Hace ya muchos años, tantos que todavía llevaba el tirachinas siempre oculto en la mano como una daga y los bolsillos llenos de cantos, y se veían carros y caballerías por el pueblo y viejos haciendo pleita es decir, trenzando esparto a la puerta de sus casas, acompañé a un amigo a una casa donde vivía una anciana que sabía la oración para curarle el mal de ojo que sus padres decían que tenía, y que se le había manifestado de forma inequívoca a través de un orzuelo. Nos costó mucho encontrar la casa porque estaba situada en una recóndita calle del arrabal, al otro lado de las vías del tren, un barrio que para nosotros era ya el fin del mundo. Era una calle sin  nombre o al menos no lo vimos por ninguna parte. Para llegar hasta allí, los padres de mi amigo nos dijeron que preguntáramos por ella, la tía… “con que digáis el mote es suficiente”. Las indicaciones nos llevaron a la puerta de una pequeña vivienda con la fachada de tierra encalada. Llamamos a la puerta inquietos y atemorizados  porque el barrio destartalado y solitario a aquellas horas de la tarde, los remolinos de polvo que el viento levantaba de las calles de tierra, y la casa que tenía toda la pinta de ser la de una bruja, nos habían metido el miedo en el cuerpo. La puerta se abrió dejando ver un oscuro zaguán de cuya oscuridad surgió como un fantasma una anciana, silenciosa y misteriosa como una esfinge, una mujer que parecía tan vieja como el mundo, su rostro arrugado y deformado por la edad parecía de cera que se hubiera acercado demasiado al fuego. Sus pupilas amarillentas, acuosas y desdibujadas como dos gallinazas, que es como llaman en mi pueblo a las cagadas de las gallinas, nos miraban en silencio. Un silencio que por fin rompió mi amigo diciéndole que era hijo de fulana y mengano y que venía mandado por ellos para que le dijera la oración porque estaba aojado. No pareció enterarse de nada y nos hizo un breve gesto con la mano, también de cera antigua, para que la siguiéramos, y  dándose la vuelta nos mostró su apretado moño gris acribillado de horquillas, su pingo y su saya negra. En silencio, solo se oía el siseo de sus zapatillas de paño negras, nos condujo a una oscura habitación encalada donde había un aparador, una banca, una mesa con pañito de encaje, algunas fotos sepia en las paredes y un botijo sobre su plato de barro. En un rincón estaba la estufa de hierro fundido y un cajón de madera lleno de ceporros. Una vibración de calor y humo casi transparente salía del cañón de la estufa y distorsionaba los contornos de los  muebles y las caras de las fotos colgadas, que  parecían cobrar vida. El intenso olor a humo de sarmientos y ceporros provocaba una inmediata sensación narcótica e hipnótica, de adormecimiento. El humo parecía obrar como el sahumerio de una hechicera.

La vieja se sentó al lado de la estufa en una silla baja de asiento de enea y echándonos una más detenida mirada nos preguntó de nuevo con su aguda voz que de quienes éramos y qué queríamos. “A ver qué chorras queréis”, esas fueron sus palabras. Mi amigo le volvió a repetir de quien era y a lo que venía. La vieja pareció entender lo que queríamos y asintiendo con un leve movimiento de cabeza se levantó, nos abrió la puerta acristalada de su enrarecido cuartillo de estar y poco después, tras el breve y tenebroso pasillo y el oscuro zaguán, salimos a la calle.

Hay que decir que a los pocos días, seguramente más por la acción de alguna pomada de la botica que por la oración de la vieja, a mi amigo le desapareció el orzuelo y con él, es de suponer, su mal de ojo, aunque siempre tuvo y todavía tiene a sus casi sesenta años un aire mohíno y abatido, un poco modorro, que bien podría ser de aojado mal curado. La casa de aquella vieja rezadora de oraciones que solo sabía ella y unas pocas mujeres del pueblo, curiosamente todas ellas mujeres, ya no  existe. Después de fallecer la inquilina, fue abandonada a una lenta ruina y finalmente demolida hace ya algunos años. Y la calle, entonces de tierra, llena de baches que cuando llovía, entonces todavía llovía, brillaban al sol como trozos de espejo. Aquelos charcos duraban tantos meses que se llegaban a criar renacuajos en ellos. 

La calle fue asfaltada y acerada a principios de los ochenta y en el barrio, como en todo el pueblo, con la llegada de la democracia y los comunistas a la alcaldía se realizaron las imprescindibles infraestructuras que todavía no existían y no se sabe a qué esperaban los ediles del régimen para al menos alcantarillar las calles aunque solo fuera eso, y por una razón de salud pública, ya que hasta entonces se hacían las necesidades en los rincones de los corrales, en el montón de estiércol rodeado de un coro de gallinas y una nube de moscas. Nada más poner el pie en el ayuntamiento, los comunistas, los “rojos” a los que el régimen denigró y demonizó durante toda la dictadura hasta límites increíbles, culpándoles de todos los males habidos y por haber, se ordenó, arregló y adecentó convenientemente el pueblo, todo el pueblo, no solo la plaza Mayor y alrededores, también el resto, que también pertenecía al pueblo y tenía el mismo derecho. Para resumir, se proveyó a los vecinos, a todos los vecinos, de los necesarios servicios, y con ellos la dignidad que nunca tuvieron. Algo que ahora ya parece olvidado, tan olvidado como el mechero de yesca o el arado romano, habida cuenta del actual sentido del voto de sus habitantes. La memoria es una materia inconsistente, frágil y quebradiza, sometida casi siempre a una injusta, irrazonable, cruel y despiadada caducidad. 

Dice Pedro Pablo Novillo, filósofo y profesor almoradiense, hablando del mal de ojo, que además de personas, sobre todo los niños y animales, los gorrinos los que más, se llegaron a aojar viñas y hasta una piscina municipal. Y al igual que se hacía con los niños que habían perdido las ganas y el color, y los gorrinos por lo mismo, se echaba mano a alguna mujer, generalmente una venerable anciana que conocía la secreta y hermética oración para que la recitara a solas, en silencio, para sí misma, sin testigos que pudieran estorbar y aprendarla y por lo tanto difundirla y vulgarizarla. Una oración que cuando era niño me parecía algo que lindaba con los terrenos de la  brujería y el ocultismo, de la magia y la superstición, de los sortilegios y encantamientos del medievo. Viendo por enésima vez la fascinante y portentosa película de 1955 “Ordet”, en español “La palabra”, una obra maestra del danés Carl Theodor Dreyer, que transcurre en un pequeño pueblo, he recordado la visita a aquella misteriosa anciana que también, al igual que uno de los protagonistas, uno que ha perdido el juicio, utiliza la palabra para realizar un prodigio, un milagro. 

Hace unos días, paseando por el pueblo, me paré ante lo que fue la casa de aquella mujer y lamenté no poder dar marcha atrás en el tiempo y pedirle que dijera la oración, pero la versión extendida, la de más potencia de las que dispusiera,  no para mí sino para el conjunto del pueblo y, por extensión, para todo el país que ya antes de la pandemia, ésta ha venido a darle la puntilla, a rematarlo del todo, se hallaba sumido en una inexorable decadencia, en un cada vez más acusado empeoramiento, un agravamiento de su estado de permanente crisis, que ya dura demasiado y amenaza con hacerse crónica e incurable. Un pueblo y un país que, como decíamos, se encontraba, ya antes de la aparición del maldito virus, postrado en su lecho como un enfermo desahuciado que solo espera cuidados paliativos antes de estirar la pata del todo. Un enfermo al que lejos de pensar entre todos, pero sobre todo los responsables directos de su salud, es decir los políticos, en el adecuado y cada vez más urgente tratamiento, derrochan sus fuerzas y sus más que justas inteligencias, en un penoso y lamentable tirasogas donde la oposición dedica todos sus esfuerzos  a tirar al río a sus oponentes políticos  que están en el gobierno y éstos a su vez se defienden de los violentos tirones para no caer. La política en este país, se ha convertido en  una penosa, además de estéril e inútil, pugna donde gobierno y oposición, incapaces de hacer nada juntos, día a día se desgastan, debilitan y anulan mutuamente cuando deberían estar tirando de la soga todos a una para sacar al país del tremendo atolladero donde se ha quedado atascado y se va hundiendo cada vez más. 

Sigue sin verse por parte de la oposición rastro alguno de madurez, de sensatez, de compromiso y conciencia, de sentido de la responsabilidad, del imprescindible diálogo constructivo, de empatía hacia los que lo están pasando muy mal y necesitan ayuda con urgencia. Tan desesperada está poniéndose la situación que nos parece mucho más viable, razonable y sensato apelar a la oración para conjurar el mal del ojo. Un mal de ojo a nivel nacional que sin duda debemos tener, y bien gordo, porque hace ya mucho tiempo, demasiado, que no  sale nada bien. Como decía Juan Luis Guerra en su canción “El costo de la vida”: “Aquí no se cura ni un callo en el pie”.  

Apúntate a nuestra newsletter

1 Comentario

  1. incisiva y hermosa fotografia en sepia del agrudulce destino maldito de éste país, grande y particular. hermoso artículo, gracias Alejandro Teĺlo.

Dejar respuesta

Comentario
Introduce tu nombre