Hace muchos, muchos años, me invitaron a una actuación de Les Luthiers. Y confieso que la primera vez que vi sobre el escenario a aquellos señores de riguroso traje negro y extraños instrumentos musicales fabricados con variopintos materiales sentí ganas de escapar del teatro. ¿Otra vez el latazo del teatro experimental con música rara? ¿De dónde salen esos tipos con pintas de enterradores?, me pregunté. Sin embargo, al primer chiste ya me habían ganado. Y me hice adicto a la retranca argentina para siempre.

Hoy se nos ha ido uno más de esa entrañable familia de locos maravillosos. Marcos Mundstock, el erudito del legendario grupo humorístico, ha fallecido en Buenos Aires a los 77 años. Es la tercera baja trágica e irreemplazable, ya que viene a sumarse a la muerte de Gerardo Masana en 1973 y del gran Daniel Rabinovich en 2015. Mundstock era un mago de las palabras, un malabarista, o mejor quizá un alquimista que sabía exprimir todo el jugo y todo el poder cómico oculto bajo el lenguaje hasta construir monólogos y diálogos descacharrantes. En realidad un humorista es un minero que extrae las pepitas de oro enterradas bajo el filón de las palabras. Y eso es lo que hacía Marcos, picar en la veta del diccionario, depurar cada letra y obtener el diamante.

Mundstock deja chistes memorables que lo ponen a uno a cavilar: “Propongo que un ‘lo que canta un gallo’ equivalga a dos ‘santiamenes’ y a ‘cuatro periquetes’. Y que un ‘me pareció un siglo’ sea igual a la cuarta parte de una eternidad o a un 0,33 por ciento de ‘ya no veo la hora”. Aritmética y relativismo einsteniano todo en uno. O esta otra sutileza agropecuaria: “Cuando alguien dice me importa un comino, ¿en qué está pensando, en más o en menos que ‘me importa tres pepinos’ o en medio pimiento?”.

En Les Luthiers nuestro admirado Mundstock interpretaba el papel de experto entendido, ya fuera de música clásica o de psicoanálisis de la corriente argentina, en definitiva un pretexto para satirizar la alta cultura y el mundo de los pedantes, sabiondos e intelectuales que se creen por encima del bien y del mal. Recuérdese aquel otro gag sobre un joven escritor que acude a un “taller” literario para que le arreglen un relato corto y le pregunta flemáticamente al profesor, como si se tratara de un coche averiado: “¿Podrá estar para el martes?” Y tampoco podemos dejarnos atrás aquel magnífico juego de palabras de carácter erótico tan perfecto y redondo en su aparente sencillez: “Manual de autoayuda o autoayuda manual”.

Sería imposible enumerar todos sus golpes, ya que Marcos Mundstock fue un artesano del humor inteligente, fino y elegante que fabricó mucha risa y buena. Por ejemplo, según el humorista, el monólogo se produce cuando habla uno solo; pero si se trata de dos, en lugar de “monólogo” deberíamos llamarlo “biólogo”. De una lógica científica aplastante.

Con sus ojos vivaces de ratoncillo perspicaz y su picardía bonaerense, Mundstock hizo reír durante décadas a varias generaciones. Podían pasar los años, pero su humor no pasaba de moda. Cuando salía a escena de riguroso esmoquin, junto a los demás compañeros del grupo, y abría aquella partitura, libro o lo que fuese sobre la biografía del misterioso compositor Johann Sebastian Mastropiero, la carcajada estaba más que asegurada. Entonces, bajo el cañón luminoso del escenario que agigantaba su figura, estallaba un castillo de disparatados fuegos retóricos, palabras, retruécanos, paronomasias, calambures y demás tropos con los que el espectador terminaba retorciéndose de risa en su butaca. Como todo el mundo sabe, Johann Sebastian Mastropiero no era más que un personaje ficticio, un arquetipo inventado por los Luthiers para satirizar a los compositores clásicos siempre tan engolados y displicentes con la música popular, aunque con el tiempo terminó siendo más famoso que el mismísimo Beethoven y cualquier día se estudiará en los conservatorios.

Creíamos que Les Luthiers no se iban a morir nunca. Otro duro golpe de la vida, maldita sea. Nunca olvidaremos al señor Mundstock. Afortunadamente nos quedan sus vídeos antológicos, decenas de representaciones y horas de humor en los mejores teatros del mundo. Hoy, en medio del confinamiento, la desesperación y la tristeza que se apodera de nosotros sin que veamos la luz al final del túnel, lo mejor que podemos hacer es acercarnos a la estantería, coger un DVD de Les Luthiers, servirnos una copa de vino y repantigarnos en el sofá para reír, reír sin parar. Y que le den al puto bicho de Wuhan.

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