A bocados, a bocados, me voy a comer la vida a bocados.
A dentelladas, a mordiscos, a besos si es necesario.
Aunque me arranquen los dientes, aunque amordaces
mi boca, aunque me cosas los labios.
 
Shangay Lily, 2015

 

La primera vez que vi a Shangay Lily debió ser en la tele a mediados de los 90. Sus oh my Gods, sus turbantes y sus modelazos me hipnotizaron. Yo no lo sabía entonces, pero Shangay era uno de los pilares de la construcción de Chueca y la identidad gay en España.

Cuando se puso en contacto conmigo para que colaborase en su DIVArio hace siete u ocho años casi me caigo muerta. Nunca le pregunté por qué se fijó en mí – una lesbiana radical, feminista, conocida en EEUU como blogger femme y organizadora de kedadas para butches y femmes en Manhattan, pero escritora nisu (ni su padre la conoce) en España. Para más inri me hizo una especie de corresponsal en Nueva York para su sección cultural (pero mi arma ¿qué te has fumao que yo no escribo por encargo y mucho menos críticas?) dándome manga ancha para ver los espectáculos que me diese la gana y escribir lo que me diese la gana. Repito con énfasis “lo que me diese la gana” porque fui una de las pocas lesbianas a la que la película y la campaña de publicidad para promocionar Los chicos están bien le pareció una puta mierda, lo escribió tal cual y Shangay no me cambió ni una coma. Los cuatro o cinco artículos que escribí para su DIVArio me abrieron puertas en España y Latinoamérica y no sé si en vida llegué a darle las gracias como se las merecía. ¿Besos radicalmente feministas? Sí. ¿Tarjetas llenas de purpurina? Sí. ¿Llegué a darle las gracias? Ahí me quedo con la duda.

Shangay remozó su página web cerrando DIVArio de paso, pero mantuvimos la amistad. Con una generosidad increíble me fue contando su vida y milagros, comparamos historias sobre nuestras llegadas a Manhattan, mundillos LGBT-literarios y guetos gay. Y con una paciencia infinita me ayudó a desdramatizar rupturas, puñaladas, temas laborales… porque yo se ve que me ahogaba en un vaso de agua y Shangay tenía muchas tablas. Nos faltó tiempo para un achuchón y una buena cena con su sobremesa o su paseo largo para hablar de la inmortalidad de las hormigas que yo, muy antigua para ciertas cosas, me dejé temitas en el tintero porque hay temas que creo mejor hablarlos en persona. Paseo que no habría sido ni por Chueca ni por el Village.

Cada vez que paso por el Village se me escapa un suspiro y un anda que si Shangay levantase la cabeza. El Village ha dado un cambio brutal, si me apuras más que Chueca. El 95% de los bares, tiendas, restaurantes y sitios que frecuentó Shangay ha cerrado. Del 2005 que es cuando salí yo del armario a esta parte se han cargado el LGBT Center – antes epicentro de creación y participación en la comunidad LGBT, ahora una corporación más donde si tienes dinero te sientes bienvenido y si no tienes dinero te echan a la calle porque las salas sólo las abren para reuniones, presentaciones, etc. previo pago de los organizadores. Que no digo que no tengan programas que ayuden a personas LGBT y veinte mil grupos de apoyo para que nos ayudemos entre nosotr@s, pero antes podías pasearte tranquilamente por el edificio, conocer a gente, hablar con compañer@s si eras voluntari@ de lo que fuese y echar el rato con ell@s y ahora no ves voluntari@s ni ves a nadie que no esté haciendo gasto (sea en una habitación pre-pagada, sea en la cafetería de diseño que abrieron sin que nadie sepa qué fue del encanto de tío que llevaba antes un carrito muy cutre con café, refrescos y bollería). Se han cargado la diversidad de la zona a fuerza de derribar edificios de tres plantas y construir rascacielos, triplicar y cuadruplicar alquileres, abrir restaurantes de diseño, cadenas de ropa o farmacias, Starbucks y demás que hacen que, si te despistas, no sepas si estás en el Village o en cualquier otra zona de Manhattan. Si me apuras en cualquier calle de Madrid, Londres o París – todo homogéneo, aséptico e inasequible para la mayoría de los mortales. El gueto se ha convertido en un negocio y Shangay saldría corriendo.

No recuerdo haber hablado con Shangay del Orgullo en la ciudad de Nueva York. No sé si bajó por la quinta avenida manifestándose (que no desfilando) algún domingo, con qué grupo lo haría, qué llevaría puesto o si llevaría alguna pancarta reivindicativa. No sé por qué pienso que, si lo hizo y nos está viendo, se muere – imposible que lo hiciera porque Shangay estaba curado de espanto. Soy yo la que no se cree estos cambios. La mercantilización del Orgullo en Nueva York no es nada que no haya pasado en Madrid, él lo explica muy bien en «Adiós, Chueca» (Akal 2016) y lo explico yo grosso modo para quien no se haya leído su libro. Hace diez o quince años el Orgullo aquí era una fiesta, sí, pero la reivindicación y la protesta todavía tenían cabida. Desfilábamos lesbianas, gays, bisexuales y transexuales con y sin pluma, con más o menos ropa, parados, médicos, abogados, profesores, que vivíamos en albergues o pisos de amor y lujo, gente sana y gente enferma, de todos los colores y todos los tamaños, de todas las edades, con años de activismo a nuestras espaldas o recién llegados a escena, los políticos brillaban por su ausencia y en las escasas carrozas de bancos y otras corporaciones íbamos LGBTs que trabajábamos desde dentro para visibilizar y mejorar las condiciones de nuestros compañeros. Ahora los políticos de turno casi que abren la manifestación, los grupos históricos de gays y lesbianas han ido desapareciendo, ya no desfilan enfermos sino las compañías farmacéuticas que se benefician de enfermedades para las que no consiguen encontrar cura pese al dineral que sacan de todas partes (tiene mas glamur una carroza con gente repartiendo abanicos que un grupo de sidos@s con carteles reivindicativos) y en las carrozas de bancos, revistas, canales de televisión, etc. van las tres lesbianas o bisexuales famosas de turno y una corte de heteroflexibles que tontean con el lesbianismo para (re)lanzar sus carreras o llevárselo calentito (porque se suben a las carrozas cobrando claro). Heteroflexibles que luego a lo mejor votan por Trump como allí puede haber famosos súper modeLnos que salen por Chueca, participan en el Orgullo y luego defienden al PP a capa y espada o se quedan callados cuando a su vecino y amigo gay lo llaman maricón por la calle.

Aquí se han librado de la pluma, de lo incomodo, privatizando el Orgullo. Si hace veinte o treinta años participar en la marcha o manifestación del Orgullo con tu grupo era gratis, hace diez empezaron a cobrar. No contentos con que cada grupo pagase equis cantidad por persona, decidieron también cobrar por coche y/o furgoneta y por el derecho a poner música. Después subieron los precios sin tener en cuenta que muchos de estos grupos no funcionaban ni tenían los ingresos de una ONG o una empresa. Ahora muy pocos parados, enfermos, grupos históricos de gays y lesbianas (como la Butch Femme Society, yo siempre arrimando el ascua a mi sardina) podemos permitirnos el coste de manifestarnos y tenemos la opción de o quedarnos en casa o manifestarnos con algún grupo con el que no terminemos de comulgar y/o alguna ONG. Entiendo que un banco o una gran empresa tenga una serie de normas (nada de alcohol, nada de enseñar carne, nada de canciones, besos en la boca o bailes subidos de tono que puedan ofender a la gente, etc.) porque el Orgullo para ellos no deja de ser una oportunidad de marketing y si sale algún participante medio desnudo y borracho en la prensa local les jode el publirreportaje. Pero me duele que grupos LGBT y ONGs sigan el patrón de heterogeneidad haciendo que voluntarios y espontáneos (gente que se apunta a última hora porque bajar por la 5a Avenida es un subidón) se pongan la misma camiseta, lleven carteles muy pensados antes de llevarlos a imprenta y no saquen mucho los pies del tiesto; lo que ellos se juegan es el patronazgo de grandes empresas, bancos, farmacéuticas y otras multinacionales.

Shangay y yo también tuvimos tiempo para el ARTIVISMO y aprender (yo) muchísimo. Seguía su columna en Público e intentaba ayudar en lo posible a visibilizar temas como la homofobia internalizada, la detención del iraní Nemat Safavi, el caso CS 13 Rosas o la campaña anti-feminista del PP que era raro ver en los medios mainstream que Shangay por otra parte detestaba. A veces pasé miedo porque Shangay no le tenía miedo a nada. Shangay era libre. Un@ tiene que ser libre para romper una foto de Esperanza Aguirre en directo en Telemadrid (vetadísimo, no volvieron a llamarle nunca), escupirle al medallón de Franco en Salamanca, protestar por la inmatriculación de la Mezquita de Córdoba denunciando de paso el pensamiento antediluviano de la Iglesia o plantarle cara al presidente de un gobierno. Perdonad si me equivoco, creo que ningún/ otr@ activista LGBT en España ha tenido los cojones/ovarios de liársela a ningún político como Shangay se la lió a Rajoy. Mi miedo era que por menos se han cargado aquí a gente. Pero curtido después de traiciones y puñaladas traperas como los pseudo-amigos, socios, trepas y oportunistas que le robaron revista años ha, le boicotearon, intentaron echarle de la noche en Madrid y le putearon todo lo que quisieron, Shangay no se amilanaba por nada. Mucho menos por un panda de trolls cristofascistas vomitando veneno alegremente desde el anonimato.

Luego llegó el cáncer… yo no sé si no éramos tan amigos-amigos, si lo reservó para sus íntimos en Madrid porque yo desde aquí poco podía hacer, pero cada vez que salía el tema Shangay me decía que estaba todo controlado y con perspectivas muy buenas. Tener quimio cada dos semanas indefinidamente era una putada, pero comparado con amigas de aquí que tenían quimio y radiación todos los días yo creía que la cosa iba bien. Shangay no se quedó en casa esperando la muerte. Siguió entrando y saliendo, prestando su poder de convocatoria desinteresadamente a quien lo necesitaba, viendo a amig@s, creando, escribiendo y publicando. De esta época es su libro «Plasma Virago» (Huerga y Fierro, 2015), de lectura no ya recomendable sino obligatoria.

Releyendo sus libros, sus emails y mensajes privados me he dado cuenta de que de mayor quiero ser Shangay. No por las fiestas, las revistas, el salir en la tele y glamures varios. Yo quiero ser Shangay por su resiliencia, su incombustibilidad, su valentía, su generosidad y paciencia infinitas, su coherencia, su capacidad de ponerse el mundo por montera y su no venderse nunca.

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