Puerta de Alcalá con las huellas de la artillería del ejército de Napoleón Bonaparte.

Cierto es que lo expresó de forma algo confusa, pero no es menos cierto que Isabel Natividad Díaz Ayuso (INDA), sin pretenderlo, acertó cuando dijo que Madrid es “una España dentro de España”. En lo tocante a la política, Madrid es España y España es Madrid.

Cada partido político de ámbito estatal vive y muere por lo que le sucede en la capital del Reino cuya dignidad es ostentada por la dinastía Borbónica, lo que les genera notables dosis de ceguera a otras realidades. O, mejor dicho, a las reales realidades. El microclima político de Madrid y los mentideros de la villa y corte configuran un universo para lelos en los que estos elementos se encuentran, en su propio.

Al punto de que si, para ganar un minuto de elogio en Madrid o un metro de ventaja, ha de retrocederse cien kilómetros en una provincia –o ser defenestrado en ella–, el cálculo político de costes y de beneficios indica que sale más a cuenta mantenerse incólume en la capital del Reino.

Al menos es el cálculo que hacen quienes viven insertos en el microclima capitalino y en el ojo del huracán de las intrigas palaciegas. Porque el metro que se pierde en Madrid, es un metro que se pierde en el corazón político de cada habitante de esta tierra. Y cuarenta y siete millones de metros son muchos metros.

Sorprende en ocasiones, y mucho, constatar que somos el sublimado de nuestra historia reciente. Las cosas son lo que son desde hace tiempo. Nada demasiado nuevo bajo el sol, y nada que no pasara ya hace doscientos años en este Madrid de nuestros amores y horrores.

El pasado fin de semana disfruté de un recorrido turístico por el corazón de esta ciudad llamado “El Madrid de Bonaparte”, en el que se recorrían enclaves más que significativos del Madrid de la Guerra de Independencia. Una maravilla.

Los responsables de esta gozada son los guías de la empresa “el primer edecán” que me descubrieron multitud de historias sobre mi ciudad que ni siquiera imaginaba.

Los lugares en los que estuvo Napoleón Bonaparte en Madrid y las anécdotas que protagonizó (sí, el genio militar que dominó Europa paseó por nuestras calles y alguna cosa le sucedió), la impresionante fortaleza que se levantó en el parque del Retiro, y las decenas de marcas de cañonazos franceses que tiene la Puerta de Alcalá.  Marcas que, por cierto, siempre atribuí estúpidamente a cicatrices a la Guerra Civil, como si en la guerra civil se dedicaran a cañonear una puerta…

También se hizo un repaso a los acontecimientos tras la ocupación francesa y a la forma en que entró en Madrid y se hizo con el poder el que, a la postre, pasó a la historia como Su Católica Majestad Fernando VII de España. También fue conocido como el “rey Felón”, una escoria reptante, babeante y miserable a la que difícilmente se le puede atribuir el título de “ser humano” sin insultar a toda la humanidad.

Es fascinante escuchar –y el guía lo explicó a las mil maravillas con un notable esfuerzo de objetividad–  las maniobras previas de Fernando VII, y ver cómo desplegó su plan para llegar a la capital y dar un golpe de estado, que cumplió todos y cada uno de los checks del manual del buen golpista, para deponer a los poderes públicos establecidos y llevar a cabo la restauración de su poder absolutista. Esto, por supuesto, incluyó la toma de lugares clave por parte de sus divisiones del ejército, el arresto coordinado y organizado de decenas de miembros de las Cortes, la destrucción y vejación de los símbolos constitucionales, el pago, a través de las parroquias, de grupos de agitadores que lanzaran las adecuadas proclamas en los lugares y momentos clave etc. 

A través de testimonios, correspondencia y, principalmente, a través de sus acciones y los resultados de las mismas, vemos claramente que ya en los tiempos de Fernando VII, allá por 1814, en lo tocante a la política, Madrid era España, y España era Madrid.

El rey Felón no tenía en aquellos momentos la capacidad de imponerse en cada rincón de España ni acabar con las instituciones constitucionales que se habían creado por doquier. Cada plaza mayor de cada pueblo, para que se hagan una idea, fue renombrada como plaza de la Constitución. Tampoco podía controlar y reconvertir a las decenas de miles de guerrilleros organizados y armados –muchos de ellos patriotas, pero también convencidos liberales– que llevaban años luchando contra el invasor francés.

Así pues, necesitaba ganar ese metro en Madrid, ese metro que es un metro en el corazón de cada habitante de esta tierra, y que se gana de golpe.

El resto es historia, nada novedosa y nada sorprendente. El abstemio José Bonaparte, “Pepe Botella”, ya saben, había despojado de buena parte de sus privilegios y posesiones a la más alta nobleza, terratenientes que por aquel entonces eran el poder económico más visible y notable. Obviamente, también a la dinastía Borbónica y, por descontado, a la Iglesia católica. La lucha de guerrillas en lo popular y material, el apoyo exterior en lo militar, junto a las Cortes y la constitución de Cádiz de 1812 en lo político, habían hecho su parte y, finalmente, la ocupación francesa terminó.

La toma del poder de Fernando VII fue apoyada, financiada y llevada a cabo, pueden ustedes imaginarse, por la más alta nobleza y por la Iglesia católica. Estas instituciones, una vez restaurada la monarquía absoluta, recuperaron y aumentaron sus anteriores privilegios. A la vez, La Pepa fue suprimida, las cortes disueltas, sus símbolos denostados, y sus defensores ajusticiados junto con los guerrilleros. Desapareció la prensa libre, las diputaciones y ayuntamientos constitucionales y se cerraron las universidades. Mientras, se restituían todas las propiedades confiscadas a la Iglesia.

Más allá de las semejanzas en otros ámbitos, en el de la estrategia política encontramos coincidencias en ambas figuras, tanto Fernando VII el rey Felón, como Isabel Díaz Ayuso, que recientemente nos explicaba parte de esto de Madrid y las Españas. Coinciden, y a mi entender acertadamente, en que Madrid es una España dentro de España. Que España es Madrid y Madrid es España.

Pero no acaban sus similitudes en el ámbito teórico, también en la praxis. Ambos, se apoyan de forma evidente para afianzarse en el poder en instituciones clave como es el poder económico. Hoy articulado en torno a grandes empresas, pero descendiente de aquel otro. Y cuando digo “descendiente” no es una metáfora. En muchos casos son descendientes directos por línea familiar. A fin de cuentas, aquello fue hace nada. 

Y, por descontado, en la Iglesia católica, sostén, garante y activista para que sus privilegios perdidos sean restaurados, los actuales mantenidos y los futuros correctamente asegurados.

No son las únicas semejanzas, sin duda, aunque esto ya pertenece más a la opinión que al análisis político y me las voy a ahorrar.

Pero también, y este es un aspecto clave, tienen contextos y retos para afianzar su poder absolutamente diferentes, tanto como para llegar al poder como para mantenerse allí.

Quienes se les opusieron y oponen, no tienen nada que ver.

Fernando VII tuvo que enfrentarse a los liberales y a una constitución que tuvo que suprimir. Unas cortes que tuvo que deponer, una guerrilla con arraigo popular a cuyos referentes tuvo que ejecutar, pronunciamientos militares como el de Riego que le pusieron contra la espada y la pared y un largo etc.

Mientras que Isabel Díaz Ayuso, gana el partido por incomparecencia del rival, la oposición en la asamblea de Madrid no existe, no se la ve, no se articula ni se organiza, no plantea alternativa factible y, en general, se dedica a auto contemplarse satisfecha de sí misma.

Alguna mínima excepción hay, siempre la hay, pero como ejercicio de política colectivo y que arroje resultados palpables, no existe la oposición en la asamblea de Madrid.

Pero tampoco las matrices de ámbito nacional de los partidos allí presentes, centradas en el gobierno de coalición y sus dificultades y cuitas, están por la labor de impulsar y lograr que el reinado del terror de Isabel Díaz Ayuso termine.

Y se equivocan, y es un error de cálculo político mayúsculo. Licito es, y cada cual decide, el priorizar alcanzar el gobierno de la nación antes que otros objetivos políticos, claro que sí, es licito y quizás conveniente y más interesante. Pero desatender lo que sucede en Madrid por priorizar alcanzar o mantener el gobierno de España, es un error capital.

No se puede gobernar España sin el alma de Madrid, el rompeolas político de las Españas. No es un cálculo aritmético, no es una simple suma de los escaños que proporciona la circunscripción electoral de Madrid en las generales comparados con los que da Cataluña, Galicia o Andalucía.

Es que, y la felonía lo tiene muy claro, Madrid es una España dentro de España. España es Madrid y Madrid es España. Y cada metro que se gana o pierde aquí, es un metro que se gana o pierde en el corazón de cada habitante de esta tierra.

E Isabel Díaz Ayuso, su ultraderecha, sus terratenientes, y su iglesia católica, van ganando ventaja en toda España cada día que continua su ominoso reinado.

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1 Comentario

  1. Madrid no es la España. La de todos. Madrid es el yugo indecente y corrosivo que destruye España para sustituirla. Madrid es la escoria de un estado fallido. Independencia para Madrid y que viva de sus «recursos» y no de los recursos de los demás. Madrid ha encontrado la bota que necesitaba para su destrucción y,en beneficio de los madrileños, espero que así sea. «apor ellos oeoeoe». Recuerdan odio puro madrileño, seguido de sus sicarios, con y sin uniformes. Hoy, ocho jóvenes injustamente presos, nos indican el grado de indecencia jurídica, empleada para crear mal vivir y odio, en el que justificar sus aberraciones contra ciudadanos.

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