La ciclista de las soluciones imaginarias, El olvido de Bruno y La niña del salto son algunos de sus libros más conocidos. Es uno de los escritores venezolanos con una obra más imaginativa; de hecho, camina por una acera distinta a la de muchos de sus compatriotas que hoy escriben novelas sobre “la era del chavismo”.

“Handke y yo conversamos de vida y literatura. Es el escritor de la duración, del acceso a los otros espacios”

Diario 16 conversa con Edgar Borges, poco antes de que este miércoles 4 de diciembre presente en la librería Juan Rulfo de Madrid la nueva edición de El hombre no mediático que leía a Peter Handke, uno de sus libros más emblemáticos que, siete años después de su lanzamiento, Ediciones Carena (Barcelona) recupera en una nueva edición revisada y ampliada, con prólogo del filósofo Vicente Huici.

 

¿Qué les diría a los lectores que aún no han leído El hombre no mediático que leía a Peter Handke?

Que ante todo es una novela, o una aproximación a una novela. Y digo aproximación porque es una historia fronteriza entre distintas motivaciones que tengo. Hay algo de diario, de investigación, pero también de novela. En medio de esta forma híbrida se cuenta la historia de un escritor que investiga, con cierta dosis de obsesión, la obra de Peter Handke. Este escritor pudiera ser un autista, o un fugitivo del ruido social, lo cierto es que durante un tiempo su única relación comunicacional es con la obra de Handke.

 

¿Y por qué Handke?

Peter Handke es el escritor de la duración, del acceso a los otros espacios, del viaje por los sucesos que pasan inadvertidos en la vorágine del mundo actual. Su literatura es un magistral contrapeso a la rapidez anti natura que nos deshumaniza. ¿Qué otro autor podía servirme como argumento para narrar el encierro de mi protagonista?

 

¿Qué piensa de la polémica que ha originado la distinción del premio Nobel?

Me parece una estupidez que no se hable de la importancia de la obra de Peter Handke, es como si de la noche a la mañana lo políticamente correcto pretendiera barrer con la complejidad de la literatura. Es una tragicomedia que se celebre la literatura como espectáculo y no como arte. Claro, al orden establecido le conviene amansar la literatura. No podemos olvidar que a través de la literatura se pueden abrir puertas, pero también se pueden convalidar los intereses de un determinado poder.

 

En 2017, usted sostuvo un encuentro con Peter Handke. ¿Cómo fue esa reunión?

Una amiga en común le entregó a Handke varios de mis libros allá en Francia, donde vive, incluyendo El hombre no mediático… Años después, con ocasión de que Handke fuera investido doctor honoris causa por la Universidad de Alcalá de Henares, él me mandó a llamar a través del profesor Georg Pichler. El encuentro lo concretamos en el Instituto Goethe de Madrid. Conversamos de vida y literatura.

 

Pasemos a los temas recurrentes en la obra de Edgar Borges. En sus novelas pareciera estar siempre presente la huida, ocurre en La ciclista de las soluciones imaginarias, pero también en La niña del salto. Sus personajes necesitan huir como si fuesen prisioneros. Sin embargo, en el entorno, el grupo, la masa, pareciera sentirse cómoda con la situación y más bien pasa a formar parte de los perseguidores. ¿Es este un elemento importante en su literatura?

Me gusta su interpretación, hay mucho de eso en mis libros. Me interesa contar sobre los que deciden huir, pero también sobre los que deciden formar parte de los perseguidores. En medio del letargo pasa a ser peligroso el primero que se atreve a despertar. Exponer esto desde la ficción es el máximo acto de rebeldía que he encontrado; me interesa la literatura que abre ventanas, que conmociona la cordura del lector.

 

A partir de los graves problemas ocurridos en Venezuela, son varios los escritores de su país que vienen escribiendo novelas sobre esa realidad. El chavismo ha pasado a ser el gran argumento de escritores venezolanos en el extranjero. ¿Escribirá usted alguna novela sobre la realidad venezolana?

La literatura no tiene nacionalidad; la ficción en sí misma es un acto político que trastoca la realidad de un individuo. La acción subversiva de la literatura es individual, íntima, acontece en el lector, en la mirada. Decía el gran escritor Julio Ramón Ribeyro que “Literatura es afectación… Lo que debe evitarse no es la afectación congénita a la escritura, sino la retórica que se añade a la afectación”. Respeto la elección que cada escritor hace de sus temas; mi elección literaria no pertenece a ninguna geografía. Lo define muy bien la escritora Olga Tokarczuk, también galardonada con el premio Nobel, en el inicio de un excelente libro que acabo de leer, Los errantes: “A todas luces yo carecía de ese gen que hace que en cuanto se detiene uno en un lugar por un tiempo más o menos largo, enseguida eche raíces. (…) Mi energía es generada por el movimiento: el vaivén de los autobuses, el traqueteo de los trenes, el rugido de los motores de avión, el balanceo de los ferrys”. En cualquier caso, la narrativa venezolana siempre se ha basado mucho en la realidad sociopolítica, no así la poesía, esta es una expresión de alto vuelo en Venezuela. La poesía venezolana trasciende más allá de cualquier realidad. Creo que la literatura es política cuando crea otros niveles de realidad, cuando es capaz de darle forma a lo invisible; pero verter en un libro estrictamente lo existente es algo más propio del periodismo y es en esa profesión donde cobra sentido.

 

¿Qué vendrá después de La niña del salto?

Enjambres es el título de mi próxima novela, que será publicada en marzo de 2020. Pero en el nuevo año también se reeditarán varios de mis libros anteriores en distintos países.

 

¿Qué haría si no se dedicara a la literatura?

Quizá me dedicaría a pasear con mi gata por algún bosque de Galicia o de Asturias.

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