jueves, 17junio, 2021
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Esos malditos desgraciados que intentan cortarnos las alas

Sergio Valenzuela cobo
Soy de Pegalajar, un pueblo de Sierra Mágina en la provincia de Jaén, donde la cultura del agua y el AOVE se funden en un mar frías aguas que descienden por tierras centenarias excavadas en la roca. Millennial porque mi nacimiento pilló en esas primeras fechas del año 87 del siglo pasado y Abogado por absoluta vocación de servicio a la Justicia. Escribo artículos de opinión en varios medios por el simple hecho de disfrutar de un derecho que antaño tan caro fue pagado. Me gusta escribir y disfrutar el regalo de la vida, acompañado siempre de una buena música y una gran sonrisa.
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Aún en las fechas que nos muestra el calendario, recién empezado el año 2018, existe esa España profunda que parece no reconocer un sigiloso despertar del pertinaz letargo que, en cuentagotas, comienza a sacudirse por los grandes núcleos de población. Un despertar que es más publicitario que real, ya saben, una mentira repetida mil veces se convierte en una aparente realidad, pero un despertar que aunque sea en algo, se comienza a mostrar ante nuestras narices.

Ese despertar del que les hablo es el despertar de una igualdad real entre hombres y mujeres, una igualdad que no llega y que parece estar presente en nuestra sociedad como algo inherente a nuestro Estado de Derecho. Parece que por convivir instalados en un Ente que tiene apariencia de democrático, contiene de un modo necesario y per se esas libertades y derechos que equiparan a mujeres y hombres, pero que al más puro estilo publicitario, contienen letra pequeña y a menudo encierran una grandísima estafa.

Como les digo, existe un medio muy poco dado al cambio, un medio rural que podemos establecer en la llamada España profunda donde auténticas espartanas aladas, día a día, luchan por ese mundo idílico de igualdad. Unas espartanas que portan en sus hombros toda la carga que se puedan imaginar y no reciben reconocimiento alguno, por aquello de que están “en sus labores”.

El patriarcado en el que la sociedad rural está inmersa aún en nuestros días es patente y quiebra cualquier indicio de igualdad de género, por mucho que legislaciones estatales y autonómicas intenten paliar este hecho. Es una cuestión básica que hay que atajar y ello se enclava en la educación a nuestros menores.

Es chirriante contemplar a niños actuando como auténticos bellacos, con ideas claramente enfermizas y adoctrinados al más puro estilo machista. Comportamientos que en niños pueden ser graciosos porque no llegan a conocer la trascendencia real de sus actuaciones, pero que son jaleados por sus progenitores que encuentran cierta graceja al ver a su hijo siendo tan “machote”. El problema no es solo la cuestión machista que proviene de hombres, el problema también surge cuando son las propias madres las que actúan de esa forma como consecuencia de la educación recibida, lo que trasladan al menor como algo normal.

De esas actuaciones, cuando el niño o la niña aún es menor, devienen los problemas de género futuros que esa mujer tendrá que afrontar en todos los ámbitos de su vida. Esa niña algún día podrá ser jornalera, o ingeniera, pero ese niño será jornalero o ingeniero igualmente, y en virtud de su educación se creerá por encima de la mujer y por lo tanto la excluirá. Es una relación de causa-efecto, sin duda. Al final, esa mujer tendrá que ser una auténtica guerrera y tendrá que enfrentarse a un mundo que está en su contra y, además, complaciente con esa desigualdad.

Las Administraciones Públicas son conscientes de la grave desigualdad en el medio rural, donde jornaleras son desechadas de los tajos por el mero hecho de ser mujer. En las calles de los pueblos de Jaén, por ejemplo, uno puede contemplar como empresarios buscan jornaleros y excluyen por activa y por pasiva el ingreso de la mujer a dicho medio, en la antigua creencia de que el trabajo en el campo es para hombres. Pero no solo en los tajos de Jaén, en infinidad de empresas es conocido por todos que las mujeres no ingresan porque pueden ser un problema, siendo el ejemplo clásico y más recurrente el hecho de ser madre. Este punto negativo a la hora de acceder al mercado laboral incide directamente contra el derecho a la libertad de la persona. ¿Qué Estado de Derecho tenemos si parte de su ciudadanía no puede ser libre?

El movimiento feminista con más voz radica en los grandes núcleos de población, pero ese mismo movimiento, con grandes diferencias y otras connotaciones en territorios alejados de grandes ciudades, lo realizan jornada tras jornada miles de mujeres a las que el machismo más rancio y miserable intenta cortar las alas de un plumazo. Esas mujeres necesitan de la sociedad a la que pertenecen y necesitan que ningún desgraciado les corte las alas, pues de su vuelo depende el futuro del conjunto de nuestra sociedad. La lucha de todas ellas es nuestra lucha, la lucha de todos aquellos que creemos en la igualdad entre personas.

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