Diario16 ha publicado en la última semana cómo algunos accionistas minoritarios estaban en contra de la celebración de la Junta General que finalmente se desarrolló el pasado viernes. Estos pequeños inversores, que llevan perdido casi un 70% desde que Ana Patricia Botín es la presidenta, se quejaron de que se estaban vulnerando sus derechos porque, aunque el banco puso a disposición las claves de acceso a través de internet, son varios miles que, por diferentes razones, no tienen acceso a la red.

La respuesta de los lectores a estas publicaciones ha demostrado un aspecto inesperado y que al Santander no debería hacerle mucha gracia: los ultras han cogido la bandera roja con la llama blanca, los ultras han decidido utilizar al banco cántabro como banderín de enganche.

Estas reacciones de los ultras en principio se basaron en defender la gestión y los resultados de la entidad presidida por Ana Patricia Botín, lo cual no hacía indicar la ideología fascista que se ocultaba detrás. Podían ser clientes o accionistas satisfechos cuya opinión es exactamente igual de respetable que las que se alineaban con el contenido de los artículos.

Sin embargo, las respuestas de los afectados del Banco Popular, de clientes insatisfechos o de accionistas que no están de acuerdo con la gestión del actual Consejo de Administración, la gran mayoría con argumentos de peso, fueron respondidas con calificativos propios de Vox: comunistas, chavistas, referencias al vicepresidente Pablo Iglesias, podemitas, etc. fueron algunos de los calificativos utilizados, lo que quitó el disfraz a quienes se ocultaron, gracias al anonimato, tras la imagen de cliente o accionista satisfecho.

Casualmente, casi todos los comentarios procedían de un número limitado de IP, a pesar de que aparecieran con diferentes nombres, lo que no tenía otra intención de dar una mayor dimensión a la defensa del Santander. Esto no es más que un reflejo de la estrategia de la extrema derecha de «trolear» y de torpedear todo aquello que vaya en contra de lo que ellos consideran que es suyo.

Por esta razón, el Santander no debería estar muy contento de que la ultraderecha española se convierta en su defensora, del mismo modo que la Casa Real no encajó muy bien la apropiación de la Monarquía que hizo Santiago Abascal en el Congreso de los Diputados.

Sin embargo, y en otro orden, las posturas autoritarias suelen atraer a las dictaduras privadas del capital. Recordemos cómo importantes banqueros financiaron el crecimiento del Partido Nacional Socialista, de cuya creación se cumplen ahora 100 años. La familia Warburg era un peso pesado en Wall Street en los años previos al crack de 1929 y fueron benefactores altruistas del nazismo. Lo mismo ocurría con el J. Henry Schröder Bank, el Union Banking Corporation, el Voor Handel Scheepvaart. Tampoco se puede olvidar cómo el presidente del Banco de Alemania, Greeley Schacht, quien estuvo vinculado a JP Morgan.

En España tenemos el ejemplo del banquero Juan March, quien facilitó dinero para la compra de armas en 1936, según aseguran diferentes historiadores.

Por otro lado, el propio modo de gestión del Santander parece una especie de dictadura creada a medida para que Ana Patricia Botín conserve el poder, a pesar de haber perdido casi el 70% de valor bursátil, a pesar de haber sido calificado por el FMI como «peligro sistémico», a pesar de haber dejado el peso de los beneficios del Grupo en economías altamente vulnerables, a pesar del Caso Popular, a pesar de tener al banco en riesgo por las decenas de miles de millones que tiene en juego en los tribunales y, sobre todo, a pesar de los escándalos protagonizados por la entidad en todos los países en los que opera.

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