Hay quien dice que de esta crisis emerge un líder, un estadista, un héroe: el alcalde de la Villa de Madrid, José Luis Martínez-Almeida. Quién iba a decirlo de un hombre que hace apenas unos días dejaba boquiabiertos a unos pequeños colegiales, a los que aleccionó diciéndoles que entre salvar Notre Dame y el Amazonas prefería rescatar la catedral parisina y que le dieran mucho al pulmón verde del planeta. Pero tras dos semanas de pandemia, el alcalde se ha hecho mayor, ha madurado, su figura se agiganta y hasta parece otro. El dolor y el sufrimiento del pueblo de Madrid ante este nuevo Dos de Mayo que el destino le ha deparado ha terminado por curtir al gobernante de la cabeza a los pies. Según sus hagiógrafos de la caverna, simpatizantes y fans, la imagen pública del primer edil del Partido Popular sale supuestamente reforzada por su notable gestión al frente de la pandemia de coronavirus.

A Martínez-Almeida se le atribuye haber destacado en la crisis por su papel constructivo y eficaz; por su esfuerzo, espíritu colaborativo y abnegación hasta el insomnio (trabaja de sol a sol hasta caer rendido en su despacho del Ayuntamiento); y también, por qué no decirlo, por su valentía y arrojo: lo mismo se le ve en el Arca de Noé de Ifema, en primera línea de combate aplaudiendo a los sanitarios con una mascarilla que le cubre el rostro, que al frente del gabinete de crisis o en la inmensa morgue improvisada del Palacio de Hielo, de donde dijo salir “conmocionado y afectado”.

Almeida se ha convertido en emblema y símbolo del hombre entregado a su ciudad, el enfermero cercano a su pueblo, la cara más humana de la política. Ya hay quien lo compara con Winston Churchill (el que dijo aquello de “no tengo nada que ofrecer sino sangre, sudor y lágrimas”) y hasta el ex presidente del Gobierno, Felipe González, ha alabado su gestión frente a la “inexperiencia” y bisoñez de la muchachada de Unidas Podemos. Lo de González es ya un caso digno de estudio en las facultades de Ciencias Políticas, cuando no en las de Parapsicología. A este paso, el patriarca socialista terminará ingresando, en su constante evolución ideológica, en las filas de Vox. Al tiempo.

Pero no es el momento de hablar de FG. Martínez-Almeida está aprendiendo lo que es la vida y la enfermedad. Él mismo cuenta que cierto día “se asomó un hombre a un balcón y le dijo: Nosotros somos contingentes, pero tú eres necesario”. Eso le llegó mucho; fue como una revelación que le llevó a empuñar aún con más fuerza su Tizona contra el dragón de mil cabezas de Wuhan.

Sin embargo, como todo hombre inmortal, José Luis Martínez-Almeida tiene sus claroscuros, su reverso, su corazón de las tinieblas. El alcalde se ha descolgado en las últimas horas con unas declaraciones en las que califica “positivamente” la vuelta a la actividad laboral de miles de madrileños y la reactivación de los servicios no esenciales como la construcción y la industria, una medida decretada por el Gobierno que puede suponer un peligroso rebrote de la enfermedad. “Me parece razonable que se abandone ese estado de ‘hibernación’. Tenemos que reactivar la economía lo antes posible. Con todas las precauciones necesarias, debemos empezar a afrontar esa emergencia económica y social. No podemos demorarlo ni un minuto más”, ha sugerido el nuevo Carlos III de los madrileños.

Y aquí es donde a Almeida vuelve a aflorarle el furibundo neoliberal que todos los del PP llevan dentro. Cuando se trata de elegir entre el humanismo sanitario, que está muy bien, y el sagrado capital como primer patrimonio a preservar, emerge el capataz duro y recio, el guardián de las esencias del libre mercado, el fiel delfín del dólar y la Bolsa. Fue el divino Voltaire el que dijo aquello de que “quienes creen que el dinero lo hace todo, terminan haciendo todo por dinero”. Almeida estaba cuajando una gran actuación hasta el momento, una interpretación convincente como buen samaritano en medio de esta peste negra que destruye personas, familias y sociedades enteras. Hasta que hoy, por fin, se ha quitado la mascarilla y le ha salido el patrón que cualquier adepto de derechas lleva dentro. De modo que todos al tajo y al andamio. Sí bwana y sin rechistar. 

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