Érase una vez, una niña muy divertida, llamada Lucía. A Lucía le encantaba jugar, leer y dibujar.

Aquella primavera, Lucía sentía que las cosas eran un poco extrañas, ya que no podía salir de casa, debido a que durante un tiempo el colegio estaría cerrado. A menudo, pensaba en sus amigos del cole, y se imaginaba jugando con ellos en el patio, o en clase con los profes.

Una tarde, hablando de cuánto echaba de menos a los demás, su mamá le dio una idea. Sabiendo que el resto de niños y niñas también estaba en sus casas, le propuso dibujar un gran arcoíris en una cartulina, y ponerlo en la ventana, para que los demás niños de esa calle lo viesen, e hicieses lo mismo. ¡A Lucía le encantó la idea! Rápidamente, se puso manos a la obra.

Cogió una gran cartulina blanca, se sentó en el suelo, y con las pinturas que le había regalado su abuelo, empezó su pequeña gran obra de arte. Ella tenía muy claro que el arcoíris tiene siete colores; rojo, naranja, amarillo, verde, azul cielo, azul marino y violeta.

Mojó su pincel en agua, y lentamente, con su lengüecita asomando por la boca, se concentró y dibujó un maravilloso arcoíris rodeado de pájaros y mariposas. ¡A su mamá le encantó! Lo dejaron secar unas horas, y lo colgaron en la ventana de su habitación, asomando hacia fuera, para que todo el mundo pudiese verlo.

Lucía se sentó en su silla. Era un día soleado, y gracias a los rayos de luz, podía ver el arcoíris a través de la cartulina. Se quedó ahí, quieta, mirándolo fijamente, cuando observó que su vecino de delante, un niño llamado Mateo, también salía a colgar un arcoíris en su ventana. Lucía, maravillada, pegó su naricita al cristal, y se dio cuenta de que, en muchas ventanas, había más arcoíris colgados, tan bonitos como el suyo. Estaba impresionada.

De repente, sintió que el suelo temblaba un poco. ¡No podía creer lo que veía! Su arcoíris, se desprendió de la cartulina, color a color, y empezó a crecer y a crecer, como si de un gran tobogán se tratase. Cada franja bajaba a la calle, en direcciones distintas. Entonces, los arcoíris de las otras ventanas, empezaron a hacer lo mismo. Se despegaban de las cartulinas, de los papeles, de los cartones, y crecían y crecían, brillando intensamente, bajando hasta la calle como enormes diademas, conectando unas ventanas a otras, e incluso subiendo a los terrados de los edificios.

Ilustración de Garabatos de Noche.

En pocos minutos, esas calles que llevaban días vacías, se habían llenado de magia y color, y los niños se asomaban a sus ventanas y balcones para verlo, y para sorprenderse tanto como Lucía.

Miró hacia delante, y la niña pudo ver a Mateo emocionado, saludándola con grandes aspavientos, y haciéndole el gesto de que se subiese a una de esas enormes rampas relucientes. Entonces, como si todos hubiesen hecho caso de su vecino, los niños y niñas de su calle, empezaron a bajar riendo por esos larguísimos toboganes que parecían no tener fin.

Mateo gritó fuertemente el nombre de Lucía, y se tiró por el amarillo, mientras reía a carcajadas.

Lucía seguía sin atreverse. No había ningún papá, ninguna mamá, ni abuelos, ni tíos. Sólo veía a un montón de niños y niñas bajando y subiendo por esas gigantes franjas de colores que iban cambiando de posición, y que siempre los dejaban de nuevo en sus casas.

En un golpe de valentía, Lucía se subió al color violeta, y se dejó caer como si estuviese en un enorme parque acuático. Sintió que volaba entre risas y luces. Ese violeta la llevó de viaje por toda su calle, sin llegar a tocar nunca el suelo. Daba vueltas sobre sí misma, y veía a sus amigos del barrio disfrutando igual que ella. Saltó de un color a otro, sin poder tocar a sus amigos, pero sintiéndolos más cerca que nunca.

De repente, el color amarillo, en vez de bajarla la subió sobre su edificio, creando una especie de burbuja en el aire, que le permitió ver desde arriba el gran espectáculo de toboganes que había crecido ante su casa. Era impresionante…

Pasaron las horas, y el sol empezó a esconderse. Poco a poco, las franjas de colores volvieron a sus ventanas, y el color rojo posó, suavemente, a Lucía sobre el suelo de su habitación. Miró por la ventana, y vio al resto de niños y niñas mirando también, y saludándose unos a otros.

Lucía, entonces, despegó la cartulina del cristal, y decidió escribir algo en ella, para que sus amigos lo viesen. Con letras de colores, puso; ¡NO ESTAMOS SOLOS!

De nuevo, la colgó en su cristal.

Al día siguiente, las cartulinas de sus vecinos también tenían muchos mensajes preciosos. Y cada tarde, sin que ningún mayor se diese cuenta, los arcoíris creaban sus mágicos toboganes, haciendo que los niños y niñas volasen entre sueños y risas.

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