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Los tumbados: la última consecuencia de un capitalismo cruel e injusto

Miles de personas renuncian a trabajar en países como China y Estados Unidos para no sufrir las consecuencias de la precariedad, los bajos salarios y las degradantes condiciones laborales de un sistema económico perverso

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Un movimiento de insumisión social se abre paso en todo el mundo: los tumbados. En China, en Estados Unidos, en Europa, en todas partes, cada vez son más las personas que se plantan ante la explotación laboral, los bajos salarios y las miserias e injusticias del capitalismo quedándose en casa sin hacer nada, encamados, tumbados en el sofá (de ahí el término que da nombre al fenómeno). Son legión, millones de parados voluntarios, currantes aquejados de otra grave pandemia: la precariedad laboral y la crueldad de un sistema industrial que destruye el alma humana.

El siempre fino e incisivo analista Josep Ramoneda advierte de que es preciso prestar atención a este grito pasota y ocioso porque dice mucho de los tiempos duros que vivimos. Los tumbados son el síntoma más claro y evidente de que el caótico mercado laboral, la semiesclavitud del siglo XXI, ha terminado por romper el contrato social, las costuras de la sociedad y la propia civilización humana.

Desde Marx y Engels sabemos que los trabajadores deben tomar conciencia de clase, asumir su alienación y explotación a manos del patrono y asociarse para dar la batalla en movilizaciones callejeras. Fue así como se hizo la gran revolución proletaria del XIX, con activismo, con el combustible de la sangre, con grandes movimientos como marejadas humanas que inundaban de pasquines y banderas rojas las fábricas y galpones del capitalismo. Ese es el método clásico de lucha obrera que tanto sufrimiento y sacrificio costó en el pasado y que hoy sigue dando victorias al lumpenproletariat, como han demostrado los bravos compañeros del Metal de Navantia que durante nueve días se han batido el cobre contra los antidisturbios y las tanquetas de Marlaska. La batalla de Cádiz, segunda entrega de aquella gloriosa revolución de la Pepa, ha venido a demostrar que no todo está perdido, que pese al lavado de cerebro ultraliberal de las últimas décadas, pese a la estafa de los falsos autónomos y el perverso intento de convencer a los asalariados de que son emprendedores, pequeños empresarios y potenciales burgueses, todavía queda lugar para pequeñas conquistas sociales.

Sin embargo, vivimos en el siglo de la posverdad, de la crisis de los valores humanistas, de la decadencia de las ideas ilustradas y del fascismo tecnológico y muchos trabajadores han decidido renunciar a la revolución para quedarse quietos ante ese Leviatán, en permanente huelga de brazos caídos, encerrados en la oscuridad deprimente del comedor frente al destello cegador de la estúpida televisión, entre vacías bolsas de patatas fritas y restos de hamburguesas. Muertos en vida. Es el final de la revolución, la derrota definitiva del marxismo, el triunfo de las élites dominantes que han terminado ganando la guerra secular entre ricos y pobres por cansancio, hastío y trastorno emocional del proletario que acaba, además de alienado, enajenado y engullendo tranquilizantes contra la depresión.

El capitalismo es una neurosis que no solo agrava la codicia del empresario, sino que enferma también las mentes de los trabajadores, que terminan enterrados en el ataúd del sofá, tumbados como cadáveres o despojos del sistema, sumidos en el sueño de la tristeza y convencidos de que es mejor dejarse llevar en el mar de la injusticia, como un madero a la deriva, porque no hay futuro. Son víctimas del sistema depredador que ya no pueden más, gente exprimida y extenuada por las responsabilidades laborales, por la enloquecida producción en serie, por los horarios interminables, por los trabajos mal pagados y la guillotina de la hipoteca. Un inmenso drama social, el del fracaso de la sociedad de consumo, que tiene muy preocupados a los grandes negreros y esclavistas de la humanidad como Xi Jinping.

Los tumbados nacen marcados por una gran contradicción: se rebelan contra la explotación y el modelo “casa, coche y familia” pero no hacen nada por cambiar las cosas; se niegan a trabajar por un miserable euro la hora, como las sufridas Kellys, o a pasar por el minijob de mierda, pero bajan los brazos definitivamente; cambian el mono azul obrero por los gayumbos y el chándal para convertir el salón de su casa en todo su mundo. Podría decirse que estamos ante un Mayo del 68 a la china, otra forma de protesta contra el capitalismo salvaje que devora seres humanos como aquel Saturno de Goya devoraba a sus hijos. Podría considerarse que esto es una reedición de la resistencia pasiva de Gandhi que terminó doblegando al imperialismo anglosajón o una nueva moda jipi como la que muchos abrazaron en los sesenta para huir de la realidad del capitalismo dándole al porrillo y al tripi, pero no. Uno cree que este movimiento no tiene un origen filosófico, ni político, ni es una rebelión contra el trabajo mismo, que como muy bien dijo Oscar Wilde es el refugio de los que no tienen nada que hacer. Es simple y llanamente una nueva forma de suicidio colectivo lento y a largo plazo. Gente que, a la vista de que la violencia laboral y el fascismo económico lo invaden ya todo, se atrinchera en la última barricada del hogar, entablilla la puerta a martillazos y decide tirar hasta el final con los pocos ahorrillos que le quedan.

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