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Los viejos o los pobres

Francisco Tomás González Cabañas
Licenciatura en Filosofía (USAL) (1998-2001). Licenciatura en Psicología (UP) (1998-1999)- Licenciatura en Ciencias Política (UCA)(1999-2000) y Licenciatura en Comunicación (UCES) (2000-2001) Desistió de culminar los mismos y continúo formación autodidacta. Publicó su primera Novela “El Macabro Fundamento” en el año 1999. Editorial Dunken. Publica su segundo libro “El hijo del Pecado” Editorial Moglia. Octubre de 2013. Publica su tercer libro, primero de filosofía política, “El voto Compensatorio”, Editorial Ediciones Académicas Españolas, Alemania. Abril de 2015. Publica su cuarto libro, segundo de filosofía política, “La Democracia Incierta”, Editorial SB. Junio de 2015.
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Lamentablemente, la irrupción de la pandemia parece poner a los gobernantes de los diversos países, en una disyuntiva, tan execrable como inevitable. La única acción valedera, es la de continuar en un confinamiento o cuarenta, hermética e irrestricta que conllevará proporcionalmente bajo número de infectados (y por ende menos muertos en el gruto etario de riesgo de los adultos mayores) como a grandes niveles o mayores, de pobreza, exclusión y marginalidad (que también termina matando, tal vez en los mismo niveles que los del virus). De lo contrario, el abrir las restricciones o el haberla dictaminado luego de miles de infectados, implica la mayor mortalidad de hombres y mujeres de mayor edad, que en caso de fallecer por estas circunstancias lo hacen en un contexto de soledad y aislamiento que roza lo inhumano. La encrucijada en términos excluyentes (o se opta por los viejos o por los pobres) es la mayor tragedia que nos pudo haber sucedido, a los humanos como especie que en el paroxismo de la borrachera de la soberbia nos pensamos y sentimos con la posibilidad y el derecho de manejarlo y controlarlo todo. 

“¿Hay que amar al género humano en su totalidad o es éste un objeto que se ha de contemplar con enojo, un objeto al que ciertamente se desea todo bien (para no convertirse en misántropo) pero sin esperarlo jamás de él, por lo cuál será mejor apartar de él la vista? La respuesta a esa pregunta depende de que se dé de esta otra: ¿hay en la naturaleza humana disposiciones de las cuales se puede desprender que la especie progresará siempre a mejor, y que el mal del presente y del pasado desaparecerá en el bien del futuro?” (Kant, I. “De la relación entre teoría y práctica en el derecho internacional, considerada con propósitos filantrópicos universales, esto es, cosmopolitas”. SK. VIII, 307. Editorial Gredos. Madrid. 2010)

Se acopian, en cantidades industriales  las propuestas tecnocráticas, los discursos políticos y ciertas investigaciones académicas, con un barniz de sensibilidad social, que postulan, infructuosamente y hasta el hartazgo, discursividades vanas, supuestamente tendientes a paliar males como la desigualdad y la injusta distribución de recursos, como posibilidades, que generan los escandalosos índices de pobreza, marginalidad e indignidad humana.

Sistémicamente se han propuesto diferentes, complejas como sencillas, articulaciones metodológicas, implementadas, muchas de ellas, a lo largo de la historia que variaron alguna décima insignificante, del índice mayor y vergonzante que nos sentencia a ser la única especie que no conforme con ver morir y ser partícipe necesario de la muerte de nuestros semejantes, nos consideramos atribulados de razón y humanidad, ante el desparpajo nunca tratado de las pobrezas flagrantes que hacen que tantos otros tengamos estómagos rebozantes y algunas que otras ideas que circundan nuestras bien alimentadas mientes. Dado que estas no se transmiten en vivo y en simultáneo, como en una pandemia, y se achacan a políticas de izquierdas o derechas, cuando en verdad la cuestión es del sistema mismo, nunca termino de pensarse en cuanto a una cosa o la otra. En este caso, el virus, pone en blanco sobre negro, todas y cada una de nuestras carencias, dado que impacta en los dispositivos del poder institucional construídos para sostener la idea, estructural en la que veníamos, biopolíticamente, habitando. El concepto, no es casual, es foucaultiano, dado que para evitar la propagación de la enfermedad, se debe impedir las aglomeraciones, los aglutinamientos, que tanto generaban los dispositivos de control, de encierro y de adoctrinamiento. Escuelas, aulas o salones, han sido suspendidos, en las cárceles o unidades penitenciarias, los presos o internos demandan y solicitan el derecho a la pena domiciliaria, las hospitales o clínicas, en donde reposan los enfermos es donde, paradójicamente, más se contagian los profesionales médicos y no médicos y finalmente en las residencias para adultos mayores o geriátricos, deben ser disueltas, por el hecho consumado del contagio y posible muerte de sus integrantes y esta situación no puede continuar en confinamiento administrado, esperando la respuesta de la ciencia (en forma de cura o vacuna) dado que el cierre de fábricas, no tanto por la posibilidad de contagio, sino por la no productividad que implica la suspensión o cierre de las mismas, pone en términos prácticos la disyuntiva: o se opta por los pobres o por los viejos.

Nos creemos con derecho a la angustia existencial por descubrir que morimos, que alguna bendita vez, esta experiencia, fatua en su cabal sentido, acaba, así como comenzó, sin más a los únicos efectos que mediante esa supuesta aceptación, que en verdad nunca es tal, no reconozcamos límite alguno, preciso y taxativo que transidos nos impelen y demandan que armonicemos nuestro ser individual con la comunidad de la que necesaria como obligadamente somos parte y que sin embargo, tozudamente, no queremos escuchar ni mucho menos atender. No hemos comprendido aún aquello de que somos un ser para la muerte, no mucho menos, ni mucho más. 

Este fallo, esta variación, este accidente, que se produce de tanto en tanto, no tiene otra finalidad que no sea la de ser rechazada, con abjuraciones, para sostenernos en la imbecilidad de lo humano.

Creemos, sin otra argumentación que la intuición de la que nada se sostiene, que como tantas culturas en diversas partes y momentos de la tierra (que hicieron cumplir como regla escrita o no escrita un precepto de tal magnitud y naturaleza), el humano per se, no debe aspirar a vivir más de una determinada cantidad de años, que en la actualidad occidental delimitamos en setenta como punto matemático entre un conjunto de países en relación a la expectativa de vida que ostentan o detentan. Que es el número que la cintificidad matemática, dispone e impone en sus tasas de letalidad y mortalidad, para lo que no tiene vacuna ni cura.

Pretender y actuar en consecuencia, es decir vivir más allá de este límite fijado, como cualquier otro que implique incluso otro rango de edad o de exclusión (es decir no promover ni instar a que nadie muera o cese después de cierta, edad, sino que el estado del que forma parte no lo siga sosteniendo como hasta entonces, o que en su defecto pague una suerte de impuesto por la pretensión egoísta) no es más ni menos que atentar contra la única posibilidad real de tener un mundo mejor, real y posible. De hecho, así lo entienden quiénes deben optar ante la pandemia consumado, por no detener la macha económica, laboral, ni social y que caigan, o mueran los de mayor edad que tengan que morir, para continuar con la especie y su apogeo o dominio. 

La cantidad inusitada de argumentos para sostener con palmaria obviedad que sí no tomamos conciencia que el fijarnos un límite semejante para vivir, social y grupalmente, en consonancia con nuestra razón de ser humanos, es de carácter imprescindible y urgente, no tiene límite ni parangón, ante el rechazo que generará, como sostuvimos, por nuestra propia incapacidad de reconocernos en nuestras limitaciones que percuden precisamente o que hacen imposible que seamos realmente humanos o con sentido colectivo o solidario. De lo contrario, sí no lo planteamos como una encrucijada en la que debemos participar los ciudadanos, volverán a decidir por nosotros, los diferentes gobernantes, que ante otra gripe fuerte, determinarán sí se encargan de trabajar por los derechos de los pobres o de los viejos, ambos grupos, excluídos y entre sí, excluyentes, en un mundo, que parece ir cada vez, reduciéndose más en margen y posibilidad de elección. 

Los que no padecimos la pobreza, desde pequeños, y por tanto tenemos la posibilidad de pensar, lo podemos hacer, a desgarro, optando, por no vivir nosotros mismos hasta más de setenta años. Ahora bien, el pobre, ¿tiene entonces algún margen de elección, además de dejar de ser pobres? No, por tanto, tampoco será una solución que menos hombres y mujeres salgan de la pobreza, sí es que pretenden llegar a viejos o a mayores de setenta años.

Tal vez sea más sencillo, en lo trémulo de esta elección, que la opción por los pobres o los viejos, la tomen, los distintos gobernantes en las diversas aldeas, que de acuerdo a las medidas que se toman (más confinamiento, más pobres, menos confinamiento, menos viejos) se inclinará por uno o por otra, pero ninguna escapa a la compeja situación, encrucjada, desafío en la que nos encontramos como seres humanos. 

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