eso dependería de los gerentes y gente de por encima. En mi caso todo el hospital se volcó con los pacientes de la sanidad pública y me siento profundamente orgullosa por ello.

-¿Aparte de los infectados por Covid han sufrido pacientes con otras patologías esta situación?

Cuando la planta se empezó a vaciar de pacientes con COVID-19 llegó lo que yo llamo la segunda oleada, todos esos pacientes que sufrieron ICTUS, infartos, enfermedades no relacionadas con el virus, abandonados… Pensábamos que todo iba a ser a mejor pero cuando nos quisimos dar cuenta estábamos hasta arriba atendiendo a ese tipo de pacientes en el hospital y te preguntas ¿Si todo hubiese estado menos colapsado este paciente estaría mejor? ¿Cuántos habrán muerto por otras patologías? ¿Qué habrá sido de la gente con cáncer? ¿Y de las maternidades? Te preguntas muchas cosas y te sientes culpable.

-La Asociación madrileña de enfermería ha denunciado en repetidas ocasiones que el llamado “Hospital Milagro” de IFEMA ha sido en realidad, más allá de lo meramente sanitario, una gran estafa. ¿Comparte usted esta opinión? ¿Por qué?

Comparto totalmente esta opinión. Yo trabajo en un hospital privado, pero he trabajado en la mitad de los públicos a lo largo de mi vida y tengo amigas que lo siguen haciendo. Hay un capítulo en El Ministerio del Tiempo en el que se ve que tienen a uno de los agentes en un ala privada en el 12 de Octubre y me lo creo porque hay muchas alas y muchas plantas cerradas por los hospitales la comunidad de Madrid, que ni se planteasen abrirlas me parece una aberración. Por milagroso que fuese IFEMA, que no lo dudo porque los profesionales de allí han sido excelentes, no tenían las instalaciones necesarias, ¿Qué hay de los baños privados? ¿Qué hay de la intimidad? La medicina no es solo dar medicamentos y poner oxígeno, la medicina también tiene más cosas. Parece que a todo el mundo se le había olvidado las 14 necesidades de Virginia Henderson y yo recordaba que en la carrera, mi profesora de Extrahospitalaria (Urgencias) hacía mucho hincapié en mantener la dignidad del paciente. ¿Lo de IFEMA era digno? ¿Y lo del palacio de hielo?

-El gobierno del Partido Popular de la comunidad de Madrid, tiene planes para construir más hospitales e invertir –aseguran- más recursos en Sanidad. ¿ve positivamente estos anuncios?

Yo hasta que no vea las promesas hechas realidad no me las creo, total, ¿Para qué? ¿Qué van a hacer? ¿Darle más dinero a los gigantes de la Salud Privada para que hagan hospitales muy modernos, muy bonitos y en los que el personal cobra una miseria? La sanidad pública debería ser totalmente pública no depender de gente que quiere ganar dinero con la salud.

-Recientemente el jurado de los premios princesa de Asturias ha concedido su premio anual de la concordia al personal sanitario de primera línea por su encomiable labor. ¿Ayudan algo este tipo de reconocimientos a sobrellevar la situación que han vivido?

Es que os quejáis por todo me dijeron el otro día, que os dan el premio: os quejáis, que no os dan el premio: os quejáis. Ah claro, el premio que irán a recoger gente del sindicato, colegios de enfermería y medicina y de un premio del que no veremos ni un duro ni nosotros ni la sanidad. A mí el premio me da bastante igual, yo estoy preocupada de que en el hospital no me quieran dar más mascarillas ffp2.

Dudo que ninguna persona que no sea sanitario entienda lo que hemos pasado, la ansiedad, la decepción, el sentimiento de culpa, ver morir a gente, no saber qué más podemos hacer o que podríamos haber hecho de otra manera, la impotencia, escuchar lo de las residencias.

Igual si en vez de abrir 10 hospitales privados hubiesen dejado abiertas las plantas de los públicos, igual sí hubiésemos tenido material y no nos lo hubiesen tenido que subir los cirujanos de quirófano, igual si no hubiésemos tenido que llorar de impotencia pues los premios nos parecían maravillosos.

¡Qué suerte que os regalan viajes! Genial, un viaje que no quiero hacer por miedo a contagiar o a qué me contagien. En vez de viajes – aunque agradezco a las empresas que están dando cosas a los sanitarios – me gustaría más que dejen de tratarnos mal cuando vienen a un hospital, que se dejen de reproches y quejas hacia gente que está ahí para cuidarles, no para servirles.

Estamos vendidos, lo hemos estado y lo seguiremos estando, pero seguiremos currando porque A PESAR DE TODO me encanta mi trabajo. Y que conste que no defiendo a ningún gobierno que tengo muy claro que a todos les damos igual, pero me cansa un poco lo de la falta de previsión en los últimos 5 meses porque igual si hace 15 años no hubiesen empezado a desmantelar la sanidad en Madrid, habríamos tenido huecos para las residencias o habríamos sentido apoyo institucional alguna vez.

El Princesa de Asturias me lo pueden dar impreso en un folio para colgarlo en mi salón bien orgullosa porque salí de esta, aunque claro, pagando un precio. Ni 200 Princesas de Asturias valdrían como pago.

-Haciendo un ejercicio de imaginación, cuando esta crisis sea historia, ¿Cree que va a cambiar a la sociedad y nuestra manera de relacionarnos de forma sustancial? ¿Desearía usted que lo hiciera?

Creo que sí que va a cambiar a nivel cotidiano, creo que la mascarilla será de uso común como en Japón, muchas personas se concienciarán más, pero al final dependerá de la gente que somos muy volubles. Estoy bastante convencida de que en el tema sanitario no nos va a afectar lo más mínimo porque la gente seguirá pensando que “nos paga para hacer nuestro trabajo”.

– ¿Qué es de su vida después de la Emergencia sanitaria?

Cuando todo pasó, fue cuando tuve que posponer la boda porque nos avisaron de que esto podía ser todo un descanso y en octubre podríamos estar igual. Nos dijeron que cogiésemos vacaciones de junio a septiembre y cogí una parte en junio porque la mayoría de mis compañeros se querían ir en Julio, agosto y septiembre y la verdad es que me sentía exhausta pero entonces el día antes de empezar mis vacaciones noté que tenía ansiedad. No sabía porque estaba así cuando por fin podía descansar y al final he descubierto lo que me pasaba: Me sentía culpable, me producía ansiedad dejar mi puesto porque no quería dejar de hacer malabares por si todo se caía. ¿Y si pasa algo y tengo que volver? ¿Y si pasa algo y no estoy y yo podría haber ayudado? ¿Y si estoy infectada sin saberlo? ¿Debería salir a la calle? ¿Me arriesgo a ver a mis padres y amigos? ¿Y si no puedo descansar? ¿Y si vuelve a pasar lo mismo? ¿Hasta cuándo estaré así? ¿Por qué no tengo ilusión de hacer nada por vacaciones o de celebrar mi cumpleaños? ¿Tan agotada estoy? ¿Por qué se me hace un mundo la idea de moverme de provincia para ir a ver a mis suegros o mi abuela paterna? Yo, que antes tenía una vida social súper activa con fines de semana llenos de planes con un mes de antelación no quiero salir, ¿Dónde está esa persona? ¿Volveré a ser ella? ¿Debería obligarme a hacer cosas? ¿Por qué parece que voy a medio gas? ¿Llegaré a todo? ¿Hice daño a gente sin querer? ¿Tomé buenas decisiones? Y lo peor es que hablando con compañeras todas sentimos miedos de ese tipo, es como si me hubiesen desconectado todos los cables y ya no tuviese las instrucciones para colocarlos en su sitio. ¿Por qué me siento una persona débil? Y luego está la sensación de que le damos igual a todo el mundo, que nos han mentido y han hecho con nosotros lo que querían. Esa sensación es la que creo que me durará más tiempo.

-Y ya para terminar y si me lo permite incluyendo lo personal ¿Qué es lo que más le ha sorprendido e impactado de esta crisis sanitaria económica y social en lo negativo?  ¿Y en lo positivo?

No es que sea negativo pero ese primer día cuando dejaron salir a pasear a la gente tuve mi primer ataque de ansiedad por ver a muchos sin mascarilla y a su aire con lo que habíamos sufrido, sé que no es su culpa, pero para mí fue como que algo me hizo click.

Y de positivo hay tantas cosas… Las muestras de apoyo de todo el mundo, la familia y amigos, los vídeos, la comprensión al saber que yo no quería hablar y lo que me gusta mi barrio. Vivo en un barrio muy humilde que está considerado uno de esos barrios malos de Madrid, pero lo que he visto ha sido todo lo contrario, gente organizándose para atender a otra gente y hacerles la compra, vecinos que ponían su teléfono por si les necesitaban, los aplausos, carteles animándome, gente regalándome mascarillas porque habían escuchado que nos hacían falta en los hospitales… Es algo por lo que me siento muy agradecida, toda esa solidaridad desbordante que han demostrado en mi barrio y mi gente. No hubo caceroladas en mi barrio y a día de hoy siguen aplaudiendo, mi vecina da los buenos días al vecindario por la ventana, los sábados hay vermú en el pasillo de mi edificio manteniendo la distancia de seguridad, pero viéndose, ponen música y hasta hicieron una procesión. También está la unión de las compañeras dándolo todo, las enfermeras, auxiliares, médicos, mi supervisora, las chicas de administración… Lo orgullosa que me siento de haber nacido en uno de esos países a los que denominan PIGS (Portugal, Ireland, Greek, Spain) porque para nosotros nuestros mayores no eran daños colaterales, eran algo importante y lo siguen siendo. Porque igual no nos parecemos tanto al resto de Europa, pero también es cierto que para mí en momentos como éste eso es bueno. Me he llevado muchas alegrías y aunque ha sido una experiencia que desearía no haber tenido espero recordarla algún día con aquella primera tarde en la que toda España aplaudió al unísono.

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