Si se piensa que quien falleció ayer fue Diego Armando Maradona es cierto, pero no alcanza a describir quién fue quien murió ayer. Porque el que falleció es más que un hombre, es la personificación de la esencia de los argentinos. No murió el mejor futbolista de la historia ni el argentino que hizo más famoso a su país en el resto del mundo, no, murió quien representaba más fielmente a los argentinos. Con sus luces y con sus sombras, con sus aciertos y sus errores, quizás nadie como él personificó la genialidad y la debilidad.

Diego Maradona fue quien llevó al éxtasis deportivo a un país, cuando en 1986 al frente del seleccionado de fútbol, consiguió el Campeonato Mundial en México, y fue con quien crecimos los de mi generación mirando fútbol. Para los cuarentones y algunos treintañeros, Maradona es sinónimo de fútbol, aunque no solo eso.

Fue quien saliendo de una villa miseria llegó al olimpo planetario y consiguió que un equipo pobre del sur italiano pusiera de rodillas a los gigantes del norte de aquel país.

Maradona fue todo eso, aunque no solo eso… también fue el mejor exponente de la viveza criolla, cuando en aquel mundial de 1986 consiguió un gol de manera ilegal, con la mano de dios.

En un país que no acepta las muertes y prefiere llamarlos pasos a la inmortalidad e incluso afirma que sus ídolos no mueren, Maradona no puede morir.

Por eso no murió solo una persona, es mucho más que eso.

Por eso el Presidente de la República decretó tres días de duelo nacional y suspendió sus actividades.

Por eso se puso a disposición de la familia la Casa Rosada para velarlo en sus instalaciones, como en 1995 se velara a Juan Manuel Fangio.

Por eso se espera más de 1.000.000 de personas en su despedida.

Porque con Maradona se va, quizás, el mejor interpelador de la argentinidad.

Porque ver el accionar de Maradona era ver el proceder del argentino medio. Por eso en un país que sigue sin clases presenciales ni espectáculos masivos después de 8 meses, el Gobierno no solo permite, sino que alienta, la realización de una despedida masiva del ídolo. El mismo gobierno que dio la espalda en tantas cosas al sentir ciudadano, ahora lo complace, incluso contradiciendo su propio accionar.

Sí, porque mientras miles de personas no pudieron despedir a sus familiares en medio de la pandemia, el Gobierno ‘autoriza’ de hecho uno de los mayores velorios de la historia, demostrando así también sus propias incoherencias y contradicciones.

Porque quien murió es mucho más que el argentino más famoso de la historia.

Porque quien murió es mucho más que ‘el Diego’.

Porque murió un líder espiritual. Sí, en Argentina está la ‘Iglesia Maradoniana’, cuyo máximo líder es, obviamente, Diego Maradona y que celebra su Navidad cada 30 de octubre.

Porque murió quien supo plantarse al poder de turno para defender sus ideas, aunque también supo acercarse a quien antes y después combatió.

Porque murió un tipo con incoherencias y contradicciones, como todos. Un tipo que no pudo vivir libremente su vida, como ninguno.

Porque murió un tipo que hizo feliz a los argentinos, sin distinción de clases ni de ideas. Y gran parte de sus connacionales se lo reconocieron aplaudiendo al 10, durante 10 minutos, a las 10 de la noche.

Porque el tipo que hizo mil gambetas, esta vez no pudo gambetear la muerte.

Aunque a muchos no les guste ese espejo y no quieran reconocerse en él, ayer no murió Maradona.

Ayer murió uno de los nuestros.

Ayer morimos un poquito todos los argentinos.

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