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Luz en el agujero de la guerra civil

Francisco Martínez Hoyos
Doctor en Historia
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Su deseo era comprender la guerra civil, pero, por su carácter detallista, siempre terminaba cuando aún le falta mucho para llegar a esa época. Le sucedió al tratar sobre los anarquistas, también al abordar la figura de Alejandro Lerroux. Ahora, en Qué hacer con un pasado sucio (Galaxia, 2022), José Álvarez Junco aborda por fin la contienda de 1936. Su libro, como él mismo dice en la introducción, es a la vez menos y mas ambicioso. En lugar de quedarse en el relato histórico, pretende ir más allá e indagar en la forma en que los españoles se representaron aquella gran catástrofe. Profundiza así en un trauma que alcanza hasta la actualidad, el de un pasado que sigue siendo presente y ser resiste a convertirse en un simple objeto de estudio.  

¿Memoria o Historia? La primera es un relato frecuentemente emocional que propone modelos de conducta con los que identificarnos. La segunda, por el contrario, posee una vocación de objetividad por más que la ecuanimidad al cien por cien constituya un sueño imposible. Con demasiada frecuencia, nuestra comprensión de lo que fue se ve enturbiada por toda clase de prejuicios. Las pasiones nacionalistas contribuyen especialmente a que veamos la paja en el ojo ajeno mientras somos terriblemente indulgentes con lo propio. Álvarez Junco ilustra este peligro con un supuesto que da mucho que pensar: un español cualquiera admitirá que Francia, durante la Segunda Guerra Mundial, no se mostró tan unánime en su rechazo al fascismo como apuntan los mitos de la Resistencia. Sin embargo, ese mismo ciudadano, será más reacio a admitir que España se libró de Napoleón por la ayuda inglesa, no únicamente por el coraje de los guerrilleros. Lo miremos como lo miremos, siempre somos más objetivos con lo que está lejos de nosotros.

¿Seremos capaces de aprender de la historia? Es necesario, si no queremos conformarnos con frases hechas, que nos tomemos el tiempo de reflexionar sobre conceptos que en ocasiones utilizamos con demasiada rapidez. ¿Qué significa “memoria colectiva”? ¿Puede existir o la facultad de recordar es exclusivamente individual? ¿Corremos el peligro de que lo que hoy es una memoria disidente acabe convertida en una nueva doctrina oficial al servicio del poder?

Nos hallamos ante una reivindicación del papel del historiador como profesional que contribuye a arrojar luz sobre acontecimientos controvertidos. Con todo, en una demostración de sana autocrítica, el autor de Mater Dolorosa también nos previene contra la tentación de idealizar a los expertos, como si a estos no les movieran, también, los entusiasmos ideológicos o los intereses políticos. Sin duda, este es un planteamiento extremadamente sensato que coincide con lo que nos revela la historia de la historiografía: ni siquiera los más eruditos están libres del error, ni de la tentación de adecuar la realidad a los propios deseos, tal como acostumbra a hacer la “historia militante”, sobre todo si tiene más de “militante” que de “historia”.

Es hermoso, puestos a construir mitos, contar cómo la movilización popular impidió, en julio de 1936, el triunfo total del golpe de Estado. El problema es que así escamoteamos el heroísmo de los militares y los guardias civiles que permanecieron fieles a la legalidad. Algo parecido podemos decir de la idealización de la Segunda República: Álvarez Junco nos recuerda que, con los parámetros actuales, aquel periodo ilusionante por tantos conceptos no puede ser considerado “pacífico”. Sólo hay que ver la cantidad de insurrecciones, o la represión policial contra el movimiento anarquista. Ahora que se ha puesto de moda cuestionar el carácter no violento de la Transición, no está de más aplicar la misma vara de medir a los años treinta. Si se habla de los muertos de la democracia por los asesinatos policiales o terroristas, ¿no tendríamos que referirnos también a las víctimas de la República por masacres como la de Casas Viejas? Sea cual sea el criterio, este debe ser el mismo siempre.

Para arrojar luz sobre el pasado, Álvarez Junco sitúa la guerra civil y el franquismo en una dimensión internacional, al comparar el “laberinto hispano” con el Tercer Reich, el Chile de Pinochet, la Sudáfrica del apartheid y la Colombia de los paramilitares y la guerrilla. Llega así la conclusión de que nuestro país no es tan particular como quiere el estereotipo del “Spain is different”.  Esta es una idea que impone por su evidencia incontestable. En el imaginario popular, sin embargo, aún falta mucho para que llegue a asimilarse. Echemos un vistazo a twitter y encontremos mil y un lamentos sobre desastres que “solo” suceden en España. Sí, es cierto que se puede replicar con aquello de “mal de muchos, consuelo de tontos”, pero enfoquemos el tema de otra manera. ¿Por qué tenemos la obligación de ser más listos que los demás y ser impecables en temas complicados que nadie ha conseguido resolver de manera satisfactoria?

En los últimos años, la memoria de la guerra civil se ha polarizado cada vez más. Un neofranquismo que parecía definitivamente obsoleto ha adquirido una presencia mediática cada vez más relevante. Mientras tanto, desde la izquierda, se han cuestionado a fondo los méritos de la Transición, hasta el punto de afirmar que en realidad vivimos en una democracia de baja intensidad, sometida aún a la triste herencia de la dictadura. Desde esta postura hipercrítica, el franquismo se vio sustituido por un “pacto de olvido” que supuso que la marginación de las víctimas del antiguo régimen.

Las cosas, como siempre, fueron un poco más complejas. Álvarez Junco destaca como, desde 1975, sucesivos gobiernos han destinado miles de millones a resarcir a los represaliados. No es que se reparara el cien por cien de las injusticias, pero sí se hizo mucho. Las mayores carencias no se contemplan en los aspectos prácticos sino en el reconocimiento simbólico, en el que se ha sido más cicatero aunque, al menos en teoría, hubiera debido ser lo más fácil y barato. Parece que nuestros políticos tuvieron miedo de remover determinadas cenizas que amenazaban con provocar nuevos incendios. Por lo que parece, su comportamiento no fue tanto cobardía como prudencia, a la vista de que como el radicalismo de una tendencia alimenta otro de signo contrario. En Qué hacer con un pasado sucio, lo que se propone es una memoria “más reconciliadora e inclusiva”. Pero la reconciliación es, en última instancia, una decisión política que no tiene que corresponder necesariamente con la racionalidad de la ciencia, con la búsqueda de la verdad “caiga quien caiga”. 

¿Y si la verdad, en lugar de hacernos más libres, se convirtiera en un lastre para la paz? Álvarez Junco nos previene contra la pretensión de ser demasiado exactos cuando lo que está en juego no es una disputa académica sino el bienestar colectivo: “Muchas veces, un término que ofrece significados diferentes para las distintas partes en conflicto puede ser la base para un acuerdo político o social que puede ser solo transitorio, pero que también puede iniciar un período de paz que, por mucho que se asiente sobre un equívoco, acabe consolidándose en la práctica”. Esta afirmación puede parecer escandalosa si nos ponemos en plan moralista, aunque no por ello es menos cierta. ¿Tiene alguna importancia, por ejemplo, qué significa “nacionalidad” en la Constitución de 1978? Lo que de verdad cuenta es que ese término sirvió para construir un consenso sobre la organización territorial que duró bastante tiempo, hasta que saltó por los aires hace pocos años. En cualquier caso, de una cosa sí podemos estar seguros: los relatos maniqueos, basados en la existencia de héroes y villanos, sin espacio para los grises, solo puede conducirnos a formar ciudadanos cada vez más intolerantes con las ideas ajenas, siempre propensos a confundir cualquier disputa con una cruzada.

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