Lo de Luis García Gil es pasión en vena. Por la música, por el cine, por la poesía… Y además de disfrutar de sus obras y autores favoritos nos anima a descubrirlos a través de biografías y libros analíticos que tienen la difícil cualidad de enseñar y despertar pasiones a partes iguales. Tras sumergirse en la obra de Serrat, Aute, Ruibal o Brel, su nuevo proyecto –Los latidos de un país, editorial Efe Eme- es una biografía conjunta de Ana Belén y Víctor Manuel, un texto que rebosa análisis e información pero también esa mencionada pasión –sin que llegue nunca a empañar la mirada crítica-, y que ayuda a conocer con detalle los pormenores de las carreras de dos nombres esenciales de la música en castellano del último medio siglo.

Se han escrito libros sobre Ana y también sobre Víctor (incluso unas memorias). ¿Qué quieres aportar con este nuevo trabajo y por qué combinar ambas carreras?

Sobre Víctor había un primer estudio de principios de los setenta firmado por Héctor Vázquez Azpiri en la indispensable colección Los juglares. Pero era un libro testimonial y aún la obra de Víctor estaba en construcción. Quiero decir con ello que salvo sus memorias no había ninguna mirada a su cancionero. Tampoco sobre Ana lo publicado le hacía justicia a su legado musical. La idea era combinar las dos trayectorias. Era muy tentador analizar las muchas correspondencias entre ambos, personales y artísticas. No en vano Víctor le ha escrito mucho a Ana.

¿Cómo definirías el legado de ambos para la música en castellano, cuál sería su sitio en la historia musical española?

Un legado muy importante, en cantidad y en calidad. Además han grabado himnos generacionales. Canciones que han servido y sirven de vinculo emocional. “La muralla”, “La puerta de Alcalá”, “España camisa blanca” o “Asturias”. Podríamos citar muchas de esas canciones que remueven sentimientos y conciencias.

Los dos llevan más de cincuenta años en activo, y en ese tiempo muchos compañeros pasaron de moda y se perdieron para el gran público. Ellos sobreviven con éxito. ¿Cómo ha sido su capacidad de adaptación a las diferentes épocas?

Han sabido evolucionar en la misma medida que lo hacía el país. Si pensamos en Víctor vemos que sus inicios tienen mucho que ver con la apelación regionalista, con el terruño, con la evocación constante del paraíso perdido que es Asturias. Luego va adentrándose en una canción de mayor militancia, incluso experimental hasta que emprende el giro notabilísimo con Soy un corazón tendido al sol. Se va a grabar a Italia, se encuentra con Danilo Vaona. En fin, digamos que Víctor evoluciona en muchos aspectos. No rehúye los cambios que la sociedad experimenta. Pone la mirada sobre ellos. Y busca una sonoridad más pop. Lo mismo puede decirse de Ana Belén. Sus primeros discos tienen hasta toques progresivos, muy sutiles pero que están implícitos en los músicos que participan en sus grabaciones. Luego Ana toca muchos registros musicales. Es muy cosmopolita a la hora de entender la música.

Es curioso abordar un estudio paralelo de dos artistas cuando uno de ellos destaca como cantautor y sin embargo Ana Belén sólo es intérprete. ¿No te supuso eso un problema al abordar el trabajo?

Ana es de esas interpretes que aunque no componga hace suyo todo lo que canta. Por eso muchos creen que es cantautora. Además está Víctor Manuel que le escribe muchas canciones y le adapta otras tantas como “El hombre del piano”, el clásico de Billy Joel. Todo esto permite que el análisis en paralelo revele hermosas coincidencias que facilitaron mi trabajo y mis conclusiones sobre los discos de ambos.

En el caso de Ana, ¿qué crees que la hace única, especial, como intérprete?

Su enorme versatilidad y una profesionalidad que se extiende a todas sus grabaciones.  Su formación como actriz aporta además un extra en el modo que tiene de meterse en las historias que canta. Ana tiene un fraseo elegante. Lo mismo puede cantar una canción de Chico Buarque que de Elton John. Puede con todo. Sus registros son infinitos. Va del jazz al bolero y en todo lo que emprende hay un respeto a la profesión que viene de los tiempos en los que se dejaba ver por el madrileño Whisky Jazz.

Y en el caso de Víctor, ¿cuál sería su sello como compositor e intérprete?

Hay algo telúrico en su estilo, que viene de lo profundo de la tierra. Esa impronta bronca en su voz irá dulcificándose con el tiempo pero marca sus primeras grabaciones. La palabra emoción es la que mejor pudiera definirle y la sinceridad de su búsqueda como hacedor de canciones. Como contador de historias ha derramado una gran sensibilidad hacia personajes y situaciones marginales. Es uno de esos cantautores que sigue muy próximo a la realidad habitada. Su último disco –Casi nada está en su sitio– es un ejemplo de ello.

Has publicado estudios sobre numerosos cantautores, entre ellos Serrat y Aute, pero también Javier Ruibal o Patxi Andion. Desde ese conocimiento del género, ¿es cierto que hoy los cantautores no tienen cabida en el espectro musical como muchos lamentan, o es más bien que no interesa que la tengan?

A los cantautores llevan matándolos desde la transición y siguen estando ahí. Sobreviven a las cruzadas que se hacen contra ellos. El problema es que se les encasilla, y algunos contribuyen a la mala fama que tienen, pero no todos. No parecen encajar ni en la onda indie ni en lo comercial. A veces están en tierra de nadie. Pero ciñéndonos a Víctor o a Serrat: ¿No son indies Per al meu amic o Verde? Discos de los setenta que asumían todos los riesgos. No entiendo esa especie de prevención contra ellos. ¿Por qué Nacho Vegas es guay pero no Javier Ruibal? Francamente no acabo de comprender ciertos criterios. ¿Y Aute? No le perdonan el éxito de los ochenta pero siempre fue un outsider, un tipo contracorriente. Ya quisieran algunos de esos cantautores indies haber grabado discos como Rito o Espuma.

En varias ocasiones se ha hablado de la muerte de la canción de autor, ocurrió a comienzos de los ochenta y con el nuevo milenio. Pero siempre vuelve. Pase lo que pase, ¿siempre habrá cantautores?

Estoy convencido de ello. Cuanto más se hable de la muerte del cine más cine habrá. Lo mismo vale para el teatro, la novela o los cantautores. Estamos en un país de enterradores. Pero, por fortuna, los cantautores resisten a los prejuicios y a los apocalípticos. Es muy importante que una canción aspire a ser distinta, como requería Umberto Eco. La búsqueda de un lenguaje determinado, el compromiso ético y estético. Eso no puede perderse. La mirada del cantautor es necesaria. Hay que defenderla con uñas y dientes. Pero no caer en discursos complacientes. Hay cantautores malísimos que triunfan. Como esa poesía new age que vende mucho y aporta muy poco.

Para poner en valor el género habría que distinguir entre canción de autor y canción protesta, algo que muchos confunden. ¿Cómo concibes la canción de autor?

Cuanto más se hable de la muerte de los cantautores más habrá. Estamos en un país de enterradores

En esa línea ética y estética y desde luego nada panfletaria. Cantautor no debiera ser un termino asociado a la canción protesta exclusivamente o al antifranquismo. Es un término que merece cierta amplitud y oyentes sensibles y abiertos de mente y oído. Incluso puede y existen cantautores eléctricos como Quique González o que linden con el rock como Sabina en determinados discos. Un cantautor puede beber de fuentes muy diversas. Ser muy melódicos como Serrat o Aute o espartanos como Paco Ibáñez. El término es diverso, plural, heterogéneo.

¿Jugó Víctor Manuel un papel importante en ese cambio de concepción de la canción de autor? ‘Soy un corazón tendido al sol’ supuso un trabajo rompedor en este sentido.

Absolutamente cierto. Te diría que todos los cantautores importantes evolucionan. Plantean mudanzas en la escritura, en los arreglos, en las instrumentaciones. A finales de los setenta la mirada musical se expande. Víctor le da un giro expresivo a su manera de componer y cantar. Y busca en Danilo Vaona ese giro que va a consolidar en los ochenta y cuyo paradigma marca Soy un corazón tendido al sol, un trabajo clave para entender la evolución posterior de Víctor y la llegada de discos como Luna, ¡Ay amor!  o Por el camino.

Por estilo y actitud, ¿quiénes crees que serían los herederos artísticos más directos de Ana y Víctor?

Pregunta delicada. Ismael Serrano tomó el relevo en actitud y lírica de lo mejor y peor de la canción de autor. Creo que es muy valioso mucho de lo que aporta.  También están ahora Andrés Suárez, Rozalen, Marwan… pero no te sabría decir si están a la altura de los maestros. En el caso de Ana Belén es difícil encontrar alguna sucesora. El suyo es un caso muy especial. Y su personalidad es única, por lo polifacético.

Aunque tienes publicados poemarios y estudios cinematográficos, el grueso de tu trabajo está centrado en la música, y más concretamente en la canción de autor. ¿Te sale a cuenta? Es decir, ¿existe un interés por estos autores como para sumergirse en su biografía?

Bueno, sí te soy sincero me apetece escribir otro tipo de libro musical y literario. El libro de Marisol iba ya en esa línea de huir un poco de esa especialización en la canción de autor. He escrito otro, La noche gaditana de Jean Cocteau, que no tiene nada que ver con lo que he hecho antes. En cuanto a tu pregunta, bueno, hay cantautores minoritarios que no salen a cuenta pero a los que hay que reivindicar. Y otros cuya vigencia y atemporalidad son innegables. Serrat, Aute, Brel… Sobre ellos escribir ha sido un verdadero placer y además la respuesta del público y de la critica ha sido muy buena.

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