Es un tópico decir que los tres mosqueteros eran cuatro: Athos, Porthos, Aramis y D’Artagnan… Pero, al menos cuando comienza la novela de Alejandro Dumas, sí eran tres: D’Artagnam es solo un aspirante que llega a París, en busca de gloria, mientras sus futuros amigos ya forman un grupo y pertenecen a la Guardia de Rey. En el imaginario colectivo, estos míticos espadachines son sinónimo de caballerosidad y lealtad. ¿Quién no ha escuchado alguna vez su famoso: “todos para uno y uno para todos”? Pero lo que sabemos de ellos, más que de la novela publicada en 1844, procede de las múltiples adaptaciones cinematográficas y televisivas, en las que a menudo encontramos notables licencias de los guionistas. Si acudimos a la versión original, seguro que vamos a llevarnos más de una sorpresa.

Nada más empezar hallamos un paralelismo entre D’Artagnan y don Quijote. Y no solo porque sus respectivos caballos tengan poco de alazanes gloriosos. Los dos tienen a ver el mundo a partir de la confusión ente el mundo real y el que ellos imaginan: “Don Quijote tomaba los molinos de viento por gigantes y los rebaños por ejércitos: d’Artagnan  tomó cada sonrisa por un insulto y cada mirada por una provocación”. El héroe gascón es, en efecto, un muchacho pendenciero. Por menos que nada está dispuesto a sacar la espada y atravesar el pecho un rival.

A los milenials les parecerá cosa de la prehistoria, pero los lectores que tengan ya una cierta edad recordarán una serie japonesa de dibujos animados, D’Artacán y los tres mosqueperros (1982-83), en la que los personajes de Dumas aparecían con aspecto canino y otros nombres, Amis, Ponton y Dogos. La novia del protagonista se llama Julieta y, como no podía ser menos en una serie infantil, al final acaba junto a su amado. Pero, si algún inocente niño de entonces vio después Los tres mosqueteros (1948), la cinta de George Sidney encabezada por el bailarín Gene Kelly, tuvo que enfrentarse a la amarga realidad. Julieta, en esta ocasión con su verdadero nombre, Constance Bonacieux, muere a manos de la malvada Milady de Winter, el arquetipo de la perfecta mujer fatal. No obstante, su situación personal y las circunstancias de su asesinato no son las que describe Alejandro Dumas.

Por sorprendente que parezca, Constance es una mujer casada. Lo está con un tipo mediocre y egoísta que le dobla la edad, así que no es extraño que prefiera al joven, apuesto y valiente D’Artagnan, siempre dispuesto a todo para salvarla del peligro. No obstante, él no va a serle fiel por completo. Sucumbe brevemente a los encantos de Milady, a la que logra acceder tras seducir a su pobre doncella, Ketty. Es gracias a la sirvienta que logra engañar a la agente del cardenal Richelieu entregándole mensajes en nombre del conde de Wardes, el amante de la siniestra dama. Como nuestro hombre, vanidoso a fin de cuentas, desea que le quieran por ser el mismo, cometerá la imprudencia de revelar a Milady su treta. No piensa en ese momento que al decir la verdad está delatando a Ketty, que se verá obligada a huir para escapar de las represalias de su señora por haberla traicionado.

Pese a su debilidad momentánea, D’Artagnan sigue amando a Constance. En la película de George Sidney, ella es la carcelera de Milady y muere a sus manos, apuñalada. En cambio, en la novela de Dumas, el crimen se produce por envenenamiento. Constance no conoce a la temible espía, experta en fingir ser otra persona, y comete el terrible error de confiar en su palabra.

A Milady es fácil seguirle el rastro: allí donde va deja un rastro de cadáveres. Su mano está detrás del asesinato del duque de Buckingham, enamorado de la reina de Francia, Ana de Austria. Richelieu le encarga que sea ella quien liquide al aristócrata. No obstante, al llegar a su destino, la aspirante a magnicida acaba en prisión. Consigue entonces manipular en un golpe de genialidad a su carcelero, el militar John Felton, un fanático religioso. Felton es el personaje histórico que mató a Buckingham, pero ninguna crónica dice que lo hiciera para satisfacer los deseos de una mujer. En Los tres mosqueteros, Milady simula pertenecer a su misma confesión religiosa, el puritanismo, para ganarse su simpatía y aparecer como la encarnación de la pureza, injustamente perseguida por enemigos diabólicos.

La novela de Dumas es también un relato moral, así que tantos crímenes no pueden escapar sin castigo. Finalmente, los mosqueteros juzgan y hacen ejecutar a la hermosa asesina. ¿Cómo va a reaccionar Richelieu ante la desaparición de su mejor agente? Estamos acostumbrados a imaginar al cardenal como la Némesis de D’Artagnan. En la novela, sin embargo, siente una sincera admiración hacia él y por eso intenta convertirle en uno de los suyos, ofreciéndole un puesto en su propia guardia. En cierta ocasión, el conde de Rochefort, uno de los hombres de Richelieu, llegará a preguntarse como es que su jefe, un hombre por lo común tan implacable, siente esa debilidad por el joven gascón. De hecho, si este alcanza su sueño de llegar a ser teniente de los mosqueteros, es gracias al nombramiento que le otorga el cardenal. Este, en su lugar de castigar a su rival, prefiere recompensar sus méritos.

Dumas convirtió a Richelieu en el malo que necesitaba para su historia, pero, con todo, no deja de expresar simpatía hacia su figura. Lo retrata como un intrigante a la vez que admira al estadista responsable de la grandeza de Francia. La aguda inteligencia del ministro de Luis XIII y su talento político jamás están en discusión.

La novela contiene otros muchos detalles llamativos para el lector. D’Artagnan es el enamorado. Porthos, en cambio, se rige en sus tratos con las mujeres por motivaciones menos idealistas. Hay dos damas que lo pretenden y de ellas solo quiere una cosa, el dinero.

Acostumbramos a conocer solo el nombre del sirviente de D’Artagnan, Planchet. Olvidamos así que Athos, Porthos y Aramis poseen sus propios lacayos, Mosquetón, Grimaud y Bazin. Sus amos no los tratan con demasiada delicadeza. ¿Para qué, si son seres inferiores con la única misión de obedecer? Nuestros héroes, dignos representantes del Antiguo Régimen, creen a pie juntillas en una rígida jerarquía social.

Los tres mosqueteros es, sobre todo, una novela inolvidable de aventuras. Su autor se tomó todas las libertades que necesitó con los hechos históricos, pero el resultado fueron unos personajes llenos de vida y una trama repleta de episodios antológicos, como la famosa misión en que D’Artagnan ha de viajar a Inglaterra para recuperar los herretes de diamantes que la reina ha entregado a Buckingham. Al principio del libro, por cierto, Dumas comete un anacronismo cuando habla del “estandarte rojo y amarillo de España”. En realidad, la rojigualda no existía en 1626. Con todo, ¿importan esta y otras inexactitudes ante semejante orgía de acción? El resultado literario ha seducido a una generación tras otra. Ese era el propósito de Dumas: violaba la Historia pero le hacía hermosos hijos.

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