Margarita Gil, la costurera gaditana de 84 años que está cosiendo 50 mascarillas al día con sus propias manos para ayudar a los hopitales, es el ejemplo de lo mejor de este país. Hace unos días, le dijo a su hijo: “Yo no puedo estar de brazos cruzados viendo cómo pasa esto, enterándome de que cada vez hay más enfermos y más muertos por coronavirus. Me voy a poner a hacer mascarillas”. Y se puso a hacer mascarillas.

Margarita no es de los que hablan o disertan sobre el germen maldito, ella actúa; Margarita no divaga sobre si hay que hacer esto o aquello, sobre si hay que llevar más camas a Ifema o cerrar Murcia entera, ni juega a ser Ramón y Cajal, como otros muchos españoles que estos días hablan del Covid-19 como si fuesen eminentes epidemiólogos de Harvard. Esta plaga ha traído otra consigo, la de los listillos y expertos virólogos que salen a patadas, por todas partes, gente que sin haber abierto un libro de Medicina en su vida ya sabe lo que toca hacer en cada momento y no pierde un solo instante para desmontar los supuestos errores del Gobierno y de Fernando Simón. Ya dijo Baltasar Gracián que el primer paso de la ignorancia es presumir de saber.

Pero Margarita no. Margarita no es de esos. Ella simplemente sabe que ha llegado el Apocalipsis, la peste negra de nuestro tiempo, y que es hora de remangarse sin perder ni un minuto. Margarita no tiene miedo a caer en la UCI con una botella de oxígeno ni queda paralizada por el pánico. Es una mujer de acción, no una demagoga barata ni una oportunista. Por eso desenrolla la tela blanca de algodón y pone su máquina de coser a pleno rendimiento, echando humo, a toda mecha, dando lo mejor de sí por los que sufren, como una Penélope que ama, no a su Ulises perdido, sino a toda la humanidad. La señora Margarita es una superviviente de la posguerra, del toque de queda y de la noche del franquismo, una brava de aquellas que sacó adelante a su familia con coraje y con cartillas de racionamiento, cuando a un pedrusco lo llamaban pan y la cena se reducía a un vaso de leche en polvo aguada y sin azúcar. Aquello sí que era una jodida crisis y no esto. Aquellos españoles de posguerra eran tan nobles como duros, resistentes de verdad. Hoy la gente se pone nerviosa porque la confinan treinta días en sus casas para que no pillen el bicho; o se indignan porque no pueden bajar a la tienda a comprar una cerveza; o piden cabezas y dimisiones porque no la dejan irse al chalé en la sierra o a la playa de puente.

Margarita sabe lo que es la vida. Apretar los dientes, callar, no quejarse de lo que nos ha caído encima, como no se quejaba de la dictadura de Franco, una peste todavía peor, y coser, coser, coser sin parar, diez mascarillas, veinte, cincuenta… las que hagan falta mientras sus dedos encallecidos y sus fuerzas le den para mantenerse en pie. Hay muchas Margaritas en España, Margaritas como esa estudiante de Enfermería que se presenta en el hospital como voluntaria para ser reclutada en las trincheras de Urgencias con sus pasillos rebosantes de enfermos y cadáveres; o ese solitario conductor de un autobús fantasma, sin pasajeros, que cumple fielmente con su trabajo, como si nada hubiese ocurrido en el mundo; o esa cajera de supermercado con mascarilla y guantes que levanta una bolsa de fruta para dársela amablemente a una cliente, que le dice: “Gracias, niña, por todo lo que estáis haciendo por nosotros”.

España entera está llena de Margaritas. Mujeres y hombres valientes, nobles, honrados. Ángeles de luz con los que no contábamos en medio de este infierno de oscuridad casi medieval, almas buenas, puras, heroínas y héroes anónimos a los que nunca podremos olvidar ni agradecer suficientemente su altruismo infinito. Están las valientes y ejemplares Margaritas que cosen día y noche porque saben que una mascarilla puede salvar una vida más –como aquel Oskar Schindler obsesionado con rescatar del horno crematorio a un judío más− y luego están los otros, los feos de espíritu, los tenebrosos, los granujas, los coléricos, los maniobreros, los trapisondistas, intrigantes y taimados que esperan cualquier oportunidad, aunque sea una tragedia universal con miles de muertos, para sacar provecho personal. Como el secretario general del PP, Teodoro García Egea, que ha abierto la veda contra el Gobierno Sánchez, al que acusa de “total imprevisión”, de “inacción” y de no “tomarse en serio la crisis”. García Egea, ese que presume de patriota, es capaz de oler la sangre política en medio del cementerio de cadáveres que es España, lo cual estremece. Este sí que no da puntada sin hilo. Solo que, en grandeza, no le llega ni a la suela de los zapatos a la maravillosa señora Margarita.

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