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Machirulos y su rebuzno incansable

Sonia Vivas Rivera
Nació en Barcelona en el año 1978. Hija de una familia de emigrantes extremeños. Pedagoga y educadora, policía vocacional. Cursó master en ciencias forenses y se especializó en derechos contra las libertades fundamentales liderando el servicio de delitos de odio pionero en Baleares. Residente en Palma de Mallorca, entiende la seguridad pública como un servicio al ciudadano en comunión con los derechos humanos. Mujer, feminista, lesbiana y de izquierdas. Concejala de Justicia Social, Feminismo y LGTBi del Ayuntamiento del Palma de Mallorca
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El patriarcado se revuelve con bravura sobre sí mismo como lo haría un alacrán al que le clavan un aguijón sin previo aviso y por la espalda. Ya cuando el posicionamiento político dominante por antonomasia creía tenerlo todo bajo control al unirse en matrimonio feliz con el sistema capitalista, vamos y salimos las mujeres en masa a decirle ¡Quieto parao!

Y es que llevamos mucho tiempo utilizando la pedagogía para hacerles entender a los hombres que la cosa va de igualdad, no de querer instaurar un régimen que los hostigue y los someta, pero la respuesta mayoritaria que hemos obtenido de ellos últimamente ha sido siempre el tener que escuchar cómo nos insultan constantemente calificándonos de “ feminazis, bolleras, malfolladas” o algún que otro improperio en forma de locución adverbial del tipo:” no te toco ni con un palo, perra”(frase que me deja al escucharla tan relajada como después de tomarme dos copitas de anís seco).

Todas estas expresiones tan elocuentes se hayan recogidas en el “Manual del Machuno” que es un libro que no es gordo y que tiene la letra grande y muchos dibujitos.

Pero ahora que las mujeres estamos ganando no tanto en derechos como en visibilidad , ningún hombre quiere parecer machista y acontecemos ojipláticas al espectáculo de ver como los más públicos, hacen intentos de alarde feminista como buenamente pueden , regalándonos enormes momentos televisivos maravillosos con frases como : “a mí me parece bien que una mujer cobre lo mismo que un hombre siempre que lo merezca” o “yo siempre he estado a favor de la igualdad y si están capacitadas por mi ningún problema”, enunciados que demuestran que aunque quieren, pobrecitos, aún no son capaces de entender que constantemente hablan desde su privilegio masculino y que están siempre mirando hacia abajo, para encontrarnos allí, en el sótano de esa edificación dónde tienen ellos adquirido, en usufructo, un ático con terraza y vistas.

Nos envían desde su feminismo de: “no entiendo nada de lo que pasa, pero he de decir algo guay rápido”, el mensaje de que seremos evaluadas y si demostramos estar capacitadas, nos dejarán subir al ático, anteriormente aludido en el párrafo anterior, para que sonrientes, dóciles y silenciosas, tengamos la oportunidad única e irrepetible de decorar su terrado con plantas y ornamentos que dejen claro y patente que ha llegado una buena mano de mujer.

Es alarmante que casi ninguno de ellos se pregunte si los hombres con los que comparten poltrona están capacitados o son mejores que muchas mujeres de su entorno y esto se debe a que no los perciben como a intrusos ni como a enemigos y por lo tanto no se han parado a evaluarlos, simplemente están, son válidos y no se plantean nada más, punto.

Los señoros se reúnen en caterva y llevan a cabo largas y efusivas disertaciones grupales sobre la enorme perversión que comportan las leyes de cuotas. Se rasgan las vestiduras explicando de qué manera malvada las brujas feministas hemos logrado la paridad en las administraciones, copando así, a lo loco, la entrada de hombres muy preparados para el puesto de trabajo que se ven injustamente despojados de aquello que les es propio por derecho. Hablan largo y tendido de ese varón despreciado al que una trepa con menos conocimientos le arrebató el empleo sólo por tener dos tetas, que todos sabemos lo que tira eso, y se funden todos juntos extasiados y en piara en un sentimiento que los aúna ante la sinrazón, guiados por un mismo dolor como bandera de unión.

Finalmente, acabada la exposición, todos rebuznan al unísono mostrando su descontento con tamaño mundo injusto en el que les ha tocado vivir y claman en rebaño mirando al cielo, como esperando una señal divina, pidiendo que por favor vuelvan los tiempos de las mayorías absolutas del PP para lograr que el hombre sea objeto de merecido estudio, veneración y protección y crear así el “Instituto de Estudios sobre el Varón”, todo muy poético.

Lo preocupante de estos discursos en pandilla es que entre todas esas mentes ahí funcionando juntas, ninguno de esos intelectos más preparados, lógicamente que los femeninos, atisba a pensar o caer al menos en la cuenta, en que las leyes de cuotas quizás estén generando la pérdida de mujeres que no puedan acceder al puesto de trabajo porque es obligatorio que haya un cincuenta por ciento de hombres y no al revés. Entiendo que, tras leer este último párrafo, alguno de vosotros, que sé de buena tinta que me seguís, estaréis acordándoos de que tengo madre, pero eso también es machista chicos, pues tengo un padre del cual nunca nadie se acuerda.

Pero amigas, tranquilas que el hecho de que las cosas están cambiando es evidente, sólo tenéis que fijaros que ya no se ríen de medio lado irónicos y felices mientras discuten o debaten con nosotras, ni las conversaciones nos hacen acabar exasperadas y rojas de ira tras el intento yermo de hacerles entender las cosas, no, ahora todo finaliza generalmente con ellos insultándonos y eso es señal de que todo ha comenzado a caminar en la dirección adecuada y que les estamos fastidiando lo que comúnmente llamaríamos su cotarro.

El tamaño de sus insultos nos servirá entonces de termómetro para medir de qué manera se está gestando el cambio social y cuánto vamos logrando con la firma de nuestras alianzas.

Si los descalificativos contienen muchas alusiones a nuestro físico y rinden homenaje a lo poco deseables que somos haciendo hincapié en el peso y la edad que tenemos, sabremos que estamos en el camino correcto y que vamos a buen paso.

Pero si los insultos vienen revestidos y camuflados de mucha palabrería, son publicados en domingo y los profiere un machista de la talla de Arturo Pérez Reverte o Javier Marías entonces podemos afirmar que con total seguridad hemos pinchado hueso y estamos ganando sobre el tablero.

Pena para ellos, sus artículos dejan entrever la pataleta desbocada en la que viven últimamente estos dos señoros que, sumidos en un cabreo infantil perpetuo de niño caprichoso, observan asustados como de repente están perdiendo foco de atención, pues esperan un hermanito con el que habrán de compartir habitación, casa, vida y lo que es peor, el casito de mamá y papá.

Personalmente siento mucha compasión al verles ahí, cometiendo la enorme torpeza de exponerse sobremanera y dejar ver a todo el mundo las personas vacías, elitistas y brutas que son, convirtiéndose en carnaza de bromas y programas de humor, pero cada uno es libre de hacer con su vida, sus circunstancias y su imagen lo que buenamente quiera.

Y es que por mucho que os empeñéis en resistir en ese ático de privilegio con terraza y vistas al mar, ya venimos subiendo por la escalera chicos… ¿nos escucháis gritar??

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