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Mamá, me han cortado la luz

Andrea Vinyamata de Gibert
Project Manager & Social Media Manager. Articulista en Diario16. Líder Coach. RRHH y formación. Presentadora de conciertos y eventos. Experta Universitaria en Redes Sociales, Marketing y Contenidos. Estudios en psicología.
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Actualmente, y de forma cada vez más habitual, AUNQUE NO SUFICIENTE, se está denunciando que una parte de la población sufre aquello que denominamos “pobreza energética”. En general, cuando las personas escuchan dicho concepto, imaginan que para llegar a estar dentro de los parámetros económicos “adecuados” para recibir ayudas al respecto, la situación del hogar ha de ser muy extrema. Es por ello que, gran parte de la población, no se plantea buscar apoyo en este sentido, ya que en muchos casos no cumplen con los baremos solicitados para optar a dichas ayudas. Es más, hay estratos sociales en los que el hecho de no llegar a final de mes (y no hablo de clase alta), o el hecho de tener recibos pendientes de algún servicio, son prácticamente un tabú, una vergüenza.

Este artículo no pretende hablar de ingresos mínimos, estadísticas, o números. Este artículo quiere ser una denuncia directa de lo que es la VULNERABILIDAD ENERGÉTICA. Para ello, voy a utilizar una historia real, cambiando el nombre de la persona implicada.

María se acaba de separar hace pocos meses. Tiene dos niñas, una de tres años y otra de un año. Ella, hasta hace poco, trabajaba media jornada, ya que era la que se ocupaba principalmente de las niñas. Su marido era el que trabajaba a jornada completa, y el que inyectaba más dinero a la economía familiar.

Desde la separación, su marido pasa una pensión muy ajustada (la que legalmente se le solicita), y a María le cuesta muchísimo llegar a fin de mes, por lo que va haciendo trabajos extra, cosa que se le complica, dado que las niñas siguen viviendo con ella, y compaginar horarios es difícil.

Por todo ello, María no consigue pagar siempre las facturas al día, y sin siquiera darse cuenta (tiene mil preocupaciones en la cabeza) el banco devuelve un recibo de luz. Uno.

Llega final de junio, y en la zona en la que vive pasan por una de las olas de calor más potentes que ha habido en más de veinte años. Los termómetros superan los cuarenta grados. Dormir se hace muy difícil, y el día en casa es duro. María utiliza ventiladores para refrescar a sus hijas, y aunque no son suficiente para paliar el malestar que produce tan fuerte calor, como mínimo lo alivia.

Es viernes, aproximadamente nueve de la mañana. María ha pedido el día libre, ya que sus hijas no van ya al colegio ni a la guardería, y esta semana no ha tenido opción de dejarlas con nadie. Las pequeñas acaban de despertarse, y se han estirado las tres juntas en la cama de María, bajo el aire del ventilador. De repente, éste se para. La lámpara de la mesita de noche se apaga. La preocupación invade repentinamente el cuerpo de María. Nerviosa, ansiosa, corre a ver si ha saltado algún fusible. Observa que no es así. Sale a la escalera del edificio, y comprueba que la comunidad sí que tiene luz. Corre a buscar alguna factura de electricidad, y llama a atención al cliente. La llamada es pesada, se le hace eterna, mil contestadores para que, por fin, le responda una teleoperadora. Ésta le confirma que el suministro ha sido rescindido, ya que tiene una factura pendiente de pago. PLENA OLA DE CALOR. María le suplica una solución, le explica que tiene dos niñas muy pequeñas y no tiene forma de bajar la temperatura de la vivienda, entre otras muchas cosas. La empatía de la teleoperadora es nula. Es más, María se siente juzgada por su tono de voz, ya que de alguna forma la culpabiliza a ella por no haber pagado.

APUNTE: María tiene una factura pendiente de una compañía que ofrece un servicio que es, o debería ser, un DERECHO HUMANO FUNDAMENTAL. María, este caluroso viernes de junio, no tiene electricidad en casa porque, una compañía privada que se lucra de la indiscutible necesidad de su “producto”, ha decidido que, si ésta no paga, se queda sin ese derecho. María y sus hijas no pueden tener luz porque, una compañía que sube sus tarifas repetidas veces al año, hasta límites que rozan la ilegalidad (si no la superan) no perdona que deba un importe que, éticamente hablando, dista mucho de aquello que debería pagar. En resumen, este viernes de junio de 2019, a más de cuarenta grados de temperatura, una familia con menores, no puede acceder a su derecho de tener algo tan básico como es la electricidad.

Y sigo con la historia. María no tiene forma de pagar la factura. Es final de mes y su cuenta ya no contiene la elevada cuantía de la última factura de invierno (sus radiadores son eléctricos, y en invierno hace frío, los ha de utilizar). Con gran malestar, y vergüenza, llama a su madre, bastante desesperada. Su madre es una mujer humilde, viuda, que vive de una pensión que también está muy alejada de lo que ética y humanamente debería ser. María le pide ayuda y su madre, con tristeza pero sin dudarlo, le pasa los datos de su tarjeta de crédito, para que haga el pago. María, nerviosísima ya, llama inmediatamente a la compañía. Son poco más de las diez de la mañana. De nuevo se transforma en un periplo el poder hacer el pago. Ha de hablar hasta con tres teleoperadores distintos ya que, debido a la nueva ley de protección de datos, no conocen bien la normativa y cada uno le dice una cosa distinta. Finalmente, consigue hacer el abono. Llego justo en ese momento, ya que me ha pedido que por favor vaya a apoyarla. Puedo escuchar la conversación en primera persona. María pregunta cuándo se le devolverá el suministro, y le responden que en un plazo máximo de veinticuatro horas. ¿Veinticuatro horas? Actualmente es todo telemático. Pregunta por el motivo de tan larga tardanza, y le responden vagamente, de manera que no entiende cuál es la razón. Yo planteo; ¿es un castigo?

Nos quedamos en su casa, con las niñas, esperando a que le devuelvan el servicio. Pasan las horas. El mediodía se hace durísimo, el calor es extremo, pero ella quiere quedarse en casa y asegurarse que se le devuelve la luz ya que, si llega el fin de semana y no se la han devuelto, puede estar así hasta el lunes. Está muy angustiada y me quedo haciéndole compañía. En la espera, me llevo un rato a pasear a sus hijas al centro comercial, donde alivio un rato el malestar que las altas temperaturas están produciendo en ellas.

Cuando vuelvo, María está llorando. Son las seis de la tarde y sigue sin luz. Me explica que acaba de llamar a la compañía, y ha relatado el hecho de que tiene dos niñas muy pequeñas, que no pueden sufrir tan altas temperaturas. La respuesta de la teleoperadora ha sido clara y directa; “SON 24H LAS QUE SE PUEDE ALARGAR LA ESPERA. SI ALGUNA DE SUS HIJAS ESTÁ EXCESIVAMENTE ACALORADA, LE RECOMIENDO SE DIRIJA AL CENTRO HOSPITALARIO MÁS CERCANO”. ¡¡¡AL CENTRO HOSPITALARIO MÁS CERCANO!!! LA TELEOPERADORA ACABA DE DECIRLE A UNA MADRE DE DOS NIÑAS, QUE HA PAGADO EL SERVICIO, ULTRASOBREVALORADO POR LA COMPAÑÍA, HACE MÁS DE OCHO HORAS, QUE SI SU HIJA PUEDE SUFRIR UN GOLPE DE CALOR, VAYA AL HOSPITAL, PERO QUE LA LUZ SE LA DEVOLVERÁN CUANDO ELLOS CONSIDEREN.

No puedo hacer mucho por ayudarla. La frustración, la tristeza y la rabia invaden a María. Se siente muy sola. Su separación ha sido dura, y en este momento siente que lidiar ella con todo, va a ser imposible. Intento consolarla. Son ya más de las siete de la tarde, y decido llamar yo a la compañía. Estoy muy indignada, y tras un largo contestador que a mí también se me hace eterno, responde un teleoperador. Hago ver que soy María, y le expreso mi indignación por el hecho de que hagan esperar tantas horas a una familia que ha accedido a pagar (el sistema está montado de tal forma que no te queda más remedio que permitir el ATRACO que significa tener luz, agua o gas). El teleoperador intenta ser amable, parece que tiene algo más de empatía que los anteriores, y me dice que para que la luz se reactive, tenemos que bajar los fusibles, y volver a subirlos. Lo hacemos, vuelve la luz. María, durante el día, había hablado, mínimo, con seis teleoperadores, y NINGUNO le había dicho que era IMPRESCINDIBLE hacer esta operación para que la luz se reactivase. Es decir, estamos pagando un servicio que debería ser prácticamente gratuito, a un precio irresponsable, denigrante, abusivo, vergonzoso, y un largo etcétera, y para rematar todo esto, el servicio de atención al cliente es absolutamente nefasto.

Ésta es la historia de mi amiga María. Pero es también la historia de miles, millones de ciudadanos españoles. Personas que trabajan, que tienen un nivel adquisitivo que el Estado no contempla como “pobreza”. Son personas que, por muchas circunstancias diferentes, pueden pasar por dolorosos baches económicos que impliquen situaciones duras como ésta. Y esto puede pasar con la luz, con el agua y con el gas, entre otras muchas cosas. Estamos hablando de derechos que se deberían considerar fundamentales SIN EXCEPCIÓN, que deberían estar explícitamente nombrados en la Constitución de la que tanto alardean nuestros políticos, y que tantas carencias sufre.

María pasó un día muy duro. ¿Pero cuántas “Marías” habrá que no puedan acceder a la ayuda de una madre? ¿Cuántas “Marías” habrá que se avergüencen de que les pasen cosas así, como si las culpables fuesen ellas y no las compañías que hacen millonarios a unos pocos, que seguro que en verano duermen en sus mansiones con el aire acondicionado en marcha?

¿TENEMOS QUE SEGUIR PERMITIENDO SEMEJANTES ABUSOS? ¿QUIÉNES, CÓMO, CUÁNDO PODEMOS DECIR BASTA?

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