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Maradona: el hambre de Dios

Francis López Guerrero
Profesor de lengua y literatura.
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análisis

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Pese a que hoy día está sometido a una mercantilización brutal y a los designios del espectáculo y no del juego y el deporte, el fútbol es revelación, un veneno curativo. Una golosina espiritual para grandes y pequeños. Es la alegría del pueblo, un sociólogo diría el opio del pueblo, que más o menos viene a ser lo mismo. El fútbol es Garrincha intentando el regate imposible al alcohol en la banda derecha de las sombras y los miedos. El fútbol es un chiquillo celebrando con su padre un gol de su equipo en un estadio lleno a rebosar. El fútbol es Maradona deambulando cojo por el centro del campo con el tobillo hinchado como una papa y las botas sin acordonar, pero mirando, pero siguiendo a la pelota con ansiedad, como un niño. Agarrándose a la vida, que es el fútbol, ese veneno curativo que te llega hasta el tuétano.

Siempre destiló talento y fue ingenioso dentro y fuera de un terreno de juego. Un día declaró que se había criado en un barrio privado; privado de luz, de agua, de teléfono. Privado de todo. Se había criado en la más absoluta de las miserias. La creatividad, el ingenio, es distinción, es carácter, y el carácter es destino, y el destino de Diego Armando Maradona fue una venganza incontrolada contra la infancia y sus penurias.

Tenía la mano de Dios y también tenía la pierna izquierda de Dios. El Dios del Universo le concede a la pobreza el don y el instinto de la picardía y la genialidad. Pero, definitivamente, Maradona nunca fue el hombre de Dios, ni ninguna parte anatómica del Todopoderoso. No era externo ni aparente, era más hondo y se movía por dentro. Maradona era el hambre de Dios, esa que le pega dentelladas al silencio de los hombres y, valga la paradoja, alimenta a los ojos y al espíritu como un pan infinito. Maradona no jugaba al fútbol ni competía, eso es cosa de futbolistas, Maradona se nutría y nutría, alimentaba y se alimentaba con el balón en los pies. Quien lo veía quedaba saciado, que es más que prendado, aunque fuera con el bocadito de un pase al hueco. Se atiborró de fútbol con la voracidad de un principiante para que su selección nacional ganara un mundial. Los periódicos titulaban con grandeza: “Argentina se alza con la Copa del Mundo”. Pero aquello realmente fue que Maradona quiso darse un banquete y nos invitó a todos.

Alguien escribió que el ser humano es una jaula donde anidan los ángeles y los demonios. La sociedad hipócrita de la corrección podía pedir siempre que lo deseara que Maradona saliera a la palestra a pedir perdón por su lamentable imagen pública, por la falta de ejemplaridad siendo un ídolo de masas, por la exhibición gratuita de sus excesos y de sus demonios. Pero también tendríamos que haber nombrado a un portavoz para que expresara públicamente una inmensa gratitud por la de veces que Maradona sacó los ángeles de la jaula y los echó a volar en algo tan simple y cuadriculado como una cancha de fútbol. El Estadio Azteca de México está poblado de ángeles residentes. Al igual que por las calles de Nápoles todavía andan demonios sueltos.

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Al otro lado de la miseria económica del niño y de la miseria moral del adulto, donde la muerte se yergue y hace las paces con la vida que se serena en el recuerdo, Maradona seguirá jugando sin saberlo como revancha contra la finitud y el acabamiento. Diego va a seguir jugando como un pibe enclenque y eléctrico en los potreros polvorientos de las afueras de Buenos Aires, donde es visible, donde es palpable, como una revelación, el fútbol, el hambre de Dios. Ésa es su definición. Ésa es su primera y última gran victoria.

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