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Los violentos totalitarios también odian a los que llevan la mascarilla

El caso del energúmeno que ha reventado un ojo a un enfermero porque le pidió que se pusiera la mascarilla en el Metro de Madrid nos coloca ante el drama de una sociedad enferma

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análisis

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Un cafre ha dejado sin ojo, de un golpe seco con puño americano, a un enfermero que le llamó la atención en el Metro de Madrid por no llevar puesta la mascarilla. Son las consecuencias de una pandemia que pasa factura a miles de personas en forma de enfermedades y trastornos psiquiátricos de toda índole. Depresión, insomnio, agresividad, aislamiento social, alcoholismo, drogadicción, trastornos emocionales, conductas de inadaptación y embrutecimiento son algunos de los males que nos deja el coronavirus y que no solo tienen que ver con las secuelas físicas provocadas por el agente patógeno sino con las consecuencias sociales y económicas del tsunami.

Una oleada de demencias se abre paso en la era poscovid, que promete ser un lugar diferente, nuevo, extraño. Por momentos tenemos la sensación de que nuestro viejo mundo se vino abajo hace más de un siglo y cuando salimos a la calle nos enfrentamos a una realidad que tiene más de distópica que de geografía familiar y reconocible. El paisaje nos parece otro, como si de repente nos hubiesen sacado de la Tierra para colocarnos en otro planeta con una atmósfera alternativa y distintas reglas de convivencia con el resto de congéneres. Justo ahora, cuando empezábamos a mirar a las estrellas y a convencernos de que los extraterrestres no tardarán en colonizarnos, tal como advirtió el cosmólogo Stephen Hawking, resulta que somos nosotros los que nos hemos “marcianizado”, transformándonos en seres muy diferentes en costumbres, comportamientos y hábitos a los que éramos hace apenas dos años.

Pero ese cambio brutal de paradigma y de conciencia, ese salto cualitativo vertiginoso en la prodigiosa odisea existencial del ser humano (que no es sino el tránsito evolutivo del homínido de la sabana africana al cíborg en apenas un millón de años) no es asimilado por todos de la misma manera. Las individuos racionales y científicos, por propia formación intelectual y libros leídos, consiguen adaptarse más rápida y fácilmente al nuevo escenario de ciencia ficción, mientras que las mentes más dúctiles, simples y menos preparadas sucumben a la pesadilla por falta de herramientas emocionales adecuadas.

Nada sabemos de ese tipo que ha saltado el ojo a un enfermero solo porque la víctima le pidió que se pusiera la mascarilla cuando viajara en el Metro, pero es muy posible que sea uno de esos inadaptados del nuevo mundo, los que quedan atrás, los restos de la selección natural darwinista que al sentirse acorralados deciden defenderse a dentelladas y puñetazos. No es la primera vez que ocurre que un bestia negacionista la emprende a golpes con el prójimo. Esa reacción violenta y paranoica ocurre por diferentes motivos, porque se ven a sí mismos como presas acosadas, porque se sienten carne de cañón, despojos humanos de un mundo que fue y ya no es. La mascarilla es lo de menos, se trata de dar rienda suelta al resentimiento como expresión del miedo.

Esas especies violentas que se resisten a entrar en la categoría de extintas reniegan de la nueva civilización que se está construyendo a marchas forzadas, despotrican de las medidas sanitarias del Gobierno, infringen las leyes, rechazan la democracia, repudian los valores ilustrados humanistas como la razón, la solidaridad, la ciencia y el bien común, toman parte en botellones no autorizados, transmiten el virus a otros de forma consciente y se aíslan o se agrupan en movimientos violentos, partidos políticos o sectas donde se hermanan con otros especímenes tan inadaptados y agresivos como ellos. Son los que pasan olímpicamente de la mascarilla, los que fuman en el ascensor porque les sale de las criadillas, los que vuelcan su bilis en las redes sociales contra todo aquel que no piensa como él y los que terminan convirtiéndose en lobos esteparios, depredadores y cazadores solitarios capaces de atacar a un ciudadano de bien que les pide educación, eso que ya no está de moda porque se lleva lo faltón, lo arrogante y lo chuleta.

Mascarilla y democracia

Son también, a falta de inteligencia y humanismo, los que se refugian y se agrupan en torno a conceptos vacuos como la bandera y la patria, que no es nada sino una entelequia, tal como recuerda, muy acertadamente, Yolanda Díaz. Nuestra ministra más representativa de la izquierda ilustrada y a la europea prefiere hablar de “matria”, en femenino, y claro, enseguida se le han tirado al cuello las hordas extremistas, como si el término hubiese sido una invención del comunismo feminazi. Pues no, miren ustedes, señores reaccionarios, la “matria” es un concepto que ya manejaba Plutarco en la Grecia clásica y en época contemporánea intelectuales como Unamuno, Borges, Virginia Woolf o Isabel Allende, que tampoco son unos piernas.

La “matria”, idea que ya tarda en recoger la RAE por hermosa, por inclusiva y por culturalmente rica, no es el lugar de nacimiento reflejado en el DNI, ni el país originario de cada cual, ni el Estado como Leviatán, tal como lo entienden los fascistas, sino una tierra interior, un sentimiento de paz y fraternidad, una diosa que acoge a todos los seres humanos por igual sin distinción de raza, sexo, ideología o religión. “La matria es algo que cuida, que trata por igual a todas las partes, que no discrimina a nadie porque hable una lengua determinada fundamentada en algo que me construye a mí misma, que es el diálogo”, dice la ministra, que lógicamente habla para seres sensibles y cultos, no para macarras rompeojos del Metro madrileño.

El violento niega la civilización y ama la ley de la jungla. Miguel Bosé no lo sabe porque vive las consecuencias de un chute ideológico delirante, pero con sus ideas negacionistas sobre la pandemia está alimentando a la bestia. El ridículo espantoso que está haciendo estos días no tiene nombre. El divo hace ya tiempo que dejó el terreno del esperpento, la farándula y el famoseo friqui para entrar de lleno en el ámbito del peligro para la salud pública, la pseudociencia y la alarma social. Su negacionismo de las vacunas (“nuestros niños no se tocan”) causa un daño irreparable a la sociedad. Definitivamente, Don Diablo se ha escapado y anda por rincones y cajones transmitiendo bulos y mentiras con una nefasta consecuencia para todos: la desinformación que se traduce en un aumento en el número de muertos y contagiados.

El discurso “bosista” (su coincidencia fonética con “voxista” da que pensar) es tremendamente peligroso y ya tardan las autoridades sanitarias en tomar cartas en el asunto. El final de la sociedad organizada llega cuando el charlatán impone su caos oscurantista, su superchería medieval y su chifladura anticientífica. Bosé se ha convertido en el inspirador, guía y último referente de esas especies asociales que se mueven como las ratas por el inframundo del Metro de Madrid. Entre un sermón negacionista y la dictadura violenta de ese energúmeno que ha dejado sin ojo a un valiente enfermero cumplidor de las normas sanitarias media solo un puñetazo. Son las dos Españas de siempre solo que enfrentadas en una guerra sanitaria. A ver si al final va a resultar que llevar la mascarilla también es cosa de comunistas. Por ahí pueden ir los tiros.

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