La historia del ‘procés’ de independencia en Cataluña es la historia de la evolución personal y política de su gran progenitor, promotor y fuente de inspiración: Artur Mas. Como sucesor y delfín de Jordi Pujol, fue él quien activó la maquinaria de la independencia y colocó a un hombre de su plena confianza, Carles Puigdemont, para que sostuviera el timón mientras su figura pasaba a un segundo plano. Era la maniobra que convenía a la derecha catalana en aquellos momentos en los que su principal partido, Convergencia Democrática de Cataluña (CDC), pilar del pujolismo y durante décadas llave de la gobernación en España, era acosado por graves escándalos de corrupción como el 3 por ciento.

Hasta ese momento crítico Mas nunca había sido un independentista pata negra, es decir, un revolucionario de cuna. De hecho, cuando el Estatuto de Autonomía de Cataluña de 2006 pasó el trámite del Congreso se reconoció como un nacionalista “tolerante y moderno”, pero integrado en el conjunto de España. Aquella posición mesurada en lo ideológico cambió radicalmente en 2010, tras la polémica sentencia del Tribunal Constitucional que declaró ilegales varios artículos del nuevo Estatuto. Fue entonces cuando Artur Mas decidió dar el paso definitivo y transformarse en el más intransigente de los conversos soberanistas, declarándose partidario del derecho a decidir. Una evolución política contra la que nada habría que objetar (a fin de cuentas toda persona tiene derecho a cambiar de opinión a lo largo de su vida) de no ser por un pequeño detalle: cinco años antes su predecesor al frente de Generalitat, el socialista Pasqual Maragall, le había apuntado con el dedo, a él y a su partido, acusándole del cobro de comisiones ilegales en un porcentaje del 3% del presupuesto de las obras públicas que adjudicaba el Gobierno autonómico de Convergencia i Unió. Aquella acusación le convenció definitivamente de que debía refundar el partido para pasar página y olvidar el pasado (PDeCAT) dar el paso a la independencia y romper con un Estado, el español, cuyos policías empezaban a meter las narices incómodamente en las cuentas de la formación. De la noche a la mañana, la derecha catalana ya no quería más transferencias ni dinero para inversiones, renunciaba a su papel de bisagra institucional con los gobiernos del Estado y abrazaba el independentismo como fuga hacia adelante.

Hoy Artur Mas ha pasado por el Tribunal Supremo para declarar como testigo en la causa del ‘procés’. Fue él quien lanzó la piedra de la independencia y escondió la mano, dejando que otros se despeñaran en una aventura descabellada que no podía tener un final feliz. Milagrosamente, Mas no está entre los acusados ni entre los patriotas exiliados, y hoy se irá tranquilamente a comer a su casa mientras aquellos a los que arrastró en su delirio tragan el rancho de los calabozos. Él sabía desde el principio que aquel tremendo embrollo del referéndum sería la cortina de humo perfecta para que se hablara de otra cosa que no fuera el 3 per cent. Mientras tanto, miles de catalanes, ilusionados con un proyecto de República que Mas sabía perfectamente que no sería posible, se dejaron arrastrar por sus promesas.

En su declaración, el honorable expresident ha reconocido que estaba al tanto de la hoja de ruta. “La CUP incumplió su compromiso de apoyar los presupuestos y Puigdemont decidió someterse a una cuestión de confianza. No recuerdo que la CUP pusiera como condición el referéndum, que se decidió llevar a cabo por distintos motivos”. En ese punto el fiscal Javier Zaragoza le ha apretado las clavijas: “¿Puso la CUP esa condición?” “No digo que no, quizá sí, pero no fue el único motivo para celebrar el referéndum”, respondió el expresident. En el fragor del interrogatorio, el presidente de la Sala, Manuel Marchena, echó un capote a Mas recordándole al fiscal que cuando el político catalán insinuó esa posibilidad lo hizo en la fase de instrucción de la causa. Entonces figuraba como investigado y no tenía la obligación de decir la verdad.

Mas ha admitido que participó en reuniones con los acusados por el ‘procés’ a lo largo del año 2016. “No sé si fue en febrero, no sé precisar, pero sí, fui a varias reuniones. Si me pregunta mes por mes la respuesta es la misma. No sabría precisar”, alegó a preguntas del fiscal. “Siempre fui convocado por el presidente de la Generalitat. Se habló de la celebración del referéndum. Sobre la ley de transitoriedad jurídica hubo debate, pero no estaba claro a juicio de algunos que esa ley fuese imprescindible. Era evidente que sería inmediatamente impugnada y suspendida por el Tribunal Constitucional, como así fue”, añadió. Entonces el fiscal volvió a insistir en por qué si la hoja de ruta reflejaba que el referéndum sería la última opción los líderes independentistas votaron por adelantar la consulta al 1-O. La respuesta de Mas fue que “la mayoría de los que impulsaban la decisión pensaron que era el mejor escenario. Se alteró la hoja de ruta inicial”. En ese momento el fiscal quiso saber si en algún momento escuchó en aquellas reuniones que se debería llevar a cabo el referéndum de forma unilateral, es decir, no pactada con el Estado. “Yo siempre escuché que se debían acordar los términos del referéndum con el Gobierno español. Lo escuché a Puigdemont, que ofreció pactar la fecha, la pregunta y las condiciones, y eso es que quería hacerlo no unilateralmente sino de acuerdo con la otra parte. Fue luego cuando se escuchó: o referéndum o referéndum”, repuso Mas.

“¿Se habló de conseguir al menos el 50 por ciento de los votos para llegar hasta el final?”, volvió a la carga Zaragoza. “Teníamos la experiencia del 9N de 2014, cuando fue a votar el 42 por ciento y hubo un voto masivo a favor; en 2017 votó la misma gente, también con voto mayoritario a favor de la independencia”, contestó el expresident.

“Pero la consulta del 9N no era vinculante…”, sugirió el fiscal. “Jurídicamente no, pero políticamente sí. El 1-O se quiso que fuera vinculante desde el punto de vista jurídico pero no se consiguió. No hubo declaración de independencia. Hubo algo que no era lo mismo, pero perfeccionaba la consulta del 9N. Fue una manera de ampliar lo que había ocurrido en noviembre del 2014”, agregó. Mas reconoció que hubo una declaración de independencia en el Parlamento catalán, pero recordó que el 21 de diciembre hubo unas nuevas elecciones convocadas por el presidente del Gobierno español, en la que participó el 80 por ciento del electorado y se mantuvo la mayoría absoluta a favor de la independencia. “Coja la fotografía completa”, sugirió Mas al fiscal.

Tampoco quiso Mas pronunciarse sobre la ley de transitoriedad que debía romper con el actual ordenamiento jurídico español y crear un nuevo marco legal hacia la República. “Esa ley era la expresión jurídica de que no se llegara de cualquier forma a la independencia sino a través de un proceso ordenado que garantizara la seguridad jurídica de todo el mundo”, alegó Mas. “Luego era la norma suprema de Cataluña a la manera de un proceso constitucional…”, remarcó el fiscal. En ese momento un Machena más garantista que nunca rechazó la pregunta de Zaragoza e invitó a las partes a tomarse un descanso. Y Mas se volvió tranquilamente para Barcelona.

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