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Madrid-España y la diferencia cultural

Julián Arroyo Pomeda
Catedrático de Filosofía Instituto
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análisis

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La excusa del CIS, de Tezanos, es que los ciudadanos madrileños deciden el voto en los últimos días. Con todo respeto, no es esta la causa del error que se ha producido. Ya se han dado todas las claves e interpretaciones de los resultados de las elecciones madrileñas por parte de los medios de comunicación. También yo daré la mía. Puede que resulte algo profusa, laxa y abigarrada, pero me explicaré del modo más claro posible.

Creo que la cultura madrileña-española, entendida como la forma de ser y actuar de la gente, su ser auténtico, es completamente distinta a cualquier otra conocida. No se parece a ninguna. Por eso a los extranjeros les resulta tan difícil de entender y también a nosotros mismos, incluso. Siempre nos contemplan con sorpresa y extrañados. También con cierta conmiseración. Esto es lo que puede explicar los resultados de las últimas elecciones.

Al ciudadano madrileño no le importa nada el concepto de libertad, ni tampoco lo entiende. Ni siquiera se preocupa porque limiten las libertades o su pérdida. Esto solo lo dicen los presumidos o los que desean provocar para ver si alguien entra al trapo. La gente lo que quiere es hacer lo que se le antoja y se revuelve, cuando no puede. Hay muchos ejemplos.

Si mueren varios millones de residentes por no derivarlos a los hospitales, la gente no se complica pensando en las posibles responsabilidades. No importa, tenían que morirse, es ley de vida y llegó la hora. Otra cosa es que nos confinen o que establezcan cierres perimetrales. Hasta ahí podíamos llegar. En este caso no se piensa en que sean necesarios para controlar el virus, sino en que no me dejan ir a un bar a tomar el aperitivo con un vermú, un vino, o un cubata. Cualquier control nos ataca los nervios, porque queremos ir donde nos de la santísima gana.

No preocupa que los ciudadanos puedan contagiarse e incluso que mueran. ¿Qué culpa tenemos de estos accidentes? Somos deterministas y surrealistas: la muerte llega, cuando le corresponde, ni antes, ni después. A mí que me dejen hacer lo que me apetece, disfrutando de comida y bebida en cada momento, sin importar el mañana en que acaso muramos. Mientras podamos comer y divertirnos (pan y circo), todo va bien.

Prohibiciones, ¿para qué? Ya sufrimos bastante en la vida como para tener que hacerlo voluntariamente. Trabajar sí, pero para vivir, y no viceversa. Vivir para el trabajo no vale la pena. Hay que disfrutar. Cuando llega el buen tiempo, apetece la playa y si está masificada mejor. Nadie me puede prohibir que la disfrute. Estar de fiesta es fundamental y, si me cierran el paso, me rebelo y me buscó artimañas para celebrarla. Que me multan, pues no pago, porque, además, tampoco tienen medios para cobrar. Que cada uno haga lo que le parezca mejor y que nadie se mete con nadie. Hay que vivir en paz. Que no se pueden hacer fiestas legales, pues se hacen ilegales, así aprenderán los de arriba a no prohibir al pueblo soberano. Esto es una locura.

Las corridas de toros constituyen el rito sagrado de la cultura española. El torero es el que manda y se enfrenta con un animal soberbio, que acaba venciendo en justa liz, habiéndole dado oportunidades de defenderse y hacer caer al torero, que va vestido con símbolos para la ocasión. Aplausos y gritos de admiración para el valiente, que tiene pendiente de él la misma muerte. Si triunfa, merece los trofeos que le conceda el público. En la última corrida de Madrid un torero adornaba su chaquetilla con botones de la efigie de Franco. ¿Y qué pasa? A él le gusta, pues venga. No le da ni siquiera pudor. La lució con toda la chulería del mundo, porque un torero tiene que tener a gala el orgullo.

A quien sepa capturar este ambiente cultural le caerán todas las bendiciones y aplausos. Si sabe hacerlo sin complejos y con arrogancia en su figura, animando a todos a degustar una cerveza en su terraza referida, lo ganará todo. La gente tiene que trabajar para poder vivir, por eso hay que permitir que todo siga abierto, salvando, al mismo tiempo, vidas y economía. Así se hace con el desparpajo de una chulapa madrileña, contribuyendo a la salud con vacunas, que tienen la obligación de proporcionar. Abiertos y libres para recibir a todo el que quiera venir, ya sean ingleses, ya sean franceses, o españoles de cualquier región. Madrid, la ciudad hospitalaria de siempre.

Nos gusta la España de charanga y pandereta, de espíritu burlón, especialista en el vicio al alcance de la mano. Qué certeramente lo retrató Machado, nuestro gran poeta. Vieja y tahúr y con un mañana cada vez más efímero, pero siempre orgullosa de lo que ha sido y lo que es. ¿Cuándo nacerá la España de la rabia y de la idea? Para esto hace falta cultura y ciencia a torrentes, como quería Ortega. Y educación a lo Unamuno: “No me adiestraba en el manejo de pistola… sino de la pluma”.

Programar, planificar, organizar, hacer previsiones, tener sentido común, es innecesario y una pura pesadez. Sabemos improvisar bien, dejando todo para última hora. No mañanamos, decía Ortega, pero sí trasnochamos para tomar la última copa. Un estilo de vida que tanto nos envidian. Orgullosos hasta para soportar el desastre: cuando el ciclo llegue a la cima, volverá a caer. ¿Para qué hacer previsiones entonces, cuando podemos vivir libres, al natural, abiertos y felices? Dicen que no tenemos arreglo y así es. Tampoco queremos evitarlo, a pesar de Europa, porque estamos muy ufanos de ello.

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