Como otros grandes inventos de la historia, el papel higiénico nos llegó del sabio Oriente, concretamente de la China milenaria del siglo segundo después de Cristo. ​Fue un gran salto para la civilización humana, sobre todo si tenemos en cuenta que en la antigua Roma no existía papel higiénico y se usaba una esponja amarrada a un palo sumergida en un balde de agua salada que los ciudadanos romanos compartían alegremente y sin pudor. Una imagen espeluznante que mejor no recordar.

Ya en el siglo XIX, los avispados hermanos Clarence e Irvin Scott dieron con la fórmula mágica y comercializaron el papel higiénico en forma de rollo, de tal manera que su uso se extendió por todo el mundo y hasta hoy. En nuestro planeta globalizado una persona puede viajar de Bangkok a San Francisco, de Ciudad de El Cabo hasta Helsinki, y puede estar completamente tranquila, porque en cualquier aeropuerto, estación o restaurante habrá uno de esos fieles amigos enrollados que nos sacará de un apuro tan urgente como inesperado.

Quiere decirse que el rollo de papel higiénico, en su aparente simplicidad y genialidad, ha sido tras el hallazgo del fuego y la invención de la rueda, uno de los grandes avances de la humanidad, no solo por lo que supuso de confort, bienestar y superación de la lóbrega caverna para conducirnos a la luz de la civilización, sino porque nos libró de un buen puñado de enfermedades infectocontagiosas derivadas de la falta de higiene. El invento de celulosa cambió la vida de la especie humana, como La Fuente de Marcel Duchamp cambió la historia del arte con aquel célebre urinario que presentó, para escándalo de la sociedad, en la exposición de la Sociedad de Artistas Independientes de Nueva York de 1917.

En estos días distópicos de pandemia, cuando la neurosis y la hipocondría nos come por los pies y la higiene se revela como el mejor antídoto contra el maldito coronavirus, el papel higiénico se ha convertido en una mercancía más cotizada aún que el oro o el galón de petróleo. Muchos desaprensivos –ya sea por pánico, insolidaridad o intención especulativa, que de todo hay– se han lanzado a los supermercados para llevarse a su casa todo el papel higiénico que puedan, dejando a la mayoría de la población sin abastecimiento. Encontrar un preciado rollo en los supermercados se ha convertido en una utopía más inalcanzable que la ansiada vacuna contra el bicho coronado y bien haría el Gobierno en desplegar al Ejército frente a las estanterías de Mercadona para controlar al personal, racionalizar y pedir documentación a todo aquel listillo que quiera aprovecharse de un bien tan preciado y escaso. Los acaparadores, traficantes, contrabandistas, narcos del papel higiénico, egoístas, codiciosos y jetas –que también arramplan con las mascarillas protectoras, jabón, alcohol y guantes de látex− merecen ser identificados, denunciados y puestos a disposición de la autoridad judicial porque están jugando con la vida de todos. Un artículo preeminente en el decreto de estado de alerta de Sánchez advirtiendo de graves consecuencias penales debería incluirse con urgencia.

El papel higiénico es, a fecha de hoy y mientras los chinos no saquen la vacuna, la mejor herramienta de prevención contra el microbio maligno. Un bien de interés público, un patrimonio de la humanidad más valioso en estos momentos que la Alhambra de Granada, la Estatura de la Libertad o la Torre Eiffel. Ahora nos damos cuenta de nuestro inmenso error cuando pasábamos por delante de las estanterías de las tiendas y veíamos un paquete inerte sin más y no la maravilla del progreso, la ciencia y la tecnología de nuestro mejor compañero, no solo de viaje, sino en la vida. Máxima protección policial al papel higiénico, multa al caradura estraperlista y declaración de bien de interés nacional. Pero ya.

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