domingo, 1agosto, 2021
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Luis Foronda y los márgenes

Verde (Huerta de San Antonio, Col. Juancaballos, Úbeda 2020)

Francisco Silverahttp://www.quenosenada.blogspot.com.es
Escritor y profesor, licenciado en Filosofía por la Universidad de Sevilla y Doctor por la Universidad de Valladolid. He sido gestor cultural, lógicamente frustrado, y soy profesor funcionario de Enseñanza Secundaria, de Filosofía, hasta donde lo permitan los gobiernos actuales.
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Oigo entre mucha gente que escribe quejas de la crítica actual, mejor dicho: de la inexistencia de crítica actual. Salvo los periódicos locales, a veces por compromisos, salvo azares como éste que usted lee ahora y alguna raya en el agua inesperada, los grandes suplementos culturales e incluso las revistas especializadas no suelen salirse del sota-caballo-y-rey, casi siempre vinculados a intereses estratégicos más comerciales que literarios; y lo más sorprendente es que la existencia de una patulea de Facultades de Filología, que deberían casi tener como enseña propia y plataforma de aprendizaje revistas de reseñas elaboradas por estudiantes, doctorandos o doctoras que fueran un filtro de todo lo que se publica en España, iniciando un primer empujón a un libro o un autor nuevos, no deja más que congresos sobre lo ya “congresado” anteriormente o, lo más triste, grandes construcciones teóricas para justificar la basura de un famoso porque para una Cátedra ya viste más una conocida que un buen poeta.

Un volumen importante de la Literatura actual (yo creo que antes era así sólo en parte) se mueve en los márgenes, fuera de los circuitos comerciales de las grandes editoriales. No voy a reivindicar la calidad de lo marginal frente a lo bien distribuido, todo escritor aspira a lo máximo o miente, otra cosa es lo que estuviera dispuesto a sacrificar… Suponiendo que esos libros que están colocados mercantilmente a la entrada de las librerías de envergadura fueran buenos, lo que quiero reivindicar es que muchos de los que son escondidos en las baldas de atrás del todo o, incluso, ni siquiera tienen el honor de ser correctamente vendidos podrían estar en primera línea perfectamente, y lo estarían sólo cambiándole la cubierta y la editorial y fabricándole una reseña más o menos exacta (con exactos adjetivos) en el suplemento correspondiente.

Esta novela de Luis Foronda que les muestro podría ser hasta bien vendida, lo tiene todo: una trama atractiva y dinámica; un análisis sencillo y bien encubierto de la cotidianidad de una época polémica de nuestra Historia última, la Transición; una evocación de los clásicos (cervantina); una excusa muy contemporánea para reflexionar sobre los sentimientos, la culpa, el rencor o incluso la impostura y la extremosidad…

A mí lo que más me interesa son los latigazos líricos de Foronda, el uso acertado de un léxico exigente y agradecido; permitan que me detenga un instante, no entiendo esta manía actual de apartar un texto cuando requiere frecuentar el DLE de la RAE (dejo esto así, sigloso, misterioso…), porque pocos placeres mayores hay en una lectura que encontrar ese pájaro raro que es la palabra desconocida, buscar su significado y comprobar cómo el orfebre, la escritora, ha engastado esa piedra preciosa con exactitud milimétrica en el sentido del texto. ¿Qué pedimos si no a un escritor? Yo adoro que un autor use como sinónimo de “llamazar” la palabra “llamargo”, me hace compartir su intimidad como creador (no hablo ahora de Luis Foronda sino de otro autor recomendable y fácilmente identificable). Eso es señal de calidad, dejando a un lado la pedantería de éstos que sólo utilizan palabras para lavar sus frustraciones literarias.

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Foronda narra con amor quirúrgico la historia de un vehículo como metáfora de la vida de un viajante comercial y su sobrino, recién iniciado a la vida y a la muerte; hace un retrato de la España rural de entonces pero también del gran Madrid y sus luchas políticas, porque ambos regolfan los fines de semana a la capital. Hay un aura onírica en todo el relato, nunca es meramente la lógica del mismo: a veces hay como elevaciones miríficas que nos alejan de la realidad pero sin traicionarla, quizá buscando implicar al lector emocionalmente, y elaboradas con inteligencia y saber poético. Se nota mucha lectura y mucho trabajo.

Verde se deja leer con pasión, te hace desear llegar al final porque cualquier solución valdría para un relato complejo como éste y uno querría saber cuál es la opción… no sorprende, pero eso no le resta un ápice de interés y buen sabor, y eso es literatura.

No sé si los críticos de verdad, no como yo, elevarán a “existente” por méritos propios a esta novela (sólo les exigimos que den carta de Literatura a lo que se publica, se supone que eso es un crítico), pero desde luego no cometerían injusticia: el trabajo de Foronda y esta Fundación Huerta de San Antonio, de la que ya les hablé en otro artículo, merecen más repercusión y, hay que decirlo, las ventas consolidarían sendos proyectos mayores, el cultural de la Iglesia de San Lorenzo en Úbeda y el de un escritor con perspectiva de una memorable carrera de fondo.

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