Margallo está sembrado. El reputado exministro de Exteriores del PP sale ahora con que esto es un linchamiento público intolerable contra el rey emérito que no ocurriría en ningún otro país del mundo y defiende que el monarca es una “persona privada” que puede entrar y salir de España cuando quiera porque no tiene que dar explicaciones a nadie. Más allá de lo esperpénticas que resultan tales declaraciones (es un auténtico absurdo considerar a un jefe del Estado como un señor que pasaba por allí sin rendir cuentas con nadie) nos encontramos ante la opinión lógica de alguien que milita en un partido que durante años ha sido demasiado tolerante con la corrupción.

El monarca abdicado ha cometido actos muy graves que deben ser investigados en sede judicial y parlamentaria. Otra cosa sería degradar el sistema y devaluar la democracia española aún más de lo que ya está, colocándola a la altura de una dictadura bananera. Sin embargo, el discurso que elaboró Margallo anoche, en el programa Hora 25 de la Cadena Ser, va en la dirección totalmente opuesta: disculpar, amparar y comprender los vicios y errores del rey emérito, que para él debe ser algo así como un dios intocable que está por encima del bien y del mal, también por encima de la ley. Es decir, aquella “lógica española” endémica y perversa que ya denunciara en su día Benito Pérez Galdós: el pillo delante del honrado; el ignorante encima del entendido; el funcionario probo debajo, siempre debajo.

Margallo insinúa además que el escándalo que envuelve a Zarzuela es una “maniobra” de ciertos sectores de la izquierda para cambiar el régimen político en España, abonando así el terreno a una nueva teoría de la conspiración. Resulta curioso comprobar cómo, en este país, cada que vez que estalla un asunto grave de corrupción, los dirigentes de la derecha patria lo tratan como una conjura, un complot, una confabulación de alguien que odia al Partido Popular. No es necesario recordar aquí cuando en tiempos de Mariano Rajoy, y en plena pandemia de casos judiciales, Génova 13 arremetía contra la Policía, la Guardia Civil, la Fiscalía, los jueces honrados y los periodistas que simplemente hacían su trabajo investigando a los rateros, chorizos y descuideros que amasaban inmensas fortunas en ayuntamientos, despachos ministeriales y comunidades gobernadas por el partido de la gaviota. Pues por lo visto la estrategia sigue siendo la misma ahora que toca esclarecer qué ha ocurrido con el dinero oculto del anterior jefe del Estado. Cualquier cosa menos exigir transparencia, luz y taquígrafos. La verdad debe ser el primer punto del programa político de todo gobernante, pero los españoles se han acostumbrado ya, después de tantos años de mentiras y estafas, a que sus dirigentes jueguen a la retórica, a la cortina de humo y a la confusión para tapar el hedor de las cloacas.

En el fondo, lo que ocurre es que Margallo es un nostálgico al que le une una cierta relación personal con el rey emérito. No en vano, como ministro de Exteriores que fue, acompañó a Juan Carlos I por todo el mundo en sus muchos viajes oficiales, hasta la abdicación del emérito en el año 2014. La estrecha colaboración que existió entre ambos hace que Margallo se sienta ahora abatido, “triste y preocupado” por el monumental escándalo que persigue desde hace meses a la Casa Real. En ningún momento dice que esté consternado por los paraísos fiscales, por las comisiones del AVE a la Meca, por los testaferros y transferencias de los jeques árabes a cuentas suizas del emérito, todos esos tejemanejes que están poniendo la democracia española al borde del abismo. A Margallo lo que le quita el sueño es el supuesto linchamiento injusto a que está siendo sometido el patriarca de la Transición. “Si ha habido irregularidades, se debe juzgar aplicando la ley, aplicando la presunción de inocencia y la separación de poderes. Hasta ahora no ha habido ninguna condena. Si la hay, habrá que proceder, pero no entiendo el linchamiento que se está produciendo”, ha sentenciado el ex de Exteriores.

Margallo debería dejarse de sentimentalismos baratos y nostalgias pasadas, más aún cuando él mismo ha reconocido ante los micrófonos que se reunió en al menos dos ocasiones con Corinna Larsen, a petición del rey Juan Carlos I, de modo que se ha convertido en un testigo directo del affaire. “Yo tuve dos reuniones privadas en las que estaba la señora Larsen. Nunca se habló de negocios ni de nada que tuviera que ver con mis responsabilidades políticas. Jamás se habló de esos temas. Fueron a petición del rey. Me dijo que iba a tener una reunión con Corinna, pero eso lo he declarado desde el minuto uno. No hubo más que dos reuniones sociales y no se habló de ningún tema de este tipo. Se habló de lo que se habla en una reunión privada, no me parece sensato desvelar el contenido”. ¿De qué se trató en aquellos encuentros que revela el señor Margallo? ¿De cómo se caza un elefante, de los grandes resorts de lujo de Botsuana, de las regatas de Sanxenxo? Aunque, tal como asegura el exministro, fueran “reuniones sociales” donde no se trató ningún tema relacionado con las presuntas irregularidades que rodean a Don Juan Carlos, tuvo contactos con los hechos y debe contar todo lo que sepa. Como también debería aclarar eso que dice de que ha visto al emérito “conseguir grandes contratos para empresas españolas”, aunque después matice: “Jamás sospeché que esos contratos para empresas españolas pudiesen ser así”.

Las piruetas dialécticas de Margallo son tan forzadas que llega al sarcasmo de negar que Juan Carlos I sea rey de España. “Por supuesto que no lo es. Tiene título de rey, pero no lo es. Tiene un título honorífico, pero el rey de España aquí, que no es una república bananera, es Felipe VI y punto”. Lo dicho: según Margallo el emérito no es nadie. Solo un alquilado de Zarzuela, un viajante que iba y venía y que estaba a sus cosas, un anónimo ciudadano que pasaba por la historia sin molestar a nadie. Patético.  

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