Pablo Casado y José María Aznar. Foto de Archivo

La intervención de Pablo Casado ayer en el Congreso –donde acusó al presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, de “golpista”– no ha gustado en el sector “marianista” del PP. Los críticos ya venían con el runrún desde aquella sesión parlamentaria en la que Dolors Monstserrat, diputada del PP por Barcelona, hizo el ridículo con un atropellado discurso que hubiese firmado el memorable Chiquito de la Calzada en sus buenos tiempos. Ayer, tras asistir al ataque tan furibundo como histriónico de Casado, el sector más centrista del partido volvió a echarse las manos a la cabeza. “No era el tono ni el momento para decir eso”, dijo en petit comité uno de los diputados populares.

La vuelta al aznarismo más recalcitrante de Pablo Casado –en parte obligado por el empuje de Ciudadanos y la fulgurante irrupción de Vox–, no cuenta con el beneplácito unánime del Partido Popular. Ese proceso de súbita derechización, ese giro ultra de urgencia para no perder a los votantes del PP más radicales ‒los que ya piensan en comprar otro producto mucho más fuerte y extremo‒ ha sido decisión propia del nuevo presidente del PP sin contar con sus más allegados colaboradores. No se ha propuesto en reuniones de la Ejecutiva nacional, no se ha debatido en congreso alguno y ni siquiera es un clamor entre las bases. Simplemente es el nuevo estilo Casado, un sello propio que pretende imprimir el líder popular, una apuesta arriesgada que de salirle mal podría arrastrar al partido a una derrota electoral. Ya veremos cómo funciona el experimento en las próximas elecciones andaluzas, banco de pruebas para futuras citas electorales.

Pero mientras llega el más que probable batacazo andaluz, Casado sigue insistiendo en el volantazo a la derecha. Horas antes de entrar en el Congreso ‒adonde acudió excesivamente hormonado políticamente para soltar su exabrupto contra Sánchez‒, se había reunido con José María Aznar durante la presentación de su nuevo libro, El futuro es hoy. Y ya se sabe que cinco minutos a solas con el Caudillo pone cachondo a cualquier hombre de derechas que se precie. El abrazo efusivo del patriarca debió infundirle valor al joven heredero, nuevos bríos en estos momentos complicados, un chute de dopamina ideológica. Es pública y notoria la admiración que Casado siente por su ídolo y no sería de extrañar que por las mañanas, antes de salir para Génova, se colocara frente al espejo, palpándose los abdominales y diciéndose a sí mismo: “soy como él, soy el mejor”, tal como hacía aquel Robert De Niro en su magistral interpretación del boxeador Jake LaMotta en Toro Salvaje.

Durante la presentación del libro, Aznar calificó a Casado como la “gran esperanza” para la “refundación sin complejos” del partido y con esa voz de ultratumba que hace temblar a cualquiera lanzó una pregunta directa a su jefe, que más bien parecía su subordinado: “Pablo, ¿cuándo vamos a ganar las elecciones”. El muchacho, que en ese momento vio cómo la tensión endurecía cada tendón de su cuerpo y cómo las piernas empezaban a flaquear, no pudo más que decir: “Cuanto antes, estoy en ello”. Fue un mensaje claro, directo, rotundo, como ese presidente de consejo de administración que entre bromas y veras, y con aparente buen rollo y simpatía, sugiere a un empleado que o da números ya o está en la puñetera calle.

La reacción no se hizo esperar. Horas después, el soldado Ryan Casado, nacido para matar políticamente, como aquellos marines de La chaqueta metálica de Kubrick, irrumpía en las Cortes con paso marcial, los dientes apretados, el rictus severo y los puños cerrados con un único objetivo: arrearle estopa al presidente, darle para el pelo a Sánchez a cuenta de los presupuestos generales del Estado, de las armas para los saudíes, de los indepes que quieren romper España, de cualquier cosa. Y así fue como en el fragor del debate parlamentario, dejándose llevar ya por una especie de fiebre guerravicilista, se le ocurrió llamar “golpista” al presidente, algo que no había ocurrido nunca en la historia de la democracia española. Ni siquiera en 2005, cuando a Rajoy se le ocurrió decir que Zapatero traicionaba a las víctimas de ETA por negociar la rendición de la banda, se había escuchado algo tan grueso y agresivo. De inmediato, Sánchez le exigió que rectificara y, al no hacerlo Casado, Moncloa ha decidido romper relaciones con el líder popular. La crispación política está en el nivel más alto que se recuerda. Un clima prebélico se ha instalado en la sociedad y todo por un calentón irresponsable que para no pocos diputados populares, espeluznados con la actuación, demuestra que al joven e impetuoso Casado se le está yendo un tanto la mano derecha. Esa misma con la que los falangistas cantaban el Cara al Sol.

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